Dícese
de la Sala Hipóstila, núcleo original de la Mezquita de
Córdoba, que no poseía altar ni mihrab; era tan sólo
un primer bosque de columnas. ¿A qué dios se adoraba aquí,
puesto que ni iglesia ni mezquita era? Es posible que a un dios sin
nombre, sin figura, un dios uno, infinito y eterno. Las columnas, en
tal caso, representarían el sensorio de dios y su utilidad fuera
entonces provocar el concepto -sin principio ni fin- de tal divinidad
unitaria; esto es, perderse, extraviarse en su seno, de manera que a
través del vértigo (pudiéramos deducir) se accediese
al recogimiento interior, y al éxtasis en ocasiones. Ninguna
imagen a la que acudir, ninguna referencia antropomorfa a la que aferrarse,
puro átomo el ser humano en el contínuum del universo,
polarización del dios mismo,...¿existe alguna forma más
abstracta, y por consiguiente menos contaminada, de espiritualidad?
Pero el universo está vivo, se expresa en música y es
por ello reducible sólo a números. Dios se convertía
así (o así era humanamente interpretado) en Geometría
(y de aquí la importancia de la Kábala semita en España,
pues justamente la gemetria es parte elemental de ella).
Hipótesis posteriores (Ignacio Olagüe, La revolución
islámica de Occidente) apuntan a la posible adoración,
en este mismo recinto -algo después llamado Iglesia de San Vicente-
del dios uno, sin nombre ni figura, de nuestros antepasados arrianos.
Ello explicaría un apasionante asunto, de suma relevancia histórica.
A saber, que las primeras noticias acerca del Islam y del Profeta fuesen
debidas a Eulogio de Córdoba, nada menos que un siglo después
del 711. Tales noticias fueron adquiridas por el propio Eulogio (según
él mismo cuenta) en el transcurso de un viaje, en la biblioteca
de Santa María de Leire, donde halló al azar un manuscrito
que relataba la vida de Mahoma (desde la óptica milenarista,
suponemos). ¿Qué clase entonces de Islam había
en Córdoba para que un cordobés hubiese tenido que informarse
del peligro que la nueva religión representaba en un lejano monasterio
del reino de Navarra? La explicación no puede ser otra que el
que el dios uno de los arrianos (fe mayoritaria en España por
entonces, frente a los que defendían la trinidad) era extremadamente
semejante en atributos a la concepción islámica de Dios
(o Al-Lah), cuanto más que -parece ser; las crónicas son
confusas- el credo arriano permitía la poligamia y aun el casamiento
de los clérigos. Hubo así una extrapolación o sincretismo
en virtud del cual el Islam de los pocos árabes que luego llegaron
a Al-Andalus se mantuvo, en un primer momento, camuflado, hasta que
más tarde esta fe -el Islam- fuera considerada una herejía
cristiana, como en tiempo inmediato se consideró.
Pero este sentimiento unitarista pervivió en los chadilíes
y se esparció luego -o más bien reapareció- entre
alumbrados y erasmistas. Se explica así por qué la Mística
española es única, en carácter y profusión,
en toda Europa, ya que su sustrato es distinto. De hecho, podría
establecerse -entre otros muchos- un segmento que, arrancando de Xustari,
llegase, a través de Lulio, a San Juan de la Cruz y aun después
a Miguel de Molinos. Pero, en cualquier caso, esta sucesión tiene
una misma causa y efecto: el monoteísmo ardiente.
El presente libro supone -en opinión de su autor- una modesta
contribución lírica a la identidad misteriosa de dios
de nuestros antepasados, indistintamente adorado por cristianos y musulmanes
en el templo espiritual español más importante de Occidente.
