| Granada, como espacio de ficción.
(autobiogrfía incluida en Los suavísimos desiertos)
No había libros en la casa de mis padres. Tampoco en la casa de mis abuelos
matemos, donde yo pasaba la mayor parte del tiempo. Mis abuelos habían
cruzado el frente republicano con sólo lo puesto; aquello fue un 12 de
agosto de 1936, en una camioneta de la que sacaron toallas blancas de las ventanillas,
momentos antes de que los detectaran e hiciesen estallar sus disparos en la
cuesta de las Cabezas, hoy bajo las aguas del pantano del Cubillas. Entraron
en Granada a las diez de la manana, por la Caleta. No había un alma por
las calles, los portales estaban cerrados de ambas hojas y llamaban la atención
los balcones con las persianas corridas.
La casa de mis abuelos estaba cruzando la calle, enfrente misma de aquélla
en la que yo había nacido, en enero de 1953, un diecinueve, domingo.
La calle que había que cruzar era la de Alhóndiga, donde por aquel
tiempo transitaban los tranvías. Por temor a ellos me llevaban de la
mano, no recuerdo quién. Y de esta casa, ubicada en un tercer piso -que
evoco en el libro El sol de las ánimas-, son mis primeros recuerdos conscientes.
La casa donde nací -Hileras, haciendo esquina con Alhóndiga, en
un viejo inmueble que aún existe- era espaciosa, de varias plantas, con
salones que se abrían en raras ocasiones y un desván que daba
a los tejados, donde solían tenderse las sábanas sobre las tejas.
La casa de mis abuelos, por el contrario, un piso angosto, sin otro lujo que
la limpieza y unas varas de nardo los sábados. No había cuadros
y apenas muebles, los indispensables. Mi abuela María Asunción
se levantaba bien temprano, antes que nadie, para tener prendido con astillas
y papel el fogón, una de aquellas cocinas de hierro llamadas económicas,
cuyas arandelas se apartaban con un gancho. En el pasillo, entre la cocina y
la sala de estar, había, a manera de alacena, un armario de nogal con
puertas de vidrio donde cabía casi todo, desde los platos de loza apilados
a lo que fuera a consumirse durante el día, y hasta los postres de carne
de membrillo, junto con otras cosas como el costurero, que era de madera y tenía
una estampa de jardines idílicos sobre la tapa, y se cerraba con chasquido
brusco y seco, de oquedad; en su interior habitaban todos los colores, y entre
las bobinas, el acerico traspasado por alfileres. Mi abuelo Manuel estaba casi
siempre en aquella sala, sentado con una manta sobre los hombros; el que no
la pusiera sobre el regazo como es lo habitual, sino en los hombros, es por
la costumbre que le había quedado de las largas vigilias de guardia en
el frente de Toro, por tierras zamoranas. Los soldados se echaban la manta por
encima y la apoyaban sobre la boca del fusil cogido entre las manos, guareciéndose
del relente; así pasaban las noches, aunque lloviera. Pero mi abuelo,
aunque a la camilla, se sentaba haciendo ángulo con un buró; un
buró de corredera, en el que había numerosos cajoncillos y departamentos
y sobre el que solía disponerse un quinqué de porcelana. Un buró
sirve para escribir. Y éste fue el primer objeto que me vinculó
a la escritura. Lo del quinqué también era un objeto que me agradaba
por su sola presencia escueta y frágil. No servía para nada, puesto
que muy pocas veces lo vi encendido. Luego servía para eso, para estar
ahí; para estar ahí y ser agradable a la mirada. Una mirada que
también servía para tocar de lejos y acariciando, tocar sin tocar.
No me dejaban tocarlo, el quinqué, y además hubiera tenido que
arrimar una silla para llegar a su alcance; subirme a una silla no me dejaban
tampoco, yo era un nino de constitución débil, y temían
que me cayera a cada instante. Había nacido de pie, tras un parto difícil,
con grandes congojas de mi madre. A veces he pensado que mi madre quería
más a mis tres hermanos mayores por esto mismo, porque, si de una parte
se sentía inclinada a protegerme más, de otra pudo quedarle un
rechazo inconsciente, debido al traumático nacimiento. Pero esto lo supe
mucho después, por mi madrina. Ésta, mi tía Carmen, hermana
menor de mi madre, vivía por entonces, de soltera, en aquella casa de
mis abuelos. Ella me lo contó. Como también que nací asfixiado,
y hubieron de reanimarme. Creo que esta circunstancia me ha influido en todo
cuanto después he hecho en la vida. Mi impulso primero, el más
subyacente, ha sido siempre el de huir de la angustia. La escritura es lo que
me ha permitido huir de la angustia, pasando a través de ella.
