Pero, sobre todos los timbres que llegan en las cartas, yo aprecio en mayor medida los que vienen en barco desde Ultramar, y procedentes de repúblicas del Caribe. Son estos sellos como un fragmento de piel de anaconda. Perfectas metáforas de aquellos territorios. Daría lo que fuera por conseguir uno de estos sellos; poder escudriñarlos a lupa, luego a la noche, cuando amainan los rumores y parece que las cosas aumentan de tamaño; pero nunca infringí las ordenanzas, nunca seriamente di pábulo en mí a la idea de secuestro o retención, aunque momentánea. Solamente al atardecer, cuando mi mujer me trae una pueblerina sangría ?demasiado cargada de especias? a la silla de anea donde me siento a tomar el fresco, pienso, pienso. Os juro que sí: esas cartas, llegadas de Cuba o de Jamaica, de Aruba o Trinidad, Haití o Curaçao, huelen; huelen a cafetal, a hondas cañadas, a humo, a brea, qué sé yo. Y miro arriba: ni siquiera, me digo, las estrellas de aquel mundo son las mías, las que veo cada noche.
Aquí empezaron mis conjeturas, aquí en estos sellos de piel de anaconda, y en el manchón de la pared. Las conjeturas luego, consteladas de aprensiones a la hora de los sueños, forense trocando en sospechas.
Pero antes he de decir que, aunque funcionario de precaria mesada, nunca fui motivo de hablillas, ni buenas ni malas. De mi trabajo ?un día y otro? me encamino a casa, y los domingos de guardar, con mi mujer, a cumplir el precepto en la capillita del convento que enfrente mismo de mi hogar está, para no señalarme. Sonrío y hasta río cuando no hay más. Pero qué poco me interesan ellos, éstos, los otros, los de más allá. Junto a mis amados sellos, estampas espléndidas como crisálidas aplacadas sobre un papel, estas gentes, espesas, excitables, ignorantes, con esas caras que por pudor debieran llevar cubiertas, no son para mí sino trances de molestia, ocasión de enojo. Hasta el aire polucionan con su incomodidad. Me utilizan ?pues al fin me paga el Estado?, pero, si me saludan, no me engaño; los que no sospechan algo de mí (mi afición secreta habrá de ser) me miran como un objeto útil sólo a la hora de asomarse a ventanilla. Así el mundo me va pareciendo un rostro informe, mezquino, que hasta sueño. Ellos están lejos de reconocer que todo el pálpito de este pueblo, sus afanes, sus necesidades, sus negocios y pasiones, pasa por mis manos, y que tantos años de trabajo silencioso han creado en mí una intuición rara, infalible. Aun envueltas en espeso sobre, soy como si las leyera al tacto, sus cartas. Mis yemas ven.
Así es que cuando llegó la peste yo fui uno de los primeros en presentirlo; presentirlo por las yemas de mis dedos, que percibieron algo extraño en aquella carta enigmática, transmisora tal vez de los síntomas incipientes a algún familiar o allegado.
Días después corría la noticia. Eran tiempos de sequedad. En la piel aparecían dolorosísimas pupas, parecidas a cancros. De los campos, al atardecer se levantaba un suave olor a tallos mustios, agostados. Estas pústulas semejaban más bien rotos en la piel. Y el mediodía se abatía sobre tejados y plazas, como una maldición. Las llagas pronto se encharcaron de sangre. Y no se sabía si la gente se sepultaba al mediodía en sus casas por la calor o la peste.
Ya la luz misma parecía calcinada. La ciudad, con el mediodía, era como negra.
De las pústulas comenzó entonces a supurar una especie de vegetación, un moho como algodón deshilachado.
Pero lo más terrible fue que nadie moría. Gritaban. Las heridas eran como quemaduras extrañas, anómalas. Gritaban, abrasados en alaridos. Pero no morían.
Yo miraba más que nunca la pared frontera del despacho de correos. Aquella mancha había sido para mí como un presagio. Los hongos crecían ahora más pujantes en su cerco. Yo estaba fascinado más que nunca. Y entonces concebí una idea, que se fue asentando en mí como una nebulosa, tanto más apremiante por cuanto incongruente era; sí, ya no se trataba de conjeturas, ya no de sospechas: la epidemia "tenía" que ver con aquella siniestra oficina.
Los objetos... los objetos son inertes, pero no están muertos. Son como esa ninfa encerrada en ámbar; espera el roce del aire, para alentar. Así son los objetos ?meditaba yo en mis largas horas junto a la ventanilla desierta?. Condenado a un silencio de autista durante muchos años (silencio referido, además, a mis recónditas aficiones: con nadie en el pueblo podía compartirlas), había contraído yo la certeza de que los objetos que vemos y tocamos están esperando nuestra humana atención para comunicarse con nosotros. Por ello, la obsesiva idea de que "precisamente allí" estaba la causa y epicentro de la epidemia.
Pero esta convicción vino después. El antes de esta historia lo fue el esconder vergonzantemente su morbo los afectados, y el asombro, el desconcierto, el temor y el descrédito de aquellos facultativos sanitarios que acudieron por orden superior. Lo que fue bastante posterior al primer espasmo de epidemia, pues escondido este pueblo ?cabeza de partido y villa obispal hacía cien años? en la turbamulta de municipios, distritos, pedanías y tahas, el gobernador tal vez dudara de la existencia y, con seguridad, de su emplazamiento. Se acordonó la zona, por el expeditivo medio de apostar carabineros en los caminos. Vinieron las batas blancas. La prensa acalló el suceso o más bien lo postergó, estando por aquellos días en vísperas de una de tantas elecciones. Y en paz. El alcalde había izado ya el pabellón amarillo de la peste en el mástil del balcón consistorial, cuando a mí comenzaron a darme los vahídos de que allí, y solamente allí, en mi oficina, estaba la causa de la mortandad, el virus de la epidemia. Muy cerca de mí, que casi me tocaba, que sin duda me espiaba. Pero yo callaba, obstinadamente. Por nada del mundo hubiera yo difundido, y menos entre mis avispados compañeros, lo que me "venía diciendo" algo inerte, pero terroríficamente vivo que hubiese en algún lugar de la oficina. Y todo eran cavilaciones bajo la claraboya encristalada del techo, que el sol visitaba implacablemente luego de las doce, siendo la señal para que los pocos funcionarios que allí estábamos, como resistiendo a un asedio imaginario, nos fuésemos desabrochando los cuellos con un mal simulado mohín común de fastidio. Así ese "algo" inerte, ¿sería pensante?, ¿tendría voluntad?, ¿y memoria? Y si no era nada de esto, ¿cómo que las epidemias cesan al pronto ?como bestias ahítas? que ningún síntoma presagiase el fin de su ensañamiento? Y éste ¿qué virus sería?, ¿un virus antiguo, anterior al Diluvio?, ¿un virus antiguo y, por consiguiente, sagrado? ¿Y por qué, por qué allí, en aquel pueblo perdido, y no más allá o más acá? |