EL
VIEJO AUTOCAR le dejó en un recodo de la cinta asfaltada que asciende,
pasado Bailén, los repechos de Despeñaperros. Era de noche. El
conductor, a vistas del salvoconducto que le había sido mostrado antes
de salir, se limitó a parar donde el comandante ordenó. Los demás
pasajeros, medio adormilados, apenas se apercibieron, habituados a las continuas
paradas ante los puestos de centinela. El cortijo del Raposo es por ahí,
si camina recto y hacia la derecha; por esa parte, no hay más casas,
le despidió el individuo aquel por congraciarse, con voz apenas audible.
Un hombre solo, en medio de la carretera, con un exiguo equipaje de mano. La
desolación del paisaje abrupto casi le aplasta, tras que los faros del
ronroneante vehículo se deshicieran con su sorda luminiscencia, pendiente
arriba. Quedó inmóvil por momentos, aspirando el olor de las carrascas
y los alerces, como perplejo. Un sendero se abría, sinuoso, señalado
por las rodadas de los carros, a la derecha; Díez Arellano conocía
el paraje, de antiguas inspecciones. Echó a andar, recordando, aún
sobrecogido por la pesantez del silencio, los brazos y el calor de Adela, horas
antes en la despedida. No consideró encender la linterna. Había
que atravesar un pequeño bosque y enseguida se avistaba el casón,
con los establos al recuesto de una de sus techumbres laterales.
No lo delataron los perros, que no los había, ni señal externa
de habitación mostraba la casa. La luna daba contra sus muros, como una
lechada sobre la cal de las paredes; se la veía nítida, en medio
de un campo raso. Cuando llegó se hicieron más patentes los chirridos
de los grillos, que callaron de pronto. Se acentuó el olor a bosta de
oveja, un tufo acre y antiguo, como el de los espinos secos o zarzas polvorientas.
Acercándose a una de las ventanas, pasó, entre las rejas, los
dedos por el cristal. Si había luz adentro, la habían apagado
de repente. El comandante tabaleó los dedos haciéndolos tintinear
sin fuerza, consciente de que nada mejor para no alarmar. Hubo de aguardar,
e insistir. Así hasta tres veces. Luego se abrió un ventano arriba,
una rendija. Díez Arellano lo percibió, más que oyó,
por la tensión de sus sentidos al acecho. Poco después la puerta,
a un lado de la ventana, y bajo un emparrado ya seco de racimos, cedió.
Se encontró con un anciano, que alzaba el candil.
-Hombre de paz- dijo en un susurro.
El hombre le miró de hito.
-Ya se ve que se ha perdido, buen hombre.
-Puedo pagarle bien.
-Pase, aquí no preguntamos.
Sólo al pasar, estrechándose, Díez Arellano vio claramente
el bulto de una carabina que sostenía con la otra mano a lo largo de
la pierna. La puerta daba a un zaguán de guijarros, atravesado el cual
llegaron a una estancia bastante espaciosa, apenas alumbrada por un par de candiles
de mecha en sus paredes, con un fogón encendido al fondo que alumbraba
más que los candiles. Bajo su campana una vieja cubierta con toca se
afanaba ante un puchero pendiente de un gancho. Entonces, cuando sus pupilas
se adaptaron a aquella penumbra dorada, percibió que había más
gente, sentada en los poyetes adosados a los muros, y que el silencio había
sido tan intenso a su irrupción con el anciano que no había reparado
en ellos, encandilado por la lumbre. El anciano, en fin, dijo algo al oído
de la mujer, y ésta le miró un tanto desafiante; pero después,
aunque lo volvió a mirar mientras que el viejo seguía en sus secreteos,
le miró como si no lo viera; es decir, como si no fuera posible conocerle
por mucho que el viejo le contara. De hecho, ya no volvería a mirarle
cuando le acercaron una escudilla con berza, y la cuchara de palo y el zoquete
de pan de mijo. Aturdido, el comandante se concentró en ello. Cuando
ya no quedaba más sopón, parece que comenzaron, o mejor recomenzaron,
los presentes, que eran tres hombres, también ancianos revejidos como
el dueño, a parlotear entre ellos. Hablaban de muertos conocidos. Hablaban,
ofreciéndose las petacas con picadura de tabaco y los librillos de papel.
Gastaban chaleco de presilla y sombrero de ala corta, los tres; los tres disímiles
en sus sombras contra las paredes. De improviso, apareció una niña
como de doce años. El comandante tuvo la certeza entonces, instantánea
pero ineludible, de que allí pasaba algo extraño, de que se avecinaban
acontecimientos. Una intuición así le sobrevenía pocas
veces, pero tenía bien aprendidos sus síntomas reveladores: una
comezón, una inquietud, una zozobra. El placer de un escalofrío,
la impaciencia. La niña venía con una camisa larga de franela,
con las trenzas deshechas cardadas sobre los hombros, y besó a sus abuelos,
que la retuvieron con arrumacos. Poco después entraba la madre, y se
la llevó de la mano: la madre. Todo transcurrió con la lentitud
vagarosa, la inconsistencia febril de los sueños. Al comandante le dio
un vuelco el corazón.
