LA DUCTILIDAD DE LA  HIERBA ENTRE  LAS GUADAÑAS   

                                                              


(Notas de lectura en torno a Santuario del Odio, novela de Antonio Enrique—Rocaeditorial—).                                                                                        

Por José Domínguez Hoyos.         

                                                   

Quien quiera leer bien esta novela ha de seguir primero dos recomendaciones evangélicas: la primera de ella es hacerse como niños, que poco saben y todo lo preguntan y la segunda, obedecer y cumplir con una de las obras de la misericordia: enterrar a los muertos. Quien quiera leer bien esta novela ha de hacer como su protagonista, Díez Arellano, ante la pregunta del sargento Pascual: “Mi comandante, ¿qué hacemos con los muertos?.. Pues no podemos llevarlos con nosotros”. “Que tiren de pico y pala los que con más gusto le dan a las pistolas” — responde el comandante Díez Arellano. En esta respuesta ya encontramos parte del aliento que ha inspirado la narración de esta historia: la misericordia unida a un fuerte sentido de la justicia, compensatoria y distributiva.
    Yo, al menos, he tenido que hacerlo así para poder leerla con toda la inocencia lectora que requiere una novela sobre nuestra  Guerra Civil. He tenido también que enterrar a mis muertos y he tenido que guardar cualquier pistola, sea siquiera ideológica o retórica. Una vez que  he cumplido con la misericordia de sepultar en mi corazón a mis muertos, que no tuvieron sepultura, sino fosa común y balas fascistas y, una vez que me he hecho como un niño, me he podido entregar a las delicias de la pura narración. Entonces ya he podido disfrutar de todos los placeres del epos, de la acción narrada. El comandante Díez Arellano, como el Pío Eneas, navega por las aguas turbulentas de la guerra civil española como aquél héroe épico por el Mediterráneo, desenvolviendo su sustancia, de tal modo que podríamos afirmar que la Sustancia, la suya, se sobrepone a La Circunstancia. Díaz Arellano posee en grado sumo la virtud de la civil piedad, laica y humana. Su alma no puede estar en una bandería, sino en la esencialidad del género humano por encima de las cruentas estancias circundantes. Como Eneas, es un guerrero, un militar, pero no un fanático adoctrinado. Nada podrá taponar su sensibilidad. El epos, pues, de esta novela y su dialéctica interna surge del roce entre la inmanencia y perennidad  de Díez Arellano, por un lado, y la sevicia fenoménica de la guerra Civil. La transformación de Díez Arellano a lo largo de la novela sólo es posible porque en un principio ya contenía esa esencia transformadora. Es un guerrero sin odio, sin embriaguez ante la sangre, sobrio y no ebrio, en un país y en unas circunstancias impregnadas lamentablemente de una sanguinaria ybris, palabra que lo mismo designa la borrachera, que una soberbia injuriante y afrentosa, como también una virtud militar. El comandante Díez Arellano está alejado de la ybris, como está alejado de la soberbia o de la santificación del odio. Reconoce, como militar que no ha dejado de ser ciudadano, que la causa del enfrentamiento entre la malicia de los ricos y el ardor anímico de los desheredados es la pobreza, pobreza de los pobres y pobreza moral de los ricos, negadores del humano deleite. Interiormente, Díez Arellano, ya conoce lo que le pide la esencialidad de su destino: buscar alas a la inocencia que quiere emanciparse del Terror. El Terror, justificado por la doctrina o la ideología, o sacralizado por la superstición, siempre es el mismo Saturno descabezando a dentelladas sangrientas la cabeza de un hijo inocente del Pueblo, como en esa pintura de Goya, en la que un Saturno escuálido devora a su famélico hijo en un festín de sangre. El Terror de los ahítos o el Terror de los hambrientos siempre conducen a la Tragedia y nunca al bienestar. Pero el comandante Díez Arellano, en Hornachos, pueblo al que llega, observa el bullir de la vida; y como si fuese una epifonema, tras una descripción, una frase breve resume las sugerencias anteriores sobre el fluir de la vida del pueblo: “beben a discreción del mismo vino, sin reparar que el mismo vaso acaba de ser usado (...) por un contrario, potencial rival y enemigo”. Estamos en la primera parte, contada en tercera persona y con voz narrativa omnisciente.