De manera que bastaba cruzar la calle para cambiar de mundo. Ir del desahogo
a la pobreza, un desahogo relativo, si por tal se entiende que hubiera servidumbre
en la casa donde había nacido, y una pobreza relativa también,
referida a la casa de mis abuelos, puesto que aquella pobreza había que
asociarla a la dignidad, al silencio -los largos periodos de silencio- y a un
cierto sentido de la vida un tanto ritual y ceremonioso, y por así decir
mágico; mágico en cuanto que aquél era un mundo de afectos
y sorpresas. Por ejemplo, yo notaba cosas extrañas, o que a mí
me lo parecían, de entre esa ambigüedad vagarosa que es patrimonio
de la infancia. Así las emociones eran siempre calladas. Mi abuelo y
abuela se querían intensamente, pero no lo manifestaban sino con la mirada
y diciendo alguna palabra que otra, y siempre en un tono tan respetuoso, y por
ello tan elusivo, que en vez de a una cosa parecían referirse a otra
distinta, ellos sabrían exactamente a qué. La mirada de mi abuelo
era de fascinación por su mujer, mucho más joven, levantina de
Elche -él lo era de la parte de Castril de la Peña, casi ya en
tierras de Jaén-, y muy pulida en sus formas porque procedía de
una familia que había sido expoliada de sus negocios, teatro y cafés
conciertos, cuando los motines que precedieron y siguieron a la Sublevación
de julio del 36. Esas palabras sueltas, de una conversación infinita
y sincopada, a las que me refiero podían versar sobre cualquier asunto,
doméstico o no, pero siempre venían antecedidas o cerradas del
nombre. No se hablaban sin nombrarse, y al nombrarse ponían afecto en
cada letra, cambiando la inflexión de lo meramente comunicativo. Esto
es, en aquella casa se nombraba: escribir es nombrar, es poner letra a la música
que nace de adentro; una música que, a su vez, nace de los afectos, o
desafectos. Se llamaban por su nombre a la hora del atardecer, como si ambos
estuvieran pensando en lo mismo y no fuera necesario especificar el contenido,
y casi sólo hacían eso, nombrarse, con esa emoción respetuosa
de la que hablo; a aquella hora sobre todo, y se estaban así, muy juntos
una del otro, cada cual en su asiento, retrasando a posta encender las luces.
Lo evoco en un poema de Viendo caer la tarde, el que empieza precisamente así:
"Se miraban toda la tarde. Estaban / mirándose toda la tarde, /
la una junto al otro, sin hablar". Lo de quererse intensamente no es por
hablar por hablar, porque cuando el abuelo Manuel falleció, María
Asunción estuvo yendo al cementerio varios anos todas las mananas, y
los que trabajaban allí - que ya son gente dura- le sacaban una silla
de tijera, hasta que al fin no lo pudo soportar y se suicidó arrojándose
al pantano del Cubillas. Anos después coincidí con el taxista
que hasta allí le condujo, el cual, persuadido de la edad avanzada de
la senora, la noche y la soledad de aquellos parajes, hizo amago de retirarse,
si bien se limitó a apagar las luces, emboscado entre los muchos pinos
y maleza de la orilla. Temió él lo peor, por la propina insólita.
Quería ella tal vez compensar a la última persona que viera en
este mundo, dejarle un buen así, muy suave en sus maneras, pero resuelta
e imprevisible. En extremo respetuosa hacia quienes no conocía. Me comentó
que no parecía triste, y que no lo dudó. Que fue todo tan rápido
que cuando reaccionó era demasiado tarde.
Pero no había ningún libro, iba diciendo, de los llamados de lectura,
ni en una casa ni en otra; bueno, en la que nací, estaban las Completas
de Dostoyevsky y Hugo Wast, que yo recuerde, así como algún tomo
suelto de autores como Gutiérrez Gamero o Concordia Merrel, pero como
si no estuvieran, porque, además de hallarse en estantes muy altos y
sombríos, no había a qué leer, siendo la vida a mi alrededor
tan interesante, aunque en apariencia no pasaba nada y un día era igual
a otro. Luego después he sabido que en la inmediata posguerra el poseer
demasiados libros podía ser políticamente comprometido, indicativo
de ciertas inclinaciones no del todo acordes a la decencia. Y así muchas
familias se deshicieron de textos no específicamente reglamentados, novelas
sobre todo cuyo argumento pudiera ser lesivo a la rígida moral. Esto
era así, como que no fuese habitual hablar de política. Se escuchaban
los partes radiofónicos en silencio, y jamás se comentaba nada.
En este silencio terco, no obstante, yo captaba cierta animadversión,
puede que por el hecho mismo de su obligado acatamiento. Pero los libros, como
digo, no estaban en nuestras vidas. Entonces, ¿por qué fui yo
escritor, y no he querido ser sino escritor, y volvería a serlo, aunque
me aguardase una penosa vida de anonimato, y hubiese de trabajar, como lo he
hecho, en oficio ajeno, por tal de ser libre en todo cuanto escribiera? Creo
que la circunstancia ya referida de un parto traumático, de pie y con
asfixia que me provocó una hernia, me abrió tal vez una percepción
más aguda de los hechos. Si me retraigo a las reminiscencias semiinconscientes
más remotas, mi sensación no es de abrir los ojos a un mundo extrano
y nuevo, sino la de seguir vivo, tras un paréntesis del que me hubieran
quedado, latentes, algunas intuiciones; como si en lo más profundo de
mí mismo yo hubiera despertado de un sueño nada vacío,
sino poblado, y poblado densamente, de imágenes y situaciones ya conocidas.
Era -debo decirlo- como si algo dentro de mí permaneciese caliente de
un tiempo y lugar que no podía concretar ni identificar, pero que me
eran familiares y casi inmediatos. O para expresarlo de otro modo, no me veía
extensivo en el espacio aquel visible y tangible de mi infancia, sino, por así
decir, vertical en el tiempo, encima de un tiempo otro. Y de hecho yo me iba
mentalmente tan lejos, me ensonaba de tal manera, que bastaba la presión
de mi mismo brazo -sobre el pecho, si estaba acostado- para sobresaltarme, como
si fuese el brazo de otro. Esta capacidad de ensimismarme casi es en mí
automática; me basta con ponerme cómodo, y que no me hablen. Enseguida
siento correr las imágenes e impresiones, en un estado de ánimo
plenamente placentero. Y es que yo siempre tuve la sensación de estar
encastrado en mi cuerpo sólo a medias, como si lo que llaman alma no
hubiese acabado de soldarse, por lo que puedo salir y entrar más fácilmente.
De manera que -ahora lo comprendo- no me hacían falta los libros; es
más, según acabo de sugerir, sentía una vaga resistencia
a ellos, como si algo en mi interior me retrayese: un temor subconsciente tal
vez, como ocurre cuando presentimos que algo es inevitable, por lo que no debemos
adelantar su encuentro. En aquella infancia bastante tenía yo con mirar.
