LA DUCTILIDAD DE LA HIERBA ENTRE LAS GUADAÑAS
Por José Domínguez Hoyos.
Quien quiera leer bien esta novela ha de seguir primero dos recomendaciones evangélicas: la primera de ella es hacerse como niños, que poco saben y todo lo preguntan y la segunda, obedecer y cumplir con una de las obras de la misericordia: enterrar a los muertos. Quien quiera leer bien esta novela ha de hacer como su protagonista, Díez Arellano, ante la pregunta del sargento Pascual: “Mi comandante, ¿qué hacemos con los muertos?.. Pues no podemos llevarlos con nosotros”. “Que tiren de pico y pala los que con más gusto le dan a las pistolas” — responde el comandante Díez Arellano. En esta respuesta ya encontramos parte del aliento que ha inspirado la narración de esta historia: la misericordia unida a un fuerte sentido de la justicia, compensatoria y distributiva. Profundamente desazonado tras el amargo saboreo de los venenosos venablos lanzados por el coronel, el hombre leal se conmueve con la presencia de su Adela. Adela, como tantas limpias mujeres, sabe sacarificar con gestos de consuelo el ánimo del hombre justo. Y el hombre justo y leal, por otra parte, empieza a valorar en sus subordinados no la subordinación, sino la amistad. Sin decirlo, parecen sugerir las líneas de esta novela que la amistad es una ley por encima de Los Estados y Las Banderías. Y, tan ciertamente que lo es: pues siendo verdadera, es ley sin letra menuda ni ocultas cláusulas.
Una de las verdaderas virtudes con las que la voz narrativa y su autor, Antonio Enrique, ha pintado el carácter de Díez Arellano es con la cualidad del sympathos, ese salto imaginativo por el cual llegamos a sentir y hacer nuestros los sentimientos de los otros. El sympathos, es a su vez, una cualidad imantatoria, de ida y vuelta, que hace a las personas muy atrayentes. Quien posee el sympathos en seguida es reconocido, aún desde la distancia o la subordinación, como un igual, un semejante en la palpitación cordial; y apreciado y reverenciado como tal. Son muchas las muestras a lo largo de la novela, muchas las señales desplegadas por los personajes en las que reconocemos el sympathos de Díez Arellano. Incluido el coloquio mantenido con el prelado granadino. El prelado se comporta con la ambigüedad de los levitas y no sé si inclusive como un filisteo despreciable —en todo caso, yo nunca supe muy bien, ni aún en las novelas, de qué modo considerar a los voceros profesionales de Jesús en la Tierra—. El prelado es un hombre que conoce el Terror de los facciosos, pero que teme condenarlo en público. Además, en primera instancia, se niega a prestar un colegio vacío para amparar a las mesnadas que acompañan a Díez Arellano; cede no obstante, ante la insistencia del comandante. En Granada no hubo casi lo que se dice guerra, sino represión y más represión como método de guerra. Y el eco de ese terror impregna las palabras del comandante y el prelado granadino. Díez Arellano parece que lee en su frente las pesadas sílabas de una conciencia onerosa; como si a sus pensamientos las circunstancias les hubiesen atado plomo. El lector, tal vez se pregunte, si las palabras y la actitud del prelado representan por refracción total la postura de la Iglesia Católica en la Guerra Civil; o si tal vez, sea una refracción parcial de ciertos miembros de la misma, como este prelado. A estas secuencias, sucede la descripción del Colegio donde van a asilarse los acompañantes de Díez Arellano. En este sentido, he de decir, que el autor de esta novela no solamente tiene la facultad del epos, del narrar con eficacia, sino también la de saber describir con la misma validez: eficiencia que presta a su personaje. Esta cuidadosa elección de palabras, con las que consigue la precisión, es oficio de poeta. Quien se ha demorado tardes en elegir un adjetivo para rechazar otro, acaba también en la prosa, pintando con palabras de trazos precisos lo que han visto primero sus ojos y desea que el lector mire y contemple desde su mismo ángulo. La misma luz septembrina y opulenta hay en Granada, observa el comandante, pero la ciudad entera está impregnada, como si dijéramos nosotros, —la novela lo dice mejor—por la fuga del subsuelo de tres demonios subterráneos: la delación, el perjurio y la calumnia. Díez Arellano, pues es él mismo el que relata, nos cuenta con prosa de un simbolismo oblicuo, y literariamente muy revelador, las consecuencias inmediatas y los amargos destellos de esa tríada venenosa y soterraña, como fugada del subsuelo granadino, la tríada del Chivatazo, la Falsa Denuncia y la Infamación Dolosa, tríada que no sólo en Granada, ni en la España de la posguerra, sino en cualquier parte donde domine un poder ilegítimo, tratará siempre de rodar a sus anchas y aquél le untará el aceite de la perfidia para que se deslice bien por sus dominios. En el carro de esa tríada repugnante se subirán tipos, que incluso cogerán sus riendas, como los que Díez Arellano y El Tribuna (personaje secundario muy bien trazado) verán en el Café Andaluz. Para el comandante, viendo esa ralea de zafios asesinos, “las escuadras negras”, una cosa terrible