LA VOZ AL OTRO LADO DEL MURO

 

 

Aquella casa ofrecía la singular peculiaridad de no advertirse apenas bajo la luz del sol. Por la noche, sin embargo, ella sola se veía en los contornos. Dijérase que cobraba vida. Era una casa encantada.
Desde lo lejos se avizoraban, entre la fronda de pinos polvorientos y palmeras medio desmochadas, las techumbres del rústico caserón, sus aleros abiertos a los desvanes y camaranchones; las chimeneas blancas, enhiestas, contraponiéndose al tejaroz ocre e inerte, y más allá, sobre los volúmenes angulosos de alguna casamata, hasta dos azoteas angostas a donde se llegaba por escaleras pinas, exentas, desde una puertecilla oscura abajo, acceso único al interior por aquella parte.
La casa era una isleta en la ciudad, ya a las afueras. Y entre el tráfago que la envolvía, ella sola, ajena a todo cuanto no fuese su propio silencio, elevaba sus robustos perfiles en una imagen de construcción varada en el tiempo, mitad inquietante, hostil, mitad reinota, absorta en su altiva identidad poblada de recuerdos y ensueños.
La casa se orienta al norte, donde hay un porche cuyas dos columnas cuadrangulares de azulejo sopor tan un mirador íntimo, desde el cual se otean huertas frutales en primer término y al fondo el torreón imponente de la catedral. La casa está, entonces, en ruinas. Su flanco de Levante posee soportal de arcos escarzanos, con puertas sólidas y ventanas de reja a sus lados, a más de poyetes y argollas en sus muros para las caballerías; el de Poniente, por contra, salvo en un corto tramo, que también lo es de cobertizo, da a las balconadas, alguna que otra claraboya y un tragaluz en forma de abanico abierto. Este es el costado más sombrío ?a pocos pasos está la alberca, y en él se adivinan las estancias de reposo, cerradas hasta la noche, mientras que en aquél se ubican los gabinetes y salones de respeto, además de las cocinas y los baños o albañales que en pequeñas cámaras por toda la casa se distribuyen.
Porque desde el exterior es difícil precisar cuál puerta será la de acceso al vestíbulo y escalinata principal, entre los varios portalones de recepción a proveedores y servidumbre. La casa se completa con granero y bodega, leñera y despensa, por lo que a la planta baja y aun sótano hacen. Desde fuera, a poco de asomarse, tales cámaras se vislumbran húmedas y atelarañadas, distinguiéndose en la penumbra los botes para almíbares y compotas en los anaqueles aún intactos, los barriles de amontillado en un rincón, los grandes cazos pendientes de las escarpias, las horcas y bieldos a la pared, las cajas con velas de sebo, los sacos con semillas, las tinajas altas, ello todo junto a la penosa confusión de mecedoras desfondadas, baúles con su carga esparcida y armarios desguazados, revoltijo de enseres en deshecho, cartas, disfraces, serpentinas tras los muchos saqueos que, desde que quedó desierta, sufriera la casa. Y más, abonaban esta impresión las persianas aún dispuestas sobre el rastel de los balcones, y las cortinas apolilladas y los visillos cayéndose en andrajos. Más que abandono, por mudanza o cierre definitivo, aquello semejaba huida atropellada de sus inquilinos. ¿Por qué esta premura, si la hubiese habido? ¿Cómo clausurar una casa sin incinerar papeles, retratos, recuerdos de familia, objetos de intimidad dilatada a lo largo de los años? ¿Qué temor puede ser más grande que el pudor, para marcharse así, como quien piensa retomar aunque sabe que nunca podrá hacerlo? ¿Qué laya de moradores habían sido aquéllos?
Nada otra cosa sabia de la casa. Y cuantas pesquisas hice por informarme acerca del nombre de los propietarios y las causas del repentino desalojo en verdad se estrellaron contra la apatía cuando no la mala intención, de los vecinos sobre el particular interrogados. Una sola cosa pude saber, y es cómo era llamada entre ellos. De la Enemiga. La casa de la Enemiga de la Tirana, que de ambos modos la oí mencionar.
Esto, sin embargo, no había yo reparado en la casa hasta aquella mañana. Los sucesos se desenvolvieron desde entonces aceleradamente encadenados los unos de los otros. Por aquel tiempo transitaba yo junto a ella con ocasión de encaminarme diariamente a mi trabajo, ya que la casona quedaba emplazada cabe un trecho de área, un poco al interior, de la calle que me era de paso forzoso hacia mi oficina, y bien por la premura con que siempre, con los minutos contados, transitaba, bien porque ya dije que a la luz del sol en cierto modo esfumase sus perfiles, se explica mí falta de atención. Esto no obstante, aquella mañana sorprendí una escena que me dio que pensar. Así son estas cosas. No atribuí al principio importancia mayor al evento, pero luego las imágenes forense inopinadamente asentando con el paso de las horas. Aquella mañana unos caballos se habían desbocado en sus inmediaciones y, tras derribar del arzón a sus jinetes respectivos con repentinas, furiosas corvetas, se dieron, con los estribos oscilantes y en un notable estado de excitación, a galopar con la cola y la crin revueltas en torno a la casa de la Enemiga. Los campesinos desmontados, que a duras penas habían puesto pie en tierra, daban voces. Los transeúntes ocasionales hablan quedado absortos por lo extraño de aquella circunstancia; se replegaron con cautela explicable, pero yo seguí a los arrieros y pude ver de cerca a los caballos. Tenían los ojos agrandados por algo que hubieran visto; extraviados de pavor, sus ollares sudaban por la carrera y los belfos les espumaban.

Páginas 1 2 3 Inicio

Versión Imprimible