La segunda parte de la novela, en Granada, la cuenta Díez Arellano en primera persona. El comandante llega desorientado y preocupado por el amparo de los que le han acompañado en el accidentado viaje. La ciudad se le figura como devorada por la necrofagia de un mortal silencio; la Gran Vía Granadina como la prolongación casi natural del Cementerio. La ciudad entera como urna cineraria. Nada más llegar recaen sobre él las sospechas. Siempre fue así en los ámbitos militares, el primer delito y, por consiguiente, lo primero que hay que vigilar es el pensamiento, porque el pensamiento mengua la obediencia. Quien no piensa, obedece; quien piensa se rebela: es la máxima militar. Una máxima con sudor de correaje y botas de pasos isócronos que muy a menudo a lo largo de nuestra Historia ha salido de los cuarteles y se ha instalado en el ágora. Nadie ha de pensar, sino dormitar y obedecer. Qué terrible para un pueblo que aún obedece sin saberlo, pues saber que se obedece es haber pensado, saber que no se es libre es la primera alzada de los brazos buscando la libertad. En algún sentido, y pese a las libertades formales, seguimos viviendo en un cuartel, si nuestra obediencia a las Instituciones y sus metrallas, no es una obediencia bien meditada y criada por la reflexión. Esto pienso ahora, fuera de la novela, al recordar el muy significativo diálogo entre Manuel Díez Arellano y su coronel nacionalista. El hombre leal, el ser humano justo, el militar consecuente con el reglamento, que sí ha elegido obedecer, es ahora arrestado por su superior: el militar desleal, cuyas palabras son como el brinco de un cepo sobre la musculatura de una voluntad inocente.    Todo ha cambiado, en la práctica ya no hay ningún reglamento, sino afección o desafección al alzamiento de los militares. Ningún acto heroico, ningún mérito militar, nada vale ya, sino la sumisión al Esqueleto del Poder, se presente éste revestido con galas o con mortaja, o la propia mortaja hecha hábito florido o casaca galoneada.
Este coronel del que el leal Díez Arellano tiene, por fuerza, que escuchar sus resentimientos y sus codiciosas repugnancias, es un aliado de la Muerte, Díez Arellano un adalid de la Vida. Dicho así, a alguien le pudiera parecer que describo cierto maniqueísmo en la escena; sin embargo nada más alejado de ello: se trata de la viva plasticidad de replicadores opósitos dramáticos que la dotan de una lógica muy andariega. De hecho, esta es una de las novelas sobre la guerra Civil de cuantas he leído más alejadas del maniqueísmo. Los personajes despliegan sus distintos puntos de vista según su coherencia interna, no manipulada por manifacerías ideológicas a contrapelo. El diálogo entre uno y otro que aparece en la segunda parte de la novela, suma a la buena fluencia narrativa la crepitación dramática que aviva las páginas de “Santuario del Odio” y facilita al lector una comprensión más instantánea del carácter de su protagonista. Ya no hay confusión, miramos con claridad al ser humano que protagoniza los hechos narrados en la primera parte, entendemos la causalidad de su humanidad operativa, sabemos que sin estar en ningún bando, sus saludos se harán cerca y bajo el estandarte de la misma Vida. El coronel sospecha en Díez Arellano la remolona dilación de quien duda a qué bando ha de unirse una vez estallado el conflicto. ¡Conflicto¡ palabra que etimológicamente significa ‘llorar conjuntamente’. Toda la actividad de Díez Arellano irá encaminada —lo vislumbramos ya— a evitar el llanto de todos para celebrar la alegría de muchos.

Profundamente desazonado tras el amargo saboreo de los venenosos venablos lanzados por el coronel, el hombre leal se conmueve con la presencia de su Adela. Adela, como tantas limpias mujeres, sabe sacarificar con gestos de consuelo el ánimo del hombre justo. Y el hombre justo y leal, por otra parte, empieza a valorar en sus subordinados no la subordinación, sino la amistad. Sin decirlo, parecen sugerir las líneas de esta novela que la amistad es una ley por encima de Los Estados y Las Banderías. Y, tan ciertamente que lo es: pues siendo verdadera, es ley sin letra menuda ni ocultas cláusulas.
