La
ciudad de las cúpulas
resulta un libro bien inusual. Y ello, por insertarse en un nuevo contexto
literario: poesía amigable, recitativa, más de siempre
que de grandes ocasiones, por cuanto el autor, sin menoscabo de las
exigencias formales, ha tratado de comunicar aliento y gozo, mensaje
de esplendor y fuerza para cuyo tono pareció oportuno renunciar
al soporte rimado en pro de la elegante severidad del verso libre. La
ciudad de las cúpulas, sublimación de la ciudad de
Úbeda, pretende ser un concierto barroco, cuajado de transparencias
venecianas, donde -a imitación de ciertas telas galantes del
Correggio o el Veronés- la levitación del aire y la luz
sea preludio del milagro y la agonía e insistencia en los mitos
eternos de la raza humana. Es así como la nostalgia de un tiempo
más tentador y dorado -el siglo XV-, de acuerdo al espíritu
renaciente de Úbeda, surge en estas páginas por medio
de imágenes tocadas de pulidez y gentileza, copiosamente sensuales
y vigorosas,-presentes el ubi sunt y el tema del carpe diem,
de fecunda tradición en nuestra lengua-, finura de alma que es
el signo de la gracia y la armonía, la juventud y el encantamiento.