Aquella noche tuve yo sueños. Sueños inquietos. Soñé con una voz. Y esta voz me hablaba. No sabré expresarlo, no. Me hablaba de que se sentía feliz, a tal punto que logró en sueños contagiarme su gozo. Un gozo parecido, a partir de aquí habré de expresarme por símiles, al que nos sorprende en las mañanas templadas, paseando por el campo, cuando todo está tranquilo en nuestra vida, y no añoramos nada y nos sentimos contentos con lo que somos. A quien me hablaba no le vi, pero era una voz conocida, aunque no identificable a nadie en particular. Decía estar en una inmensa planicie con forma de anfiteatro, En tomo a sus gradas invisibles se esparcían en la distancia, semejantes a estratos de cirros, hileras de presencias vaporosas que conferían la sensación de seres intermedios entre ave y mujer. Todo era allí lento. La voluntad te lleva, se me dijo. Y azul, azul más bien celeste, celeste y blanco. Celeste y no azul por causa de una luz constante y suave; constante, esto es, no proveniente de ningún punto determinado. La voz seguía entretanto. Me contaba sin palabras, como infundiéndome sensaciones la llegada incesante de seres, de almas que acababan de desencamar. Eran los muertos supe, y no me pidáis por qué, del día anterior: los muertos por accidente, por herida de guerra, por atentado, por enfermedad, por edad, y de los cuales se nos había dado cuenta en los periódicos. La voz decía conocer a uno y no a otros al igual que a los parientes que a él mismo, en su momento, fueron a recibirle, y cómo se adentraban en aquellos ámbitos con vacilación, como sonámbulos de sí, tal si no acabaran de persuadirse de que seguían vivos, aunque en otra dimensión. La impresión era ya dije de euforia. Esta euforia pude yo sentirla por reflejo de aquél quien me hablaba: la razón es que allí ni la materia de nuestros "cuerpos" pesaba, ni el alma percibía el tránsito del tiempo. Tiempo y peso todo lo explican aquí en la tierra. La voz tendía, llegó un instante a separarse de mí, tal vez definitivamente. Pero yo no quería en modo alguno. Pese a estar en sueños, tenía yo cierta conciencia de estar soñando y, en consecuencia, vivo. Pero quien me hablaba era un difunto. Y yo deseaba que me explicase cómo es la muerte. Entonces sentí que me despertaban, "que me atraían de esta parte", y que de ninguna manera pudiera yo resistirme. Pero la percepción de la muerte me vino súbita, como hipostática no era de aquel lugar el tiempo; aquel espacio "se medía" por ideas. Y tal fue la idea de la muerte que la voz me comunicó en una sola, repentina percepción. Éramos los hombres hijos de las estrellas, criaturas de la misma materia orgánica que el resto de las constelaciones. Zoófitos entre el alma y el cuerpo, anfibios entre el tiempo y el espacio. Una galaxia muere de edad al sumergirse dentro de sí, vertiginosamente en el propio "agujero negro" que ella misma como una enfermedad genera. La reversión es instantánea. Estaba y ya no está la constelación, subsumida, deglutida en sí misma. ¿Desaparece o emerge, con la misma fuerza de su masa, en otra dimensión. Así nuestros cuerpos. Se hunden en sí mismos a través del agujero negro de la muerte. Pero ésta no es sino un tránsito. "Camino para el otro". Con la misma potencia y eficacia, limpieza y velocidad que el mar devuelve el náufrago a la superficie, así el alma asciende expulsada por el cuerpo. A presión.
Pero yo no sabía de quién era aquella voz. Me era, insistiré, lejanamente familiar, pero ignoraba a qué cuerpo o a quién perteneciera. Me desperté entonces. En la duermevela, durante esos voluptuosos momentos del desperezamiento, había oído yo que me llamaban anunciándome una visita. Era mi amigo Julián, mi compañero de oficina, que diariamente entraba en tumo de primera hora. Abrí los ojos desde tan lejos y allí estaba él, diligente y madrugador, sonrosadas las mejillas por el frío de la calle, al pie de la cama, envolviéndome con el limpio efluvio de la loción cosmética recién vertida.
No te levantes me dijo. Hemos cerrado la oficina por hoy. El conserje ha muerto.
Luego que me diese tiempo a esfumar mi perplejidad, una certidumbre fue abriéndose paso entre mi confusión. Dudaba yo, aún, pero no tanto para desechar la acuciante sensación de una sospecha creciente. Sí. Entonces fue cuando sentí un leve estremecimiento. La certeza me había venido de improviso. La voz. La voz que yo había percibido en sueños no era otra que la de don José Llorente, conserje finado de mi oficina. Pedí a Julián que, puesto que teníamos todo el día para nosotros por delante, me acompañase a desayunar y luego daríamos un paseo por el parque cuyos árboles comenzaban ya eran finales de febrero a eclosionar sus yemas. De lo acontecido en mis ensoñaciones preferí no decir por el momento nada.

Páginas 1 2 3 Inicio

Versión Imprimible