Mirar es un arte inseparable de la abstracción. No se mira un objeto
sino que se siente, el objeto, como un desencadenante de asociaciones visionarias,
porque mirar no es nunca un acto externo ni gratuito ni inocente. Mirar es tragar
con los ojos y deglutir con el estómago de la mente, para que, en su
proceso digestivo, surja la combustión de las ideas. Así pues,
había un cuarto trastero en la casa de mis abuelos, cuyo balcón
daba a la calle Párraga, umbría y poco transitada. Yo pasaba las
tardes enteras aquí, y no hacía nada, sino mirar: mirar la sucesión
de anosos tejados y azoteas que se prolongaba hasta la cúpula de la iglesia
de La Magdalena, chapiteles. Los tejados dejaban crecer tupidas matas que reverdecían
en primavera, y sobre ellos, como casamatas con telarañas, se alzaban
esos desvanes con enseres incomprensibles (cedazos, tenazas, sartenes, percheros,
consolas descabaladas, cuadros contra la pared, colchones con orín) o
se abrían, en la monotonía ocre, las destartaladas azoteas donde
colgaban a veces sábanas, y se veían, muy de largo en largo, las
figurillas negras de quienes llegaban para tenderlas o recogerlas; eso era todo:
nunca nadie a quien distinguir el rostro. La tarde se iba por ahí, como
un agua rosa por el sumidero de las sombras, pero, antes, el cielo se inflamaba
de tal manera que, en su oro batido -del color de los cobres que adornaban algún
rincón de la casa-, sólo destacaban las chispas negras de los
vencejos, como pavesas de aquel incendio; los vencejos que chirriaban como locos
desde las comisas de La Magdalena. Nada más que esto; pero yo sentía
una paz y un -lo diré- calor adentro como sólo después
me ha sobrevenido con el acto de la escritura, y no siempre, sino con ocasión
de algunos poemas especialmente queridos. Por lo que el acto de la escritura
supone para mí un retomo a la placidez de la ensonación; si ésta
no se produce, el poema no me satisface.
Pues bien, la primera vez que abrí un libro conscientemente fue una de
estas tardes en el cuarto trasero. Debía tener cuatro años o así;
lo sé porque recuerdo como iba vestido y coincide con una fotografía
de aquel tiempo, que conservo. Unos días, o semanas, antes, o después,
había yo arrancado a leer de corrido ante mi abuelo, que me había
estado mostrando las letras, pacientemente ante mi falta de reacción.
Creo que fue a partir de entonces cuando le sorprendí una mirada nueva,
entre benevolente y divertida, la mirada que decía: tú y yo nos
entendemos, porque las miradas hablan, por lo que no son necesarias las palabras
cuando se está pensando en una misma cosa. Lo verdadero, en fin, es lo
que no puede verse, y ambos lo sabíamos. Así pues, dispuse el
libro sobre un baúl de flejes, calzado sobre unos benzos, que tenía
un tapete encima. El acto de abrir aquel libro, que insertaba viñetas
antañonas de batallas y paisajes a plumilla, constituyó una especie
de fundación para mi vida. Pues a partir de entonces, y aunque seguí
teniéndoles reticencia, yo supe que bastaba abrir aquellos objetos compuestos
de páginas, con portadas como puertas que no necesitaban llave, para
viajar más allá de aquel horizonte de tejados y desvanes por donde
el sol cada tarde se ponía. Ésta a la que me refiero, el libro
-lo era, anos más tarde localicé un ejemplar, El libro de España,
de la zaragozana editorial Luis Vives, 1957, con nihil obstat e imprimatur del
prelado Casimirus- se abrió por sendas ilustraciones a cada página,
una representando a la Muerte con guadana al borde de un camino, y otra en la
que figuraba un automóvil desvencijado, con un hombre muerto fuera y
dos niños, muy compungidos, asistiéndole. El paisaje, con crucero
al fondo y un árbol raído, pertenecía, según el
texto, al término de Villaquinta de Campos, una aldea de por ahí
por Valladolid. Tengo un poema en El sol de las ánimas donde lo cuento:
"Primera lectura" se titula, porque lo fue. Descubrí que, igual
que podía uno abstraerse asistiendo al teatro aquel de ponerse el sol
en el silencio, como un actor que se suicidara con un puñal en el escenario,
y todo era solemne entonces como que un día se extinguía para
no reaparecer jamás, lo mismo podía conseguirse esa placidez y
calor interior con solo quedar mirando las páginas de un libro. Mirando
digo, porque el acto de desentranar su sentido mediante el desciframiento de
la escritura vino después y ya nunca me abandonaría. A mí
al principio, con los grabados y el olor de las páginas, y su crujido
de galletas partidas, al pasarlas, y su tacto satinado, con todo eso, tan sensorial
y gustoso, tenía bastante.
Entretanto, iba yo despertando a la vida inquietante de fuera de la casa de
mis padres. Mi primera impresión externa, sin embargo, no fue visual,
sino auditiva. Era por la noche, cuando, ya acostado, oía, así
que las calles quedaban desiertas, los pasos rezagados de quienes se encaminaban
a sus hogares. Las pisadas sonaban briosas oapuntalada de cilíndricas
torretas conrecuerdo, precisamente porque no se conocían. La abuela era
indecisas, pero nítidas, cada cual con su ritmo propio; y había
quien se detenía de pronto, con retinir de llaves en el portal, y quien
pasaba de largo; éstos últimos se perdían en la noche,
y aquel repiqueteo de tacones que se resistía a extinguirse, aminorándose
en la distancia, era una convocatoria al misterio, una incitación a los
interrogantes sin respuesta. A veces el sereno los precedía, y lo imaginaba
envuelto en la bufanda, mientras sentía yo el calor de la tibieza bajo
el rebozo de las mantas. Por la mañana, luego, el mundo era al revés:
esa misma calle Hileras, peatonal, que une Alhóndiga con Mesones por
el tramo, en ésta, de una iglesia convertida en tienda de alfombras -más
tarde grandes almacenes, edificio que fue famoso por la supuesta aparición
de fantasmas- rebosaba animación y tráfico de gentes. Pero, entonces,
curiosamente, no se oía nada; y no se oía porque, en aquellas
horas mañaneras, rumores, pregones, voces y pisadas se superponían
asordinándose, tapándose unos a otros, con lo cual descubrí
que no puede haber misterio donde no se da el silencio. Y que en el silencio,
como en el viejo armarito de la casa de los abuelos, se encierran muchas cosas,
heteróclitas, peregrinas, inesperadas: el orden, la limpieza, la música,
tres cosas que habitan en el silencio, precisamente.
