Santo
Sepulcro
hace alusión a un alma que vuelve a la vida tras la exégesis
de su descenso ad inferos. Lo que halla al resurgir a este lado
de la vida es un paisaje alucinado, como dormido en el tercer día
de la Creación, es una ciudad devastada, invadida por la
bacteria de lo visionario, y es unas gentes en el límite con
lo intangible. Conforma todo ello el Limbo, un limbo sensorial y apocalíptico.
Aquí confluyen el problema del mal y el rastro del diablo, vertiginosamente
expuesto en forma de sugestión y misterio. Con Santo Sepulcro,
el autor iniciaba una trilogía sobre este "ensayo del otro
mundo" que es Guadix, la Accitania y sus territorios terminales
y alucinados. Quedaban aún el infierno y el paraíso, a
que aluden El reloj del infierno
y Huerta del cielo. Pocas
veces una ciudad y un entorno habían sido ahondados con tan dramáticos
símiles, con tan doloridos acentos: Ciudad de Lázaro
enterrado, se la llama. Santo Sepulcro, donde el amor es
expuesto en forma de huecos, esto es presencia de la inexistencia,
acoge algunos de los poemas más intensos de toda su producción.