fotografía de Silvia de Luque

 

De Santuario del odio, páginas 138 – 142.

 

EL VIEJO AUTOCAR le dejó en un recodo de la cinta asfaltada que asciende, pasado Bailén, los repechos de Despeñaperros. Era de noche. El conductor, a vistas del salvoconducto que le había sido mostrado antes de salir, se limitó a parar donde el comandante ordenó. Los demás pasajeros, medio adormilados, apenas se apercibieron, habituados a las continuas paradas ante los puestos de centinela. “El cortijo del Raposo es por ahí, si camina recto y hacia la derecha; por esa parte, no hay más casas”, le despidió el individuo aquel por congraciarse, con voz apenas audible.
Un hombre solo, en medio de la carretera, con un exiguo equipaje de mano. La desolación del paisaje abrupto casi le aplasta, tras que los faros del ronroneante vehículo se deshicieran con su sorda luminiscencia, pendiente arriba. Quedó inmóvil por momentos, aspirando el olor de las carrascas y los alerces, como perplejo. Un sendero se abría, sinuoso, señalado por las rodadas de los carros, a la derecha; Díez Arellano conocía el paraje, de antiguas inspecciones. Echó a andar, recordando, aún sobrecogido por la pesantez del silencio, los brazos y el calor de Adela, horas antes en la despedida. No consideró encender la linterna. Había que atravesar un pequeño bosque y enseguida se avistaba el casón, con los establos al recuesto de una de sus techumbres laterales.
No lo delataron los perros, que no los había, ni señal externa de habitación mostraba la casa. La luna daba contra sus muros, como una lechada sobre la cal de las paredes; se la veía nítida, en medio de un campo raso. Cuando llegó se hicieron más patentes los chirridos de los grillos, que callaron de pronto. Se acentuó el olor a bosta de oveja, un tufo acre y antiguo, como el de los espinos secos o zarzas polvorientas. Acercándose a una de las ventanas, pasó, entre las rejas, los dedos por el cristal. Si había luz adentro, la habían apagado de repente. El comandante tabaleó los dedos haciéndolos tintinear sin fuerza, consciente de que nada mejor para no alarmar. Hubo de aguardar, e insistir. Así hasta tres veces. Luego se abrió un ventano arriba, una rendija. Díez Arellano lo percibió, más que oyó, por la tensión de sus sentidos al acecho. Poco después la puerta, a un lado de la ventana, y bajo un emparrado ya seco de racimos, cedió. Se encontró con un anciano, que alzaba el candil.
-Hombre de paz- dijo en un susurro.
El hombre le miró de hito.
-Ya se ve que se ha perdido, buen hombre.
-Puedo pagarle bien.
-Pase, aquí no preguntamos.
Sólo al pasar, estrechándose, Díez Arellano vio claramente el bulto de una carabina que sostenía con la otra mano a lo largo de la pierna. La puerta daba a un zaguán de guijarros, atravesado el cual llegaron a una estancia bastante espaciosa, apenas alumbrada por un par de candiles de mecha en sus paredes, con un fogón encendido al fondo que alumbraba más que los candiles. Bajo su campana una vieja cubierta con toca se afanaba ante un puchero pendiente de un gancho. Entonces, cuando sus pupilas se adaptaron a aquella penumbra dorada, percibió que había más gente, sentada en los poyetes adosados a los muros, y que el silencio había sido tan intenso a su irrupción con el anciano que no había reparado en ellos, encandilado por la lumbre. El anciano, en fin, dijo algo al oído de la mujer, y ésta le miró un tanto desafiante; pero después, aunque lo volvió a mirar mientras que el viejo seguía en sus secreteos, le miró como si no lo viera; es decir, como si no fuera posible conocerle por mucho que el viejo le contara. De hecho, ya no volvería a mirarle cuando le acercaron una escudilla con berza, y la cuchara de palo y el zoquete de pan de mijo. Aturdido, el comandante se concentró en ello. Cuando ya no quedaba más sopón, parece que comenzaron, o mejor recomenzaron, los presentes, que eran tres hombres, también ancianos revejidos como el dueño, a parlotear entre ellos. Hablaban de muertos conocidos. Hablaban, ofreciéndose las petacas con picadura de tabaco y los librillos de papel. Gastaban chaleco de presilla y sombrero de ala corta, los tres; los tres disímiles en sus sombras contra las paredes. De improviso, apareció una niña como de doce años. El comandante tuvo la certeza entonces, instantánea pero ineludible, de que allí pasaba algo extraño, de que se avecinaban acontecimientos. Una intuición así le sobrevenía pocas veces, pero tenía bien aprendidos sus síntomas reveladores: una comezón, una inquietud, una zozobra. El placer de un escalofrío, la impaciencia. La niña venía con una camisa larga de franela, con las trenzas deshechas cardadas sobre los hombros, y besó a sus abuelos, que la retuvieron con arrumacos. Poco después entraba la madre, y se la llevó de la mano: la madre. Todo transcurrió con la lentitud vagarosa, la inconsistencia febril de los sueños. Al comandante le dio un vuelco el corazón.