Y sí, creo yo que la primera imagen de lo bello, imagen consciente más
o menos, lo fue doméstica. Era la mesa del mediodía, que disponían
para el almuerzo mi madre y su hermana mi tía Carmen, mi madrina. Comer
ya he dicho que en aquella casa de los abuelos más bien era un ritual
de orden y silencio que una necesidad biológica, porque, como en muchas
otras casas de la época, la sobriedad se imponía en aquellas sopas
de aire, tortillas mínimas, preciosamente amarillentas en su escualidez,
y la fruta, desamparada en el plato, con los cubiertos casi intactos, relucientes
por el poco uso, y el vaso de agua, humildísimo, perfecto, pulido. De
manera que aquella limpieza del mantel de lino blanco y la loza blanca, intonsa,
y el cristal, que a lo mejor recogía el halo de luz proveniente del patio
interior, a mí me producía una sensación de descanso, muy
semejante a la del calor, el cosquilleo de las viñetas librescas y el
sol poniéndose por La Magdalena. Un sol que yo creía que se desplazaba
hacia Valencia, por identificarlo con las naranjas, y porque tenía escuchado
que en Valencia era donde mejores mujeres y más riqueza había.
Todo era junto, lo uno me llevaba a lo otro, como también a ese dulce
regodeo de las pisadas nocturnas y el instante previo a los sueños. La
mesa era una delicia. No había flores ni menos esas velitas rizadas que
luego se impusieron, solamente la sopera, la sopera grande, panzuda y blanca,
como una mamá gallina nutriendo, dando de comer a sus polluelos los platos,
blancos también como ella. Y además, ya digo, el silencio, el
lujo del silencio. Solamente a los postres, con aquellas manzana, membrillo
o pera de la estación, alguien, como concertadamente, lo alteraba, decía
algo en voz muy cauta, y ya todo era prisa de preguntas y respuestas en avalancha,
a esa hora de sobremesa en que a los niños se nos permitía ir
y venir a nuestro antojo.
Y así llegó el día en que me sacaron como otras veces,
pero en ésta los ojos los tenía bien abiertos. Y me llevaron a
la vecina, inminente plaza de Bib-Rambla, la de entonces, con sus tenduchos
de flores y sus urinarios profundos, y su fuente en medio, con los gigantones
soportando la concha sobre la que se alzaba aquel temible ser, al que los ojos
no se le distinguían en el mármol, fatal y sobrehumano, un ser
remoto salido de las aguas, que llevaba un tridente amenazante en el puño.
Los gigantones o atlantes más parecían elefantes asiáticos
incorporados sobre las patas traseras, con la trompa vertiendo aquellos chorros
incesantes, al tiempo que al Neptuno, arriba del todo, lo imaginaba yo surcando
las nubes como si no fuera de este mundo, o entre humos de azufre, vapor de
agua, saliendo del mismo infierno. La Bib-Rambla de la época acogía,
en su acera de los viejos tilos, causantes de tanta alergia allá por
junio, a los aguadores que se apostaban a su sombra, con las cantareras en las
vistosas jáquimas de sus burros, tan pacientes y quietecitos. Yo creo
que aquí, en esta especie de zoco, ante tal espectáculo de gentes
y objetos, fue donde aquello que resonaba en mi interior durante las largas
ensonaciones mirando por el balcón del cuarto trastero, esto es cuanto
yo sabía aunque aún no tuviera nombre, se me iluminó en
el vértigo de una concreción imposible de eludir. Y esto que resonaba
en mí es que todo aquello era Granada, no solamente pasaba en Granada.
Y que Granada era cosa especial. Por nacer en Granada ya uno era diferente.
Una ciudad especial aquélla, con trasiego tal de gente provista con aquellos
levitones que pesaban tanto y apenas abrigaban, de gente tocada con aquellos
sombrerazos, sombreros de fieltro y vitola ancha que les ponía cara de
perplejos, un poco como muertos con la sombra dándoles en los ojos fosforescentes,
hasta la mitad de la nariz. Y aquel olor a tilos y estiércol, a crisantemos
y orina. Y aquella cosa, aquella cresta de piedra labrada asomando por sobre
los tejados de la Curia, con la inmensa, levítica torre catedralicia
puesta allí, tan sólida que parecía asentada desde el comienzo
del mundo. La vida venía a ser aquello: unos ofreciendo y otros adquiriendo,
unos hablando y otros escuchando, unos parados y otros moviéndose, mujeres
y niños, ancianos y adolescentes, hombres ricos y hombres pobres; pero
nadie, qué curioso, mirando a nadie, nadie pendiente de eso otro que
no podía verse: qué iban pensando los otros, qué sentían,
quiénes eran. O sea, que mirar la plaza era como abrir un libro; un libro
que al ser abierto dejase escapar voces y olores, gentes y rumor de aguas, balcones
entornados y otra vez azoteas, libro donde también existieran párrafos
poco claros, frases ininteligibles que venían a ser la fuente prodigiosa,
los tilos admirables, las cuatro farolas con garras de grifones, el encofrado
rotundo de la catedral sobre el palacio de la Curia. Aquello era lo importante,
lo que la gente dejaba pasar desapercibido. Y esto, en lo que nadie reparaba,
era lo que, luego supe, se acogía a una especie de casa con muchas ventanas
y puertas, llamada Lenguaje Poético. Una casa desahuciada, porque nadie
o pocos parecían querer entrar en ella.
