La
leyenda del Grial y la Mesa Redonda es el mito fundacional de la nación
británica. Arturo, cuya existencia fabulosa se data en el siglo
VI, impulsó un mundo nuevo, fundado en la dignidad individual
y el respeto mutuo. Con breves intervalos de turbulencias internas,
la paz que propició se extendería por más de mil
años en sus reinos y, aun sus inicios legendarios, sus efectos
se prolongan al pensamiento utópico del siglo XVIII, origen,
precisamente en Inglaterra, de los sistemas democráticos actuales.
Pero Arturo, rey ecuánime y dador de buena suerte, como hombre
tuvo un infausto destino. Decía John Steinbeck -quien puso en
orden los escritos del divulgador de la fábula, sir Thomas Malory-
que convertir al personaje en persona venía a ser una locura
(en carta a Elizabeth Otis, desde Somerset, mayo de 1959). Lo es, si
tenemos en cuenta que la pasión corrosiva del monarca, su desgraciada
aventura interior, resuena en el propio Shakespeare, tentó a
autores tan diversos como Kipling, White, Eliot y Charles Williams,
y desencadenó todo un ciclo medieval romancesco, lindante con
lo maravilloso, y equidistante, en su confluencia mítica, con
lo céltico, lo germánico, lo latino y (por remoto que
parezca) oriental. Constituye, por lo demás -y como ya denunciara
Robert Graves-, una verdadera obsesión británica ("institución
político-literaria" llamó él al género),
sin que sepamos, a ciencia cierta, los motivos de su permanencia en
el ánimo colectivo, así como de su agnición generacional
periódica. En nuestra lengua debemos excelentes estudios sobre
la materia a Carlos García Gual.
El presente libro obedece a este arduo empeño -bastante común
sin embargo en la tradición literaria española- de humanizar
lo trascendente: sentimientos como la desazón, el despecho y
la amargura se dan la mano con la melancolía y generosidad sublimadas;
en efecto, Arturo se muestra como un cínico, y sólo comprende
el amor de Ginebra después de muerto, cuando no puede recobrarlo.
Su conducta es, por ello, la de un perturbado, como la de todos los
reyes, justa compensación emocional por la responsabilidad que
en ellos se deposita. Después de todo, Silver shadow es
la sombra plateada que en Arturo proyecta Ginebra, cuyo nombre significa
"alma blanca". Silver shadow, el libro, obedece, pues,
a ese impulso de humanizar lo sutil y deletéreo, revalorizando
así el mito, aun dentro de sus modestas pretensiones. Y a este
otro casi imposible de asumir por nuestras sociedades culturalmente
conservadoras: que el hijo de la culpa sea el único inocente.
Galahad lo llamaron.