Una de las verdaderas virtudes con las que la voz narrativa y su autor, Antonio Enrique, ha pintado el carácter de Díez Arellano es con la cualidad del sympathos, ese salto imaginativo por el cual llegamos a sentir y hacer nuestros los sentimientos de los otros. El sympathos, es a su vez, una cualidad imantatoria, de ida y vuelta, que hace a las personas muy atrayentes. Quien posee el sympathos en seguida es reconocido, aún desde la distancia o la subordinación, como un igual, un semejante en la palpitación cordial; y apreciado y reverenciado como tal. Son muchas las muestras a lo largo de la novela, muchas las señales desplegadas por los personajes en las que reconocemos el sympathos de Díez Arellano. Incluido el coloquio mantenido con el prelado granadino. El prelado se comporta con la ambigüedad de los levitas y no sé si inclusive como un filisteo despreciable —en todo caso, yo nunca supe muy bien, ni aún en las novelas, de qué modo considerar a los  voceros profesionales de Jesús en la Tierra—.
 El prelado es un hombre que conoce el Terror de los facciosos, pero que teme condenarlo en público. Además, en primera instancia, se niega a prestar un colegio vacío para amparar a las mesnadas que acompañan a Díez Arellano; cede no obstante, ante la insistencia del comandante. En Granada no hubo casi lo que se dice guerra, sino represión y más represión como método de guerra. Y el eco de ese terror impregna las palabras del comandante y el prelado granadino. Díez Arellano parece que lee en su frente las pesadas sílabas de una conciencia onerosa; como si a sus pensamientos las circunstancias les hubiesen atado plomo. El lector, tal vez se pregunte, si las palabras y la actitud del prelado representan por refracción total la postura de la Iglesia Católica en la Guerra Civil; o si tal vez, sea una refracción parcial de ciertos miembros de la misma, como este prelado. A estas secuencias, sucede la descripción del Colegio donde van a asilarse los acompañantes de Díez Arellano. En este sentido, he de decir, que el autor de esta novela no solamente tiene la facultad del epos, del narrar con eficacia, sino también la de saber describir con la misma validez: eficiencia que presta a su personaje. Esta cuidadosa elección de palabras, con las que consigue la precisión, es oficio de poeta. Quien se ha demorado tardes en elegir un adjetivo para rechazar otro, acaba también en la prosa, pintando con palabras de trazos precisos lo que han visto primero sus ojos y desea que el lector  mire y  contemple desde su mismo ángulo.
La misma luz septembrina y opulenta hay en Granada, observa el comandante, pero la ciudad entera está impregnada, como si dijéramos nosotros, —la novela lo dice mejor—por la fuga del subsuelo de tres demonios subterráneos: la delación, el perjurio y la calumnia. Díez Arellano, pues es él mismo el que relata, nos cuenta con prosa de un simbolismo oblicuo, y literariamente muy revelador, las consecuencias inmediatas y los amargos destellos de esa tríada venenosa y soterraña, como fugada del subsuelo granadino, la tríada del Chivatazo, la Falsa Denuncia y la Infamación Dolosa, tríada que no sólo en Granada, ni en la España de la posguerra, sino en cualquier parte donde domine un poder ilegítimo,  tratará siempre de  rodar a sus anchas y aquél le untará el aceite de la perfidia para que se deslice bien por sus dominios. En el carro de esa tríada repugnante se subirán tipos, que incluso cogerán sus riendas, como los que  Díez Arellano y El Tribuna (personaje secundario muy bien trazado) verán en el Café Andaluz. Para el comandante, viendo esa ralea de zafios asesinos, “las escuadras negras”, una cosa terrible le queda clara: la guerra la ganarán los fascistas. Efectivamente, si no hay imaginación, no hay libertad, sino fuerza bruta, cavernaria y carnicera. Así será: la brutalidad perfumada por el humo jerárquico del incienso católico. Qué doble brutalidad: envolver con el sahumerio de los santos El Crimen y la Infamia, sahumar con mirra el Odio y reservarle un lugar destacado en el Tabernáculo; en fin, llevar al altar la perfidia de los brutos, de sátiros del sicariato, deseosos de sangre, todavía en los primeros escalones de la humana evolución. Esas “escuadras negras” en Granada, o esos “arditii”en la Italia de Mussolini: qué hacendosos en sus terroríficos cometidos, qué diestros en disparar a traición.