¡Qué clase, en fin, de ciudad era aquélla, donde una Puerta
mora podía verse, así sin más -el Corral del Carbón-,
entre edificios castellanos tan recientes, siendo que ella era tan antigua,
y donde había una calle que se llamaba (y llama) Arco de las Orejas,
y no existían ni tal arco ni tales orejas en ninguna parte? ¿Cómo
un arco podía ser de las Orejas? Los moros, los moros, musitaba el abuelo.
En el Arco habían colgado orejas desorejadas y, además, la cabeza
descabezada de un jamalajá muy principal, metida en una jaula para escarmiento.
¡Menudas palabras aquellas! Como un cuerpo con sombra, ahora resultaba
que las palabras tenían contrapalabras. Y que la ciudad había
sido mora, pero muy mora. Y así -seguía el abuelo-, ¿ves
tú que vamos pisando el suelo? Pues debajo del suelo sabe Dios qué
habrá. Y sí, porque la casa donde yo había nacido se construyó
con el tesorillo de unas monedas encontrado en el aljibe, adentro de un ánfora
de barro. Muchas casas se habían edificado así. "No hay que
fiarse uno nunca de lo que ve", concluía. Y eso mismo le oí
repetir alguna que otra vez, pero supliendo ver por escuchar, cuando el ronroneante
aparato de radio, "en conexión con todas las emisoras nacionales",
y precedido de una martingala de clarines muy briosa, emitía el "diario
hablado". Él admiraba sobre todos a Pacelli, como llamaba a Pío
XII, con esa admiración tenaz e incomprensible que los militares más
recios han profesado de siempre a los hombres menudillos, que sin embargo mandan
mucho.
El sol, por las mañanas, rielaba en blanco y negro sobre las aceras;
el mundo era en gris, o al menos así lo recuerdo. Había entonces
vendedores ambulantes en la plaza ejerciendo el oficio, con un micrófono
de baquelita pendiente del hombro mediante un tórculo de metal, al que
sujetaban el cable con un esparadrapo. Pregonaban medias de cristal, bolígrafos
recién inventados, plumas inocrón, relojes de Ceuta y pulseras
o esclavinas de oro alemán, más toda suerte de medallas y medallitas
en la marana de los cajetines abiertos. Yo me quedaba embobado con aquellas
inflexiones de sus reclamos, la perfección deíctica de sus peroratas,
maestros todos en el uso de las hipérboles y elusiones, anáforas
que suspendían el ánimo, lítotes que pretendían
lo contrario intencional de lo expuesto, y hasta el virtuosismo de alguno en
lo que después aprendí llamaban los retóricos captatio
benevolentiae. Qué fiesta podía ser esto de hablar sin que te
interrumpieran. Entendí, pero de una manera germinal, tan sólo
intuitiva, que el lenguaje sirve para comunicar, de acuerdo, sí, pero
aún más para infundir emociones, para crear un mundo paralelo;
un mundo que podía ser mentira, pero que a la postre era más verdadero,
o mereciera serlo, aunque sólo fuese por la pasión contagiosa
y la persuasión esforzada que le ponían. Además, en una
esquina de la plaza, junto a un establecimiento de objetos de broma que a mí
me parecía la irrealidad misma, pues del local parecía salir la
risa, como si la risa fuera una cosa viva y la tienda una garganta, estaba el
quiosco Anita, que lo era de baratijas y bisutería, otra alucinación,
pues siendo joyas de mentira aparentaban ser más deseables, por los muchos
que se paraban a preguntar y sopesar.
Anita resulta que había sido mi ama de cría, pero, cosa también
curiosa, pasábamos de largo y, además, como luego supe, no me
reconocía, ni entonces ni más tarde. ¿Cómo podía
ser esto? Dar de mamar, llevar yo su sangre como quien dice, y no saber. Entreví
que había algo oscuro, una herida que no sangra, pero hace dano como
cuando se agarra un catarro al esternón, y que eso se llamaba dolor.
Me he resentido siempre de eso, que a mi madre se le retirase la leche con aquel
parto mío tan difícil, y que quien me amamantó ni siquiera
me mirase cuando pasaba junto a ella. Luego de mayor he reflexionado mucho sobre
la íntima relación entre la leche y las palabras, pues la madre
suele hablar, o cantar, al nino mientras éste le succiona ese fluido
de vida, ese líquido en forma y consistencia del fulgor lunar que es
la leche. Pero es que, además, lo mira, le está mirando a los
ojos, ambos están magnéticamente ligados, hipnóticamente
pendientes, y ahí, entre uno y otra no cabe la desdicha, todo es plenitud,
todo es sosiego. El amor viene a ser una reminiscencia, luego de mayores, de
ese estado perfecto, de ese equilibrio absoluto; buscamos por instinto recobrar
ese estado perfecto, pero, ahora de adultos, mediante el erotismo, sustitutivo
de aquel éxtasis primero. Yo no tuve eso, o al menos no por el procedimiento
de los demás, y debo confesar que tal vez por ello busqué siempre
en las mujeres algo que normalmente no podían darme, o provocarme, ese
estado de plenitud que conjunta palabra y mirada, palabra, mirada y caricia.
Anita me dio el pecho sin amor, esto deduzco, como obligación, y, como
sin amor, me sobresaturaba; es por esto, tal vez también, que siempre
he sentido predilección por el pecho femenino pequeño.
