Ya apenas llegaban cartas. íbamos como sonámbulos, cada cual se sentaba en su mesa cabe las ventanillas, y nos mirábamos. De las pústulas no hablábamos desde que el primero de nosotros había enfermado. Todo se reducía a que el esquilón de la catedral diera las tres. Mudamente nos levantábamos como por un resorte, entonces. Afuera nos esperaba un sol mortal. Los carros de labranza desuncidos frente al portalón de las casas campesinas, y los perros. Los perros que gañían y que parecían galgos. Los perros de los cuadros de Brueghel. Perros de otro tiempo.
Las gentes se atrancaban a esa hora en sus casas. No se oía apenas nada dentro. Y si llamábamos a la aldaba de sus puertas ¿qué sino seres cubiertos de vendajes saldrían a las ventanas, como al recuadro de los nichos?
Pero el morbo debió acelerarse, dando en fase de rabia. Las heridas, enconadas, iban haciéndose más grandes por días y ya muchos andaban como en carne viva, escocidos, temerosos hasta del aire. Fueron los días en que, desde la capital de la provincia, trajeron máscaras para todos los funcionarios. Yo me negué a usarla. Y pocos fueron los que osaron colocársela, cobrando aspecto de insectos peligrosos, si no eran los propios de la Casa Consistorial y los empleados de la garita del Repeso, en el mercado.
Hasta ahora ningún familiar mío había sido envuelto por la fatal telaraña. Pero mis sueños eran cada vez más apocalípticos. Primero fue el verme en un galeón de otras épocas que se hundía en altamar, durante la noche indeseable; y el terror era que gentes que yo quería iban dentro, abajo en la bodega, aquello se hundía silenciosamente, yo iba a avisarles, y mis pies permanecían exasperantemente clavados y mi boca sellada. Y luego vino la otra pesadilla: yo estaba escondido en un habitáculo de una ciudad de la antigüedad; aquello, sí, era como la cavidad de un gran vientre de caballo móvil, de madera o mimbres entrecruzados; las puertas entonces se abrían y yo veía a soldados de negro penacho que combatían bajo las antorchas; y el terror era ¡que las espadas no hacían ruido!
Yo no sé por qué será, pero ocurrió. Una mañana llegó la carta. La carta venía de una isla del Caribe. Y el sello era como la piel de una anaconda. Yo tomé la carta, hechizado por su enigmático olor y los colores subyugantes del timbre. Pero la carta se vino al suelo. Yo había sentido como un espasmo. Como si un lambretazo eléctrico la hubiese desprendido de mis manos.
La mancha de la pared expandió entonces ?yo creía sentirla? una bocanada de ranciedad. De hastío. Ya dije que creo en la vida de las cosas. La carta a mis pies, desafiante, mostraba la terrenal, edénica hermosura de su sello. Como una túrdiga de anaconda. Y recordé que no era la primera carta de aquella lejana ínsula que venía. Semanas antes del primer coletazo del morbo llegó la primera, y fue devuelta por identidad desconocida de aquél a quien se le enviaba; lo recuerdo bien, porque yo sentí unos vivísimos deseos de no remitirla al domicilio de origen. Y luego llegaron otras, dos más, siempre desde la misma isla selvática, nido antaño de bucaneros, mencionada por Exquemelin en sus memorias, y a nombre de falso destinatario. Esta era, pues, la cuarta. Seguía en el suelo. Parecía palpitar; imperceptiblemente, como el vientre fláccido y blanco de ciertos saurios. Y no otra cosa que la mirada de una serpiente semejaba aquel sello magnifico, irreal, fantástico, único.
Fue el instante más largo de mi vida.
Mi jefe de sección, un joven presuntuoso y ceceante, con barba y gafas, la recogió de las baldosas justo por donde el sello, que debió manchar con el sudor de su cansancio, mirándome después con muda reconvención. La puso encima de la mesa. Esperé a que se fuese. La escondí entre las páginas de un libro de registro ya caducado, sirviéndome de un pañuelo, que luego incineré. Días después el osado empleado faltó. Estaba quejoso de unas fiebres, se nos dijo evasivamente. Pero yo bien supe que no era cierto. Se estaba desconchando en vida.
Tomé con infinitas precauciones la carta incautada y salí.
En el hospital improvisado, para el cual habían habilitado presurosamente una casona a la entrada del pueblo, no quisieron atenderme. Al laboratorio estaba prohibido el paso.
Entonces me llegué a un cafetín próximo. Iba dispuesto a esperar lo que fuese, pero no hizo falta. A poco llegó un especialista; tenía aspecto preocupado, cansado. En su desaliento entreví su responsabilidad profesional. Dejé que acabara de ingerir su parca consumición. Le cerré el paso.
?Mire usted, señor ?le dije?. Tengo su misma edad..., perdone que le aborde de este modo y en sitio público. He trabajado durante toda mi vida. Soy honesto. Guárdeme la reserva: le voy a pedir a usted que examine en el laboratorio el sello de esta carta. Y me acojo al sigilo profesional. Nadie deberá saber nunca quién le dio la carta.
Mi sorpresa fue que el doctor asintió apenas desde su abatimiento, me examinó tras sus lentes, tomó el sobre y se marchó.
Sentí no poco alivio. Porque, fuese por lo agotado que el médico estaba para reaccionar, o porque se hiciera cargo de inmediato de lo comprometido de mi situación (la misiva había sido sustraída sin autorización jerárquica y con el agravante de clandestinidad), lo cierto es que parecía el hombre idóneo, puesto por un hado benefactor para el buen desenlace de mi ardid, que no era otro ?como se comprenderá? que desenmascarar allí donde estuviera la identidad del virus contagioso.
Acudí todos los días al cafetín, a media mañana. Nunca me había ausentado a aquella hora de mi trabajo, pero ahora argüía ciertas molestias, comprensibles. Comenzaban a mirarme con intención, cuando el doctor, que no había vuelto a aparecer, llegó.
Venía de una ciudad lejana. El sello de la carta llevaba inoculados los gérmenes de una virulenta enfermedad, desconocida en Occidente.

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