Mi larga estadía en pueblos apartados, aun de mediano pasar, me ha despertado el interés por las personas que detentan cargos subalternos, u oficios que requieren mucho tiempo y profesionalidad mínima, trabajos casi anónimos, monótonos y más bien escasamente remunerados: cajeros de una banca modesta, capaces de detectar por el olor de los billetes su procedencia de entre todos los proveedores ,pongamos por caso, de un mercado que hagan sus ingresos en dicha sucursal, carteros con toda la tarde libre y ninguna afición a la lectura, camareros de un rancio café a la espera inútil del consumidor, conserjes siempre en su puesto y siempre sin hacer nada. Siempre pensé que la existencia, sin ninguna pulsión que turbase su rutina, les sería insoportable; por tanto, me digo, han de hacer vida doble. Doble y secreta. Luego de desempeñar su trabajo imagino, se invisten de su auténtico carácter y quién es jugador, quién hombre culto, o caritativo, o quién regenta algún negocio no del todo lícito, o se marcha a alguna población limítrofe y es él mismo (él mismo o el otro de sí mismo).
Pero de don José Llorente no podía decirse tal cosa. O al menos nunca se supo. Eternamente en su garita, que comunicaba al espacioso vestíbulo mediante una ventana antigua, como de calle, con pestillos y travesaños de madera deslucida. Tras sus cristales se adivinaba su figura de hombre provecto, perpetuamente embozado en una vieja bufanda gris y embutido en un chaquetón del mismo pano y color. El mismo tono de sus cabellos y de su rostro era ceniciento. Y allí se estaba sentado a la mesa camilla con tapete de hule y brasero de picón sin hacer nada, si no era mirar tras de sus lentes de un verde opaco y a veces saludar, si se le saludaba. Temprano ya estaba allí y allí, con el paréntesis del almuerzo, pues el café con leche y suizo se lo traía el mozo de un establecimiento cercano, permanecía hasta que llegaban las mujeres de la limpieza y
esparcían el serrín bajo la luz blanquecina de los fluorescentes. Él no encendía la luz hasta tarde, y la penumbra entonces aparentaba el propio ámbito de su respiración también grisácea.
Porque el conserje era asmático. Era acercarse a la entrada de la oficina y percibir su aliento entrecortado, pesado: como el gañido, pensábamos los escribientes, de bestia acosada en la trampa. Lo cual se hacía más patente cuando, por alguna diligencia, habíamos de avecinamos a su puesto; su mirada tras los reflejos de las gafas mates era sin brillo, su voz como distante, opaca, apocada, y sus gestos, cuando por ejemplo levantaba el oloroso tapete para extraer algún sobado cuaderno de anotaciones, exasperantemente lentos. jadeaba, jadeaba siempre. Resonaban sus expectoraciones hondas, cavernarias, viejas. Era, con todo, cordial a su manera y poseía un suave humor, muy cercano a la ironía, como quien ve mucho y calla. Gustaba bastante de la jardinería y toda su ilusión fue por aquel tiempo ver cuajado un injerto de sauce que acababa de plantar en unos arriates de la parte trasera del edificio. Tal vez presintiera algo; yo creo que temía la muerte. "No lo veré", solía responder cuando por el árbol se le preguntaba. Un día de invierno crudo, muy crudo como es en este pueblo , enfermó; pensamos que se nos iba, pero volvió. No fue ya el mismo. Como acosado, atemorizado. Colocó por las paredes, sujetos con tachuelas, unos cartelones en los que figuraba de modo bastante tosco la silueta de cigarros puros (algo humeantes, para mayor definición) cruzados con un aspa disuasoria. Volvió, como digo, y durante un año se mantuvo al fondo de su covachuela, insinuándose la grisura de su perfil bajo el cromo de un calendario, tras los cristales de la ventana. Pero dos días antes de los acontecimientos aquí consignados, encontramos vacante su lugar. "Y fue meter se en la cama y morir". fue el comentario que se oyó tras el óbito.
Julián, sabido lo mucho que me placía recibirle, pues era de carácter jovial y complaciente, vino en otras ocasiones a aquélla de la noticia con que me había despertado. Salíamos con frecuencia y fui aficionándome a su trato. Hay a quien place pasear solo, y a quién, acompañado; en el primero de los supuestos la presencia eventual de otra persona, lejos de discordar, conforta sólo en la coyuntura de que sepa respetar los silencios y no sentirse en la nerviosa obligación de cubrirlos con ambages insustanciales. Julián permanecía a mi paso y carecía de empacho para mantenerse en silencio.
Silencio y paso que en horas avanzadas nos condujeron una noche, varias jornadas después del desbocamiento de los caballos, la voz en el sueño y la muerte del conserje, al sombrío caserón que allí decían embrujado y conocían por "de la Enemiga".
No fue fácil el acceso, días después, Julián y yo nos habíamos quedado mirando, la noche en que nuestro vagabundeo nos había conducido insensiblemente a la casona, y no tuvimos que decimos nada. El suceso de los caballos, del que yo le había hablado, la muerte del conserje, que a nosotros profesaba especial afecto. No tuvimos que decirnos nada. Y ahora estábamos allí, provistos de linternas, ya cenados y cubiertos con una gabardina la noche estaba por demás húmeda a modo de guardapolvo. Trepamos por una de las columnas del porche y penetramos en la casa a través del balcón de cierre que aquéllas sustentaban, uno de cuyos batientes, desprovisto de cristales, fue fácil abrir desde afuera.
Varias, no una vez, debió ser saqueada la casa; la conjetura de días antes se nos confirmaba ahora con creces. Tras el mirador, con doseles hechos harapos,su luminosidad. Nosotros estábamos inclinados sobre el pozo, con la losa medio franqueada. Entonces nos sacudió una gélida corriente de aire así como la por mí sentida minutos antes, como proveniente de algún ventanal imposible en aquel emplazamiento. Y luego una insoportable fetidez. No puedo decir más. Lo vimos juntos. El haz, al que volvió a poco su luminosidad precedente, alumbró unas chinelas de mujer, blancas y bordadas con colores exóticos. Aquí detuvimos sendos caños de luz. Las chinelas como asiáticas, circasianas estaban primorosamente afiligranadas en rojo, amarillo y verde, y terminaban en pico curvado hacia arriba. Mientras tanto, un alboroto como de cuerpo inerte que intenta emerger se hizo sentir sobre las aguas.
Echamos a correr. Gritábamos. Lo último que en el hueco de la escalera tras de nosotros vimos fue la silueta gigantesca de una mujer cubierta con túnica, vaporosa y elevándose, elevándose en los aires según ascendíamos los escalones.
Su rostro. Sólo pude presentirlo. Los ojos desencajados. Como lumbres aquellos ojos. ¿Ojos de maldad?
La Enemiga existe. Aún no sabemos mi amigo y yo quién puede ser; el mismo espanto nos impone discreción, incluso entre nosotros,
Pero, con el tiempo, algo hemos escuchado acerca de una impía mujer, de carácter tiránico según cuentan los más ancianos, que asesinó a su consorte, y nunca fue ajusticiada al no podérsele atribuir prueba alguna a la sospecha, en el pozo mismo de aquella casa embrujada.
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