Lo que sí me infundió mi madre, por el contrario, fue un respeto
por las palabras que nunca podré agradecer lo suficiente, pues me corregía
ella la menor impropiedad, el más mínimo desvío; además,
la única forma de que me prestase atención era sorprendiéndole
yo al hablar. Entonces se me quedaba mirando, y me sonreía. Esto para
mí era el calor máximo, por dentro. Si ella sonreía, que
lo hacía bien poco, todo estaba tranquilo, todo estaba como debía
ser. Mi madre, que apenas había seguido los estudios precarios que las
monjas de Niñas Nobles pudieron ofrecerle durante la guerra, hablaba
como luego nunca he visto en nadie, porque no solamente hilaba y graduaba intensivamente
según corría el relato, sino que tenía especial talento,
yo diría que instinto, para las imágenes, que eran garbosas y
coloreadas, y en cuanto a los adjetivos, lo eran de tal precisión que
no daba lugar a las interpretaciones, por mucho que me interesara ya por entonces
acogerme al libre examen. Nunca lo entendí demasiado bien, porque no
la había amamantado sino en las primeras semanas, pero yo la sentía,
y la siento, como madre absolutamente, dentro de mí, y es, debe ser,
por su voz, y por lo que aquella voz decía nada más que para mí,
como si estuviéramos solos en el mundo. Su voz sobre todo, que me parecía
salir de mi mismo cuerpo.
Pero junto a todo eso estaban en Bib-Rambla los aguadores. ¡Los aguadores,
cómo los recuerdo! Los aguadores me causaban la misma fascinación
que los tranviarios, aunque por motivos distintos; éstos abrían
un libro oblongo, pero de metal, y en vez de renglones y vinetas aparecían
unos billetes de color, unos tiques muy finos y livianos; aquello era como un
teclado de papel, del rosa al amarillo y celeste, un teclado que tenía
que ser así de alegre, en consonancia con los tintineos, que accionaba
el tranviario en su cabina pisando un pedal, unos tintineos que sonaban frágiles
y limpios, como las papelinas aquellas tan delgadas y coloreadas. Qué
desconcertante era aquello de ir en tranvía, con la luz de los fanales
mortecinos que parpadeaba y aún se atenuaba más cada cruce de
vías, poniendo como un reflejo de ceniza en los rostros de los usuarios,
de retorno a casa tras un día agotador, cada cual con sus preocupaciones
en silencio. Y entonces sí cobraba realidad esa otra cosa del mundo vinculada
al dolor, al cansancio, a la rutina, a la enfermedad y la opresión en
el pecho: "Prohibido escupir" y "Reservado para caballeros mutilados".
La tisis y la guerra. La penicilina y el formol. A sangre y urea olían
aquellas placas de esmalte blanco, con letras negras, negras de fatiga y de
desidia, negras de fatalidad.
Los aguadores, o azacanes, eran sin embargo cosa aparte. Aquello venía
a constituir, en mi aprensión de niño, un ceremonial extranísimo.
Porque era a media mañana (también luego a la tarde, pero para
mí era por la mañana), cuando unos hombres muy serios se llegaban
a las anguarinas donde estaban las cántaras, envueltas en ramas de juncia
para mantener su frescor, empinaban los vasos, que los eran gruesos y con fimbrias,
y se espetaban su contenido, impasibles, sólo que algunos, no todos,
mirándolos al trasluz (como había observado yo hacían los
mayores, cuando una perilla se fundía), y tras echarse al coleto unos
granos de anís, exactamente igual que mi abuelo con el bicarbonato. Éste,
alguna vez, me había dicho que el agua no era lo mismo, con lo que luego
más tarde entendí ser ésta severa verdad, verdad presocrática
nada menos, aquello de banarse en el mismo río pero no en la misma agua,
igual a todas pero no la misma. De aquí al misterio de la Santísima
Trinidad mediaba un paso, o lo de que un cuadrado fuese a su vez un círculo,
si el radio de éste coincidía con la altura piramidal de aquél.
La de la fuente del Avellano "olía a otoño" y la de
los aljibes de la Alhambra "sabía a sombra". Es decir, que
la de la Alhambra era un agua más sólida, por aquello de que sabía,
mientras que la del Avellano más ligera y fina, más delgada y
por así decir inverosímil, puesto que sólo olía.
Y aquí ahora la hipérbole, el lujo, la literatura en suma. El
aguador, luego de complacido en su sed el bebiente, echaba unos dedos más,
reponiendo el líquido morosamente, como con avaricia. Y esta vez esa
adehala o mandaíco se bebía con mucho paladeo y guino de un ojo
para atinar más su sabor, frescor y consistencia, procedencia, viveza
y cuerpo. Esto es, existía algo por encima de la sed. Y era el lujo de
no tenerla y que, una vez saciada, sirviera sólo de gusto para el paladar
y caricia en la garganta. ¿Y cómo podía ser esto si el
agua es por naturaleza sustancia inocua, como transparente que es, si lo está?
Pues no, el agua alimentaba cuando se ingiere por gusto, por gusto y por conocencia
de sus átomos. Alimentaba otra cosa que no el cuerpo. Algo que estaba
en el cuerpo pero que no era el cuerpo mismo, como cuando con los ojos miras
una cosa que no te vas a comer, pero te gusta verla, y, gustándote, te
complaces y disfrutas. La plaza era lo mismo, un estar con los demás
para regocijo íntimo, aunque los demás parecieran vivir ajenos,
representar su papel maquinalmente de tan aprendido como lo llevaban. Qué
satisfacción mirar, sin que los demás reparen; sólo así
se mira bien, desde la orilla.
