Ilustración: Miguel del Moral

 

COMO TODAS LAS CIUDADES que lo han sido todo y ahora son nada, apenas nada en comparación con lo que fueron, Córdoba es una ciudad ascética, ingrávida, una ciudad dolorida y, así, esplendorosa. Corre un viento de desolación; un viento de ceniza sobre todo al atardecer, y en esos colores cárdenos parece que se deslíen no colores majestuosos, sino almas impenetrables. Las almas de millones de inmemoriales que dejaron sus huesos en la argamasa de los muros, pero también su apetencia de vida y su rivalidad para con toda gloria, la de este mundo o el otro.


Córdoba es solemne, imperturbable, asesina e inmortal. Córdoba es un hombre, pero no un hombre cualquiera, sino un hombre que le gusta ser mujer, y una mujer que quiere ser hombre: un arcángel. Y como todos los arcángeles, deslumbra. Pero no por su fulgor externo, que también, sino por una incandescencia interna que la asemeja a un infierno prodigioso, o a un paraíso en llamas.Córdoba de calles que se entrecruzan como alfanjes, de plazas como adargas donde estallan las espadas, de casas como pechos abiertos, casas o pechos blancos atravesados por los dardos. Córdoba de los templos tumultuosos donde se oró en todos los idiomas de la tierra, hasta quedar la voz desgarrada, como vestidura rota de un fantasma. Córdoba te mira con ojos fosforescentes, pero tú no sabes donde está el tigre. Córdoba te deglute con sables de su faz, pero no lo sabes. Córdoba, así le mires, va contigo, aunque te escondas en el centro de la tierra.


Y Córdoba es una ala y otra ala, polícromas, fastuosas, de una mariposa letal. Morir, morir cada día, de amor y de belleza, de hastío y de penumbra, en Córdoba, amigos, es una costumbre. Lo excepcional es el aire que respiras. Lo normal, no existe. Acabas de llegar a la ciudad donde la muerte está hecha de insuperable amor a la vida, y donde el sufrimiento es por una única razón: no tener más que un corazón para sentir, y dos ojos para mirar. La sangre, tu sangre, todas las sangres son ese río que la divide. Y por el cual es una ciudad santa. Santa, es decir maldita. ¿Por qué es santa esta ciudad, entre las santas, y aun así maldita? ¡Tanta sangre, tantos raudales de sangre le han conferido la maldición!

 

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