 El militar legal no puede estar con ellos, pero tampoco puede estar al lado de un orden republicano, que la misma república desordena. Díez Arellano se encuentra en esa encrucijada de no saber qué lado elegir, en la que suponemos que también se vieron muchos españoles, unos por equidistancia de juicio, como Díez Arellano, otros por miedo, quienes por apego inmediato a sus vidas, quienes por meditada neutralidad...
La segunda parte de la novela termina con un diálogo entre Arellano y un superior. Este diálogo cumple narrativamente varias funciones, una de ellas es la de orientar al lector de acontecimientos “históricos”, fuera de Granada; otra la de perfilar por contraste, el carácter y las contradicciones con las que tiene que convivir el militar, ser humano bajo la insidiosa sospecha de sus superiores.
El principio de la tercera parte de la novela es una buena muestra de la técnica venatoria de cazar el alma del lector para que no pierda su atención en ella. No la desvelaremos, pero en el ánimo del lector atento, por fuerza literaria y de oficio novelístico, se habrá despertado una ávida curiosidad que quiere saber como se desenvolverá Díez Arellano después de la misión de espionaje que se le ha encargado.
La Guerra Civil Española apenas ha dado novelas de espías. Los autores se han centrado más en los aspectos dramáticos de la misma. Lo que hace Antonio Enrique aquí es la de valerse de todas las técnicas narrativas de los distintos géneros novelísticos. Y acierta: recién empezamos a descubrir que la novela posee todas las mañas, industria y pericia de quien conoce muy bien el oficio: la demiurgia artesanal y la ebanística finura de quien sabe, con estilo, que una novela es algo más que el mueble de un carpintero, es algo más que contar una buena historia. Es la convergencia del dominador del oficio, con todas sus técnicas aprendidas y la delicadeza talentosa del estilista.
Cuando Díez Arellano llega a Madrid es Nadie. Incluso su sistema olfaciológico ha desaparecido. Ya no puede oler. Este dato hay que considerarlo en clave simbólica y, en relación con la misma guerra y la muerte. En las novelas de Antonio Enrique, el olor en los personajes, el que ellos desprenden y otros sienten, cumple siempre una función dibujadora de las distintas psicologías. Recuérdese en este sentido algún personaje de novelas anteriores de A. Enrique, como “la Luz de la Sangre”.    Antes de su llegada a Madrid, en esta tercera parte, se nos ha relatado escenas que recrean muy bien lo que pudo haber sido la vida en esas fronteras confusas y variables que el proceso de la guerra había ido trazando.
La alternancia y el paso narrativo de la tercera a la primera persona (la propia voz del comandante) aleja a la novela de toda monotonía. En el ritmo lector el cambio es casi imperceptible, pues se desliza sin brusquedades. Es  novela que sin rehuir de los logros novelísticos del pasado siglo, está hecha, no obstante, pensando en sus lectores: lo exige atentos, mas no paranoicos, como suele ocurrir en algunas novelas con presunción de literarias, o vanguardistas, cuando no son más que el deshilachamiento de la impericia de sus autores.
Reaparecen ahora personajes de la primera parte, vistos con una nueva luz. Todo ya está planteado en la novela.
La cuarta parte sólo puede ser el desenlace. Los mecanismos de la relojería novelística han estado bien engrasados: el número, el compás narrativo, la lógica, la verosimilitud, el retrato que se quiere imparcial de la sangrienta contienda, ni atrasa ni adelanta. Suenan puntuales y ya sólo queremos saber cómo termina la novela. Si verdaderamente esta novela es la narración de un destino completo, como algunos tratadistas definen al género. Lo es: se ha trazado el destino completo de todos y cada uno de sus personajes. Y entre  las montañas  ariscas de la desesperación aún queda un valle de esperanza. Ahí todavía podrá relinchar, piafar o trotar el caballo blanco del Comandante, lindo caballito de la libertad y de la autarquía, en su sentido etimológico, la libertad del que se gobierna a sí mismo. No cedamos nuestra libertad a quienes van a utilizarla contra nosotros, nadie mande en la inocencia. Es claro que si amamos la vida, hay que apartarse del Caudillaje de la Muerte, del Comisariato de la Parca. Parece decirnos finalmente la novela de Antonio Enrique.