¿Qué clase de ciudad era aquélla? La Alhambra, todos
hablaban de la Alhambra. La Alhambra, con el mismo tono que de Dios, la Eternidad,
la Vida o la Muerte; palabras grandes, que no había a qué proferirlas
sin antes algún preámbulo. Pero mi gente, como granadina de siempre,
especialmente la paterna, no veía el momento de llevarme a aquel lugar
que parecía de humo, volutas caprichosas sus torres y murallas, una fantasía
que había que tocarse el cuerpo para convencerte de que no sonabas. Y
la llegada a la Alhambra, al interior de sus palacios, fue como cubrir un viaje
larguísimo, con complicadísimas etapas, pues durante meses eran
los paseos por el bosque, en aquella umbría recorrida de acequias, era
sentarse en las dos glorietas, del Pimiento y del Tomate, resbaladizas si ibas
a beber, y donde, junto a una de ellas, había un ciervo de bronce, y
un hombre intentando doblegar sus astas, y el busto en piedra del Escritor,
frente a un pequeno estanque con aguas sombrías de tantas hojas en su
fondo; el Escritor, el mismo que había hablado de los aguadores de Bib-Rambla
y que se ahogó, tan lejos de España, en unas aguas tan oscuras
como aquéllas de su estanque. Y luego eran -domingos por la mañana-
las visitas al carmen de los Mártires, con sus palmeras y su lago con
la isleta en medio, y después el bosque inglés, en uno de cuyos
cedros, donde había tantos grafitos de enamorados que allí mismo
se apalabraban, a su sombra, había escrito el Poeta. Allí podía
jugarse al escondite, sobre todo en la parte de la gruta artificial, al igual
que en el bosque, lleno de senderillos que conducían a glorietas inesperadas;
jugar era ir descubriendo la vida, y su momento culminante llegaba cuando echábamos
a correr cuesta abajo, hacia la Puerta de las Granadas; era tan pina y larga
que, con abalanzamos, sólo podíamos parar ante la Cruz de Mármol,
apoyando un pie en su pedestal y contrabalanceándonos, evitando así
la inercia. Esto es, jugar allí en los Mártires era como meterte
mismo en un gigantesco tablero de parchís, con cuatro hipérbolas
de las flores de cada estación; partiendo de alguna de ellas se accedía
a su centro, en donde se elevaba un cenador en el que campasen los pavorreales,
arrastrando sus larguísimas colas plisadas, con aquellas crestas diminutas
erectas, tan pulidos y exactos, tan perfectos, o abriéndolas, aquellas
colas, con solemnidad de puertas del Paraíso. Y luego aún más
era, fue, atravesar la Puerta de la Justicia, para alcanzar la Plaza de los
Aljibes, con su quiosco de aguas bien templadas que servían con azucarillos,
y mirar desde el pretil de piedra el Albaicín, tratando de comprender
por qué, desde aquella vista, los mayores lo llamaban "cielo bajo".
De manera que hasta entrar en los palacios podían pasar anos. O llegar
a anciano, deseándolo; una maldición sutil, como la de Aquiles
-los presocráticos otra vez- intentando adelantar a la tortuga. Los granadinos,
esto es cierto, no tenían prisa para nada; o bien en el fondo el palacio
no les importaba, o bien lo temían. Lo temían, y por esto lo retrasaban,
el momento de enfrentarse a la emoción seria, sin nada que se interponga,
que proyecta, e infunde, todo lo bello en grado de sublime. Lo temían,
los más, como asociándola, la belleza, a la locura. Pues belleza
y locura se superponen; se superponen en virtud de la fuerza que ambas llevan
dentro, la misma que al artista y al demente los domina. Yo mismo, sugestionado
por el presentimiento acuciante de que si entraba no podría salir -si
entraba Mexuar adentro-, demoré mi visita un tiempo más, llegándome
mientras tanto, luego ya de adolescente, al Generalife.
Aún así, había algo dentro de mí que pujaba por
salir, de manera incontenible, obsesiva, y de esta manera di comienzo al Poema
de la Alhambra aquel verano de 1972, precisamente por el ciclo -primero de cuatro,
a imagen de las estaciones- dedicado al Generalife; yo tenía diecinueve
anos. Y había escrito hasta tres libros, uno de relatos y dos novelas,
que por fortuna se mantuvieron inéditos. De forma que no pude entrar
en el Palacio antes de calmar aquella efervescencia con sus primeros mil versos
largos. Ésta, cuando llegó, fue sin duda una de las experiencias
más determinantes de mi vida; experiencia estética, pero también
metafisica. Porque allí, ante mis ojos, tuve el paradigma de la belleza,
pero también de la verdad, una verdad que servía para ser y para
estar, para existir, para vivir. Metafisica, además, por cuanto que lo
que a mis ojos se ofrecía era, ante todo, una distribución anómala
-esto es inusual- del Espacio. Anos después lo he sabido con certeza:
que probablemente no exista en el mundo edificio donde el espacio se distribuya
y compense con más habilidad, gracia, ritmo y armonía. Espacio,
en fin, que poseía la enigmática peculiaridad de concentrar el
tiempo, condensarlo materialmente en virtud de sus medidas codificadas mediante
en canon secreto, es decir oculto. Así nació, parejamente, el
Tratado de la Alhambra Hermética, que no era sino la manera de poner
en prosa la explicación sensorial de todo cuanto no cupiera en el lenguaje
poético.
En cuanto a la verdad como atributo estético, no podían ofrecerse
dudas: aquello, todo aquello, era consecuencia de la inversión arquitectónica
-la superestructura más sólida que la infraestructura-, una insurgencia
contra las leyes de la gravedad. A esto se le suele llamar fantasía.
