LA
HUERTA DEL CIELO ES un paraje deshabitado y silvestre que se halla en
el corazón de una vieja ciudad andaluza. Posee en su centro una
encina centenaria, híbrido de ella y de alcornoque, por lo que
crece más hacia arriba que a lo ancho. En tiempos esta almunia
acogió a una comunidad de sufíes, y más tarde fue
un parque de recreo del sultán del penúltimo reino andalusí.
En su flanco sur existe una casa hendida por el rayo, que ha quedado
así, sin muro en un costado y como casa de muñecas, por
los muebles que se ven al interior. Y en el de levante, la casa con
torre que se menciona, con veleta de gallo de viento. Liños de
moreras limitan por otros flancos la finca en barbecho, en cuyo entorno
existen aún árboles moriscos de reposados nombres y gran
copia de pájaros hoy en riesgo de extinción. Hay por ahí,
además, una alberca perdida en el boscaje, seca.
En vista hacia poniente, de izquierda a derecha resaltan el chapitel
del convento de las clarisas, agudo y de mosaicos, dos o tres torres
de la alcazaba, el balcón de siete arcos, mudejar, de un palacio
de sonoro nombre, las torres gemelas, en escorzo, de dicho palacio con
airosa espadaña aneja, una iglesia como catafalco, de popa, bogando
por sobre los tejados, y las cresterías tenues, finas, aguanosas,
de la catedral, a uno de cuyos muros se alza, despótica y robusta,
su fortísima torre: todo contra un cielo que por la mañana
es reverberante de una luz ácida como el limón, y por
las tardes se anaranja hasta pigmentarse de un rojo macizo, hasta el
amoratamiento súbito. Más allá, de poniente a sur,
asoma la línea de cerros, en tumulto de cárcavas ocres.
Y allende aún, por encima de ella en contraste inverosímil,
la cenefa de nieve perpetua de la sierra más alta de la península.
Todo ello aquí se refiere, o está latente. La soledad
y la peculiar belleza de este paraje han infundido en el ánimo
del vecindario una sugestión de leyendas, fábulas y ciertos
rumores, que también se consignan.