Escrito
en circunstancias emocionalmente excepcionales para todo escritor -desarraigo
cultural, aislamiento, vacío, desolación-, Las lóbregas
alturas es una visión humana, al tiempo que paisajística,
de uno de los países más insólitos de España.
Corresponde este libro a una exigencia biológica en un tiempo
en el que sólo la poesía (esa cierta costumbre de plasmar
lo ineludible) acompañó al poeta, le dio calor, logrando
incluso detener la devastación interna. Escrito sin inhibiciones
literarias, como corresponde a todo diálogo interior, Las
lóbregas alturas -al fin un libro de desarraigo- no podría
por menos de oscilar entre el amor y la desesperanza, el desencanto
y la nostalgia, el cansancio y la ternura, aflorando en ocasiones observaciones
críticas, de muy difícil solución, hacia el entorno,
no tanto social como sensorial, en el que el poeta ve destruirse sus
más íntimos anhelos. Como ya ocurrió en La
ciudad de las cúpulas que trata de Úbeda, como
el presente, de Durango, esta obra recorre el doloroso trazado de la
euforia sensitiva a la decepción humana, sólo sublimada
o más bien sustituida, hacia la consumación del libro,
por la contemplación amorosa de aquel mundo. Es ahí donde
penetra en el texto una cercanía entre autor y entorno que podría
llamarse, sencillamente, fascinación.