Pero estaba seguro de no conocerla. Supo así que volvería, y volvió, al instante de acostarla y dejar, a la niña, arropada en la cama. Díez Arellano dijo que madrugaría y dejó un dinero sobre la mesa, mucho, tal vez demasiado. Se levantó y la siguió. Le condujo a la planta alta por una escalera angosta, de ladrillo basto, y troncos encalados en el techo. Apartó una puerta y lo introdujo en un cuarto opresivo, un chamizo bajo el tejado donde la calor se mantenía, con un camastro arrimado al testero de enfrente. El equipaje estaba ya allí. Los zócalos de añil, una silla de anea, una palangana bajo el aguamanil de espejo ovalado y aros de madera. La mujer le dijo escuetamente:
-Le pasarán.
-Bien.
Pasar el frente, pero ¿hacia qué bando? ¿Cómo ella lo sabía? ¿Lo sabía, o lo suponía? Un frente difuso, porque aún se mantenía, por aquella parte, indeciso, en poder republicano sí, aunque infestado de partidas de un y otro signo, milicianos incontrolados, pero también facciosos, que hostigaban desde los pueblos y aldeas que habían quedado aislados y embolsadas.
-Yo lo tengo allí, a mi marido.
-Está bien.
-¿Viene para encontrarse con él?
-Eso intento –dijo, como a tientas, más bien dejó escapar. Se dejaba ir, imponiéndole cinismo.
-¿Quién le envía?
Se había sentado sobre la cama y balanceaba el torso como para comprobar la blandura del jergón. Tenía que hacer tiempo. Si la mujer insistía, podía arguir que callaba por sigilo obligado, cosas de guerra. Pero intuyó, volvió a intuir, que no debía hacerlo, contra toda lógica. Éstas eran las aguas del comandante, el pez.
Era más joven de lo que hubiera supuesto, aquella enigmática mujer, por su olor sobre todo. Una crencha de pelo se le había deslizado tapándole la mejilla, y era lustroso, un poco ondulado, pero espeso. Los rasgos muy marcados, la nariz afilada, la boca un tanto enjuta, el rostro tendente a ancho, sólida la barbilla, aunque pequeña. Una mujer del lugar, de la tierra. Desprendía sensualidad no obstante, mucha: se la percibía, la sensualidad, como un tufo, un humor retenido, una flema represada de deseo. El cuerpo lo tendría anguloso, duro, frío tal vez, pero la voz era cálida, bien matizada, le sonaba casi familiar. Y parecía sana. El comandante había sentido la insinuación del ansia sensitiva abriéndose en él desde la proximidad física de ambos en la escalera, pero ahora percibió esta inmediatez de sus cuerpos como una quemazón. Ella también le olía a él, dilataba incluso las ternillas de la nariz. Y su réplica era ésa, embravecerse.
-¿Quién le envía? –repitió, alzando la barbilla.
Y captaría, con la fluencia corporal, la perplejidad que sus poros emanaban. Tal vez por esto fue comenzándose a sentir la dueña.
-¿Quién le envía? –pero ya se había tendido, a su lado, inclinándose un poco hacia atrás, y su voz ya no era tan inquisitiva ni apremiante.
El comandante Díez Arellano supo que tendría que fiarse de su buena estrella. Un nombre en su mente, como un relámpago.
-Salvador, me envía Salvador.
Había respondido a su tácito reclamo, y la estaba acariciando ya, suave, imperceptiblemente, pero con resuelta decisión. No pasaron de ahí.
-No hay ningún Salvador –dijo despacio la mujer, recostándose de lleno, ofreciéndosele, sonriéndole más bien con los ojos, que le chispeaban, tal vez de complicidad, tal vez de dominio sobre él, atravesada, ahora con voluptuosidad, sobre la cama, como con vencimiento de sí misma, no tanto por la atracción atracción que él le infundía.
-Sí lo hay –repitió con un rumor sobre su oído, cosquilleándole con la voz, con más sosiego, con más aplomo. Sin dejarse de sentir, no obstante, atrapado, extraviado como un niño. Era un niño y era un hombre; ante ella no podía ser de otro modo.

Le tapó la boca con un beso, a ella. Ella, después, se lo devolvió, con más ahínco. Asiéndole del cabello de la nuca hacia atrás. Con desesperación repentina.
-Salvador no puede ser. Salvador es mi marido –dejó escapar, también en un rumor. Un rumor de sus labios secos por el fuego que le ardía, en las entrañas.


 

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