Pero estaba seguro de no conocerla. Supo así que volvería, y volvió,
al instante de acostarla y dejar, a la niña, arropada en la cama. Díez
Arellano dijo que madrugaría y dejó un dinero sobre la mesa, mucho,
tal vez demasiado. Se levantó y la siguió. Le condujo a la planta
alta por una escalera angosta, de ladrillo basto, y troncos encalados en el
techo. Apartó una puerta y lo introdujo en un cuarto opresivo, un chamizo
bajo el tejado donde la calor se mantenía, con un camastro arrimado al
testero de enfrente. El equipaje estaba ya allí. Los zócalos de
añil, una silla de anea, una palangana bajo el aguamanil de espejo ovalado
y aros de madera. La mujer le dijo escuetamente:
-Le pasarán.
-Bien.
Pasar el frente, pero ¿hacia qué bando? ¿Cómo ella
lo sabía? ¿Lo sabía, o lo suponía? Un frente difuso,
porque aún se mantenía, por aquella parte, indeciso, en poder
republicano sí, aunque infestado de partidas de un y otro signo, milicianos
incontrolados, pero también facciosos, que hostigaban desde los pueblos
y aldeas que habían quedado aislados y embolsadas.
-Yo lo tengo allí, a mi marido.
-Está bien.
-¿Viene para encontrarse con él?
-Eso intento dijo, como a tientas, más bien dejó escapar.
Se dejaba ir, imponiéndole cinismo.
-¿Quién le envía?
Se había sentado sobre la cama y balanceaba el torso como para comprobar
la blandura del jergón. Tenía que hacer tiempo. Si la mujer insistía,
podía arguir que callaba por sigilo obligado, cosas de guerra. Pero intuyó,
volvió a intuir, que no debía hacerlo, contra toda lógica.
Éstas eran las aguas del comandante, el pez.
Era más joven de lo que hubiera supuesto, aquella enigmática mujer,
por su olor sobre todo. Una crencha de pelo se le había deslizado tapándole
la mejilla, y era lustroso, un poco ondulado, pero espeso. Los rasgos muy marcados,
la nariz afilada, la boca un tanto enjuta, el rostro tendente a ancho, sólida
la barbilla, aunque pequeña. Una mujer del lugar, de la tierra. Desprendía
sensualidad no obstante, mucha: se la percibía, la sensualidad, como
un tufo, un humor retenido, una flema represada de deseo. El cuerpo lo tendría
anguloso, duro, frío tal vez, pero la voz era cálida, bien matizada,
le sonaba casi familiar. Y parecía sana. El comandante había sentido
la insinuación del ansia sensitiva abriéndose en él desde
la proximidad física de ambos en la escalera, pero ahora percibió
esta inmediatez de sus cuerpos como una quemazón. Ella también
le olía a él, dilataba incluso las ternillas de la nariz. Y su
réplica era ésa, embravecerse.
-¿Quién le envía? repitió, alzando la barbilla.
Y captaría, con la fluencia corporal, la perplejidad que sus poros emanaban.
Tal vez por esto fue comenzándose a sentir la dueña.
-¿Quién le envía? pero ya se había tendido,
a su lado, inclinándose un poco hacia atrás, y su voz ya no era
tan inquisitiva ni apremiante.
El comandante Díez Arellano supo que tendría que fiarse de su
buena estrella. Un nombre en su mente, como un relámpago.
-Salvador, me envía Salvador.
Había respondido a su tácito reclamo, y la estaba acariciando
ya, suave, imperceptiblemente, pero con resuelta decisión. No pasaron
de ahí.
-No hay ningún Salvador dijo despacio la mujer, recostándose
de lleno, ofreciéndosele, sonriéndole más bien con los
ojos, que le chispeaban, tal vez de complicidad, tal vez de dominio sobre él,
atravesada, ahora con voluptuosidad, sobre la cama, como con vencimiento de
sí misma, no tanto por la atracción atracción que él
le infundía.
-Sí lo hay repitió con un rumor sobre su oído, cosquilleándole
con la voz, con más sosiego, con más aplomo. Sin dejarse de sentir,
no obstante, atrapado, extraviado como un niño. Era un niño y
era un hombre; ante ella no podía ser de otro modo.
Le tapó la boca con un beso, a ella. Ella, después, se lo devolvió,
con más ahínco. Asiéndole del cabello de la nuca hacia
atrás. Con desesperación repentina.
-Salvador no puede ser. Salvador es mi marido dejó escapar, también
en un rumor. Un rumor de sus labios secos por el fuego que le ardía,
en las entrañas.
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