le queda clara: la guerra la ganarán los fascistas. Efectivamente, si no hay imaginación, no hay libertad, sino fuerza bruta, cavernaria y carnicera. Así será: la brutalidad perfumada por el humo jerárquico del incienso católico. Qué doble brutalidad: envolver con el sahumerio de los santos El Crimen y la Infamia, sahumar con mirra el Odio y reservarle un lugar destacado en el Tabernáculo; en fin, llevar al altar la perfidia de los brutos, de sátiros del sicariato, deseosos de sangre, todavía en los primeros escalones de la humana evolución. Esas “escuadras negras” en Granada, o esos “arditii”en la Italia de Mussolini: qué hacendosos en sus terroríficos cometidos, qué diestros en disparar a traición. El militar legal no puede estar con ellos, pero tampoco puede estar al lado de un orden republicano, que la misma república desordena. Díez Arellano se encuentra en esa encrucijada de no saber qué lado elegir, en la que suponemos que también se vieron muchos españoles, unos por equidistancia de juicio, como Díez Arellano, otros por miedo, quienes por apego inmediato a sus vidas, quienes por meditada neutralidad... La segunda parte de la novela termina con un diálogo entre Arellano y un superior. Este diálogo cumple narrativamente varias funciones, una de ellas es la de orientar al lector de acontecimientos “históricos”, fuera de Granada; otra la de perfilar por contraste, el carácter y las contradicciones con las que tiene que convivir el militar, ser humano bajo la insidiosa sospecha de sus superiores. El principio de la tercera parte de la novela es una buena muestra de la técnica venatoria de cazar el alma del lector para que no pierda su atención en ella. No la desvelaremos, pero en el ánimo del lector atento, por fuerza literaria y de oficio novelístico, se habrá despertado una ávida curiosidad que quiere saber como se desenvolverá Díez Arellano después de la misión de espionaje que se le ha encargado. La Guerra Civil Española apenas ha dado novelas de espías. Los autores se han centrado más en los aspectos dramáticos de la misma. Lo que hace Antonio Enrique aquí es la de valerse de todas las técnicas narrativas de los distintos géneros novelísticos. Y acierta: recién empezamos a descubrir que la novela posee todas las mañas, industria y pericia de quien conoce muy bien el oficio: la demiurgia artesanal y la ebanística finura de quien sabe, con estilo, que una novela es algo más que el mueble de un carpintero, es algo más que contar una buena historia. Es la convergencia del dominador del oficio, con todas sus técnicas aprendidas y la delicadeza talentosa del estilista. Cuando Díez Arellano llega a Madrid es Nadie. Incluso su sistema olfaciológico ha desaparecido. Ya no puede oler. Este dato hay que considerarlo en clave simbólica y, en relación con la misma guerra y la muerte. En las novelas de Antonio Enrique, el olor en los personajes, el que ellos desprenden y otros sienten, cumple siempre una función dibujadora de las distintas psicologías. Recuérdese en este sentido algún personaje de novelas anteriores de A. Enrique, como “la Luz de la Sangre”. Antes de su llegada a Madrid, en esta tercera parte, se nos ha relatado escenas que recrean muy bien lo que pudo haber sido la vida en esas fronteras confusas y variables que el proceso de la guerra había ido trazando. La alternancia y el paso narrativo de la tercera a la primera persona (la propia voz del comandante) aleja a la novela de toda monotonía. En el ritmo lector el cambio es casi imperceptible, pues se desliza sin brusquedades. Es novela que sin rehuir de los logros novelísticos del pasado siglo, está hecha, no obstante, pensando en sus lectores: lo exige atentos, mas no paranoicos, como suele ocurrir en algunas novelas con presunción de literarias, o vanguardistas, cuando no son más que el deshilachamiento de la impericia de sus autores. Reaparecen ahora personajes de la primera parte, vistos con una nueva luz. Todo ya está planteado en la novela. La cuarta parte sólo puede ser el desenlace. Los mecanismos de la relojería novelística han estado bien engrasados: el número, el compás narrativo, la lógica, la verosimilitud, el retrato que se quiere imparcial de la sangrienta contienda, ni atrasa ni adelanta. Suenan puntuales y ya sólo queremos saber cómo termina la novela. Si verdaderamente esta novela es la narración de un destino completo, como algunos tratadistas definen al género. Lo es: se ha trazado el destino completo de todos y cada uno de sus personajes. Y entre las montañas ariscas de la desesperación aún queda un valle de esperanza. Ahí todavía podrá relinchar, piafar o trotar el caballo blanco del Comandante, lindo caballito de la libertad y de la autarquía, en su sentido etimológico, la libertad del que se gobierna a sí mismo. No cedamos nuestra libertad a quienes van a utilizarla contra nosotros, nadie mande en la inocencia. Es claro que si amamos la vida, hay que apartarse del Caudillaje de la Muerte, del Comisariato de la Parca. Parece decirnos finalmente la novela de Antonio Enrique.
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