Creo sinceramente que, a estas
alturas del siglo, expirando ya una era y un milenio, y confluyendo además
en este embudo de fin de ciclo histórico toda clase de teorías
y concepciones poéticas, no caben más preceptivas literarias y
sí una estricta confesión acerca de qué es para cada cual
y qué sentido tiene el acto de la creación poética.
No basta, por más que sea real en mi caso, decir que la poesía
es el acto supremo de mi vida. Es para muchos también, y nos lleva por
caminos muy diversos. En consecuencia, habré de manifestar que es un instinto, y entonces es posible que me acerque más a un planteamiento
más concreto. Sí, algo parecido a un instinto migratorio.
Yo albergo la sensación de que determinados episodios de la vida los
tengo ya sabidos, repetidos: leer a un clásico, la contemplación
de ciertos paisajes, la experiencia de algunos sentimientos amorosos. Y tengo,
asimismo, la convicción de que no soy de aquí, de que provengo
de alguna otra parte, de que este cuerpo mío es sólo un préstamo
transitorio. Y tengo, además, la certeza de que he vivido en otro tiempo,
en otros países, de que he habitado en otros cuerpos; pero también
-esto es terrible- siempre he sido el mismo (como quien se asoma a un pozo y
se ve vertical en la proyección de su mirada). Ahora sí es posible
entender que para alguien -yo en este caso- la poesía sea un viaje migratorio.
A semejanza de la cigüeña, criatura que me parece todo un símbolo
poético. Sólo que nosotros no viajamos hacia el Sur, con tal que
llegue el invierno, sino por esta otra geografía espiritual de nuestra
memoria genética y animista. O si se prefiere, a través de las
distintas y remotas dimensiones de nuestro ser. Es decir, es un viaje hacia
ese Sur de donde procedemos, y cuyo recuerdo -siempre latente- de su felicidad
y gozo infinitos nos empaña la vida que vivimos de cierta nostalgia;
cierta nostalgia que también puede traducirse por angustia metafísica.
Viajamos, pues -escribimos-, por instinto; este instinto viene provocado por
la nostalgia. Esta nostalgia es tan intensa que en ocasiones nos somete a un
estado de trance. Es como si las ideas, venidas de no se sabe dónde,
presionaran tanto, pujasen tanto por salir, por tomar forma, que el poeta queda
en una suerte de convalecencia. El poeta es un convalecente de algo que no entiende
ni se entiende. Es un médium. Su función, por tanto, es la de
liberar, mediante un proceso eminentemente estético, el subconsciente
colectivo. Y lo libera con el solo acto de su escritura. Por tanto, para mí,
los lectores vienen después. Son -si se me permite el término-
los invitados a la fiesta. Son deseables porque varias voluntades unidas en
igual sintonía pueden más que una sola, pero no son imprescindibles.
Si para esta anunciación que es la poesía, el poeta ha
de estar solo, el poeta ha de asumir esta soledad como ámbito natural
propio. Así, paradójicamente, será más solidario
con los demás.
Por tanto la poesía supone para mí un hecho sobrenatural y, al
mismo tiempo, paranormal. Sobrenatural porque no depende de mí y paranormal
porque transciende a mi razón. Yo sólo sé que a veces,
no sé por qué asociaciones, me ausento.
Es un rato solamente, en él percibo la idea, es decir la sensación
de algo muy concreto, muy inminente; luego, durante días u horas, ya
no me acuerdo de cuanto vi durante esa ocasional ausencia -que muchas veces
llega durante el sueño-, pero sí me queda su temperatura,
esa atmósfera de la satisfacción que me causó. Es como
si hubieses viajado sobrevolando de noche una ciudad a oscuras, y sólo
recordases el perfil de un palacio o la espesura de un bosque. Es esta temperatura
lo que me hace caer en el estado de trance a que antes me refería, un
estado de languidez muy placentero. Entonces no me cambiaría por nadie.
Me siento absolutamente feliz. Y todas las incomprensiones y servidumbres de
esta vida literaria en época de putrefacción las doy por bien
empeñadas.
Escribí yo hace años -con ocasión de una poética
que me requirieron en 1987- que las notas distintivas para mí de un buen
poema eran la emoción, la cordialidad y el misterio. Me ratifico en cuanto
dije entonces. Al mismo tiempo, ponía énfasis en la unidad de
sonido y sentido, única forma de que el poema no aluda, sino que encame
su sentido (estaba pensando, naturalmente, en San Juan de la Cruz). Ahora pienso
en la grandeza del acto poético. Este es tal que La noche oscura,
siendo tan breve y conteniendo tan pocos vocablos -y tan usuales todos ellos
que los puedes escuchar al azar en un cruce de semáforos-, si tales vocablos
los procesásemos en un ordenador, este ordenador jamás los colocaría
en su orden justo. Aunque su cálculo de posibilidades fuese de un billón.
Es como si estas palabras hubieran estado esperando desde el origen de la historia
del hombre para cristalizar de este modo en una pieza insuperable. Y esto es
precisamente lo hermoso de la creación poética: tienes ante ti
un mar de palabras y, como quien va sobre el puente de una nave, puedes echar
por donde quieras; aunque uno sólo es el camino hacia donde tú
-o la idea- pretendes llegar.
Pero éste al que nos acabamos de referir es un poema alegórico.
Es decir, no dice lo que dice, porque lo que dice es menos de lo que sugiere.
Ésta es la nota distintiva del misterio. Igual para con sus precedentes
inmediatos en la cadena simbólica evolutiva: los romances del conde Arnaldos
y del Prisionero, ambos enormemente platónicos, tradición vehiculada
a través de esa cosa tremenda que es el ciclo artúrico. No me
gusta la poesía real -realista- si no es por la expresión
justa e inmediata del dolor o del amor: las Letanías en este caso
-el poema amoroso más bello, incluso erótico, que existe- o el Libro de Job, o en aquél; pero obsérvese que la intención
de tales obras no era poética, del mismo modo que no puede decirse que
una catedral gótica o una pirámide egipcia sean obras de arte.
Arte y poesía no eran conceptos de ambas épocas.
Pues sí, me gusta Coleridge porque en su albatros representó la
condición humana (como quien habla de otra cosa). Me gusta Dante porque
es un aleph perfecto, el punto de confluencia entre lo de arriba y lo
de abajo, la geometría y la astronomía, el número y la
música. Y Darío porque es el último de los poetas medievales,
aquéllos que concebían la obra poética a imagen del Toisón.
Tras él en pocos poetas me siento. Aleixandre porque es cósmico.
Pero ya no quedan poetas abeja-reina. Ya sólo quedan poetas-abejas obreras,
si acaso algún poeta- abeja nodriza. Yo los respeto a todos, con la misma
intensidad que a mí mismo, porque todos integramos, según nuestras
tendencias o trabajos, esa gran colmena de la poesía en el campo desolado
de este fin de siglo, de era y de milenio. Pero sean cuales fueren estas tendencias,
no debemos olvidar que la gran poesía la han hecho y la hacen solamente
aquéllos que han visto la luz entre la niebla. Los antiguos poetas
para escribir ayunaban y se apartaban. Algunos -los de condición española
y sefardita- se echaban un manto por encima. Porque la poesía es un acto
sagrado (que quiere decir secreto) y su proceso conlleva cierta idea de testimonio
(que igualmente en griego significa martirio). Yo no sé cómo me
atrevo a escribir.
(Texto publicado en la revista "Sin embargo", No. 2. Sevilla-Fuenteheridos,
1995).
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