SELLOS COMO PIEL DE ANACONDA

 

 

Como es del Sur, quien no la conoce piensa que es ésta una ciudad blanca. No lo es. Esta es una ciudad destartalada y torva, con gentes broncas que son su propio reflejo en dimensión humana. No hay que engañarse por la memoria del pasado; en tiempos remotos fue ésta una pequeña capital del territorio cuyo poder se disputaban comendadores, corregidores y alguaciles de un lado, deanes canónigos y magistrales de otro; a unos y otros, con sus atuendos de capa y golilla, calzas de seda y montera a más de espadín, o bien de beca y esclavina, cárdenas insignias y cruz de gules bordada al pecho, veíase pasear pacatamente con revuelo suntuoso de faldellines en las mañanas de sol, y sus figuras de raso talar imponían, bajo los atrios del consistorio y botareles del templo, los soportales de la Plaza y las inmediaciones del Pósito, la gracia severa de un tiempo de mayor prestancia. Los unos, güelfos de la pequeña república, se miraban en el torreón de la Catedral; los otros, gibelinos de covachuela y rebotica, en los balcones del Ayuntamiento. Pero todo aquello pasó. Los postreros vestigios de aquella edad patriarcal los arrasó la última Contienda.
Los palacios donde se urdían candorosas conjuras y fiestas en que siempre sobraban los arropes monjiles fueron suplantados por caserones presuntuosos, en cuya humedad de muros y cerrazón de ventanales podía leerse la nueva riqueza de caciques arribistas, indómitos indianos y mayorales pasados a la usura. Porque yo que lo viví sé que todo lo arrastró la última Contienda. Aún humeaban las fogatas de los recientes bombardeos, cuando vimos insinuarse las primeras avanzadillas del frente de batalla hundido; venían desencajados y famélicos: los creímos muertos vivientes, con aquellos harapos que semejaban mortaja, y la manta, la manta gris y húmeda, terciada.
De las romerías que eran la gala de los lugareños, a las que llegaban con fajín y calañés, al paso tardo de los bueyes con la testuz coronada de almáciga; de aquellos bailes ajotados donde las muchachas serranas exhalaban las vaharadas sanas de sus cuerpos brunos, desplegando, como un cándido salpullido de rosas, sus amplias sayas a orlas rojas, verdes y negras; del jolgorio de los niños a la salida de las escuelas y del chicoleo que a mañana diariamente había a la llegada de la diligencia; de todo aquello, de todo, ha quedado esto: un pueblo en peste. Pero hubo un tiempo... Hubo un tiempo en que las buenas onzas de oro borbón en bolsín se guardaban, como las buenas holandas de madres a hijas se transmitían en arcones de flejes relucientes. Ahora ya veis. La Contienda fue la riña a quijada de burro de españoles contra españoles: la Contienda. Llegaron a suplir a los muertos gentes de aluvión de aldeas perdidas que venían con otro olor, otra piel y hasta otra lengua, pero no sé por qué os cuento esto. Soy yo un humilde funcionario de Correos. Desde muy de mañana ?¿para qué nos querrán tan temprano?? vengo a esta modesta oficina, y me siento aquí, en este negociado de reembolsos y, cuando no me requieren mis paisanos para que les escriba los resguardos, pues muchos de ellos hablan más por señas que por boca, me quedo aquí, junto a la angosta ventanilla, mirando la mancha de humedad que hay en la pared, a un lado: nada más. Pero lo peor es de dos a tres del mediodía; estoy obligado a permanecer en mi puesto aunque a estas horas no acude ya nadie. Así un día y otro. Me quedo mirando la mancha, pero no pienso en nada, y me voy poniendo triste. Cuando el esquilón de la Catedral tañe a vísperas, me levanto entumecido ?un día y otro? y marcho unas manzanas más allá, donde me espera una casa limpia y pobre y el silencio en el almuerzo.
Sería de desear que pasase algo en este pueblo, en mi vida. Pero sólo ha llegado la peste. La peste en tiempos de sequedad. Y aunque aquí, en esta oficina, que la luz tamizada de una cristalera en el techo hace aún más fatigosa e irreal, nada ocurre, nos obligan a usar el mismo oficioso uniforme y a permanecer el mismo extenuante horario; en esta oficina, a la que paulatinamente van dejando los vecinos de venir, yo sigo ensoñándome, aunque sólo sea mirando esa mancha en cuyo cerco la calor ha puesto un como algodón de orín. Me ensueño, la tibieza con que me levanto de la cama persiste en mí hasta el mediodía. Y me vienen ideas..., ideas que no sé cómo exponer. Me hubiera gustado ser, qué se yo, ¡me complace tanto leer buenos libros! Pero me quedé en triste funcionario, ni siquiera con rango de oficial de sección; esos jóvenes que llegan, espeluznados aún por sus oposiciones, me mandan; pero falta poco para que me jubilen. Y no sé entonces qué haré. Qué haré sin mis cartas, porque yo sufro la fascinación de las cartas y los sellos. Las cartas, en cuyos caracteres manuscritos aventuro yo el temperamento de los remitentes y la razón que les motiva. Y más aún de los sellos; los sellos, sobre todo si vienen del extranjero. Me sirven entonces para soñar en lejanos países, prestigiosas tierras que nunca pude visitar. Hasta las palabras que más me agradan hacen referencia al nombre de las ciudades y naciones remotas: Hungría, qué palabra tan azul y tan púrpura; Turquía, dos espadas que se entrechocan; China, redonda como la esfera del mundo; Panamá, vapor que va por un manso río... No llegan sellos, muchos sellos ni cartas de otros mundos, pero, cuando llegan, yo, fingiendo sopesarlas, me demoro con ellas entre las manos. Soy ?por capricho, sin pretensiones? filatelista.
idente.

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