Y era fantástico, pero no dejaba de responder a lo cierto, aquel efecto
provocado por la virtuosa, acrobática casi, disposición de las
masas orquestales del conjunto: una contraposición de estructuras, de
manera que lo más pesado - techumbres, alfarjes, artesones y aleros-,
al apoyarse sobre lo más frágil -fustes, zócalos, maineles,
arcos-, causaba la sensación de estar todo flotando en el aire, flotando
en la ingravidez, tanto más por cuanto todo, a su vez, se reflejaba y
parecía salir del agua. La precisión matemática al servicio
de la ensonación y el júbilo, el gozo, la plenitud de los sentidos.
Aquello, sí, era "gótico invertido", en el mismo axis
de lo visible con lo invisible, lo tangible con lo intocable, como la Torre
de Comares para con su reflejo en el estanque. Entendí así que
la Estética consiste en un proceso de subversión metafísica
frente al Tiempo y Espacio, cuyos límites entre lo uno y lo otro trasciende,
y cuya Energía altera. Y que así como todos poseemos un decurso,
de cuya fatalidad sólo es posible escapar en liza contra nuestras inclinaciones
más castrantes y turbadoras, la Estética podía y debía
ofrecer similar reto, el mismo embate: la superación de lo imposible
presentido. La imposibilidad básica de burlar las leyes que afligen a
la memoria afectiva, las leyes, en suma, que condenan a sentir la vida sin emoción
y sin gracia. Para esto no disponemos más que de la palabra, nosotros
los escritores. La palabra basta para reconstruir el mundo, cuando éste
se nos ofrece, en su fealdad y crueldad, incompatible.
Yo subía a la Alhambra y me estaba allí las horas tomando el sol
en el pórtico norte del Patio de los Arrayanes, y oliendo los mirtos
y cipreses, además de los aromas que desprenden las maderas antiguas,
que crían su resina, y escuchando el agua con los ojos cerrados. Me gusta
escribir por impregnación de los lugares, como Anteo, que cogía
la fuerza de la tierra. En realidad escribía para fijar, y que no se
me olvidara, el gozo de aquellas ensonaciones. Me sentía tan feliz que
quería prolongarlas, y así fluía la escritura. Para mí
la felicidad tiene mucho que ver con el agua y el sol, con la luz que reverbera
en los colores de los frutos, desde la naranja al albaricoque, las cerezas,
las uvas, y los colores allí flameaban desde los mosaicos primorosos.
Aquel gozo me convirtió en un obseso de la calma, en un adicto a la plenitud
de los sentidos. Yo creo que en aquellos raptos sensoriales aprendí más
que en todos los libros. De éstos ya comenzaba a abusar, pero eran como
sustitutos de aquella calma y plenitud ideales. Yo leo para, en cierta forma,
seguir escribiendo, pues mentalmente lo hago mientras voy leyendo. Por eso tengo
contraída una deuda con todos aquellos individuos que tienen el valor
de enfrentarse con una página en blanco. Háganlo mejor o peor,
y superando, tantas veces, situaciones de penuria y angustia personales. El
vértigo de la página en blanco es lo que nos une a todos los escritores,
porque eso, el vacío de la página con las dubitaciones e inquietudes
que provoca, es más fuerte que todas nuestras diferencias. Pero hay que
sentir, metafisica, agónicamente, esa página en blanco, no sin
la conciencia del acto fundacional de la escritura: esa página blanca,
que es para el escritor negra cuando está en blanco, y maravillosamente
blanca, por luminosa, cuando está cubierta de tinta.
La Alhambra, sin yo saberlo, había desencadenado en mí un proceso
imparable y acelerado de ansia por identificar el propio misterio de la vida
circundante que sensorialmente percibía, mediante esos signos, esas grapas
que nos unen a la realidad tangible, que son las letras de la escritura. Seguía
el Poema de la Alhambra, ya en su ciclo de invierno, dedicado a los palacios
nazaríes, pero había algo en mí que me rebasaba. Miraba
yo cada día, al descender de la Alhambra, el cimborrio poderoso, los
dólmenes sagrados de sus contrafuertes, los pináculos del templo
catedralicio desde la perspectiva que apresó Velásquez cuando
en Granada estuvo, ese murallón de piedra en torno al cual las nubes
hacen torbellino. Y así, un día de mayo de 1973, me revestí
de valor, entré en la sacristía y di un escrito al deán,
vicario general por la época. Éste -un senor Pérez Andrés-,
que acababa de oficiar la misa, y andaba despojándose de los manípulos
y la estola, me miró incrédulo de mi impertinencia. Pedía
tres cosas, con prosa que había yo procurado oficialesca: un pase diario
gratuito al templo en horas ajenas al culto, un permiso de pesquisa en los archivos
y demás dependencias inmemorialmente cerradas a los estudiosos, y un
propio -avezado, decía- que me acompanase por ciertos lugares por los
que, a causa del riesgo y la inseguridad de vigas y suelo, muy pocos se han
aventurado, especialmente las cornisas y botareles de la parte alta. Aquel alto
cargo eclesiástico, de quien conservo un grato recuerdo por no haberme
fulminado allí mismo, no me contestó nunca. Pero se me apareció
un ángel en aquel desánimo. Un ángel humano llamado Juan
Alfonso, organista de la catedral, que me acogió con afecto y vino a
decirme que, en punto a libros por escribir, los frailes suelen ser de suyo
recelosos, y que no merecía la pena tanta solicitud y desvelo, que las
cosas son más fáciles de conseguir por el atajo más sencillo.
Y tanto, porque bastó que le dijera a Martín el Campanero -quien
oficiaba de conserje y expendedor de tiques en sus horas libres- que me dejara
pasar, y ahí quedó todo. Estuve yendo durante cinco años,
casi todas las mananas, el tiempo que empleé en las dos primeras redacciones
de La Armónica Montaña. Mis amigos suelen decirme que no he superado
esta obra. ¿Qué había pasado allí?
En la catedral sólo escribía ocasionalmente; tomaba asiento en
cualquier banco de la nave central y sacaba la pluma y unas láminas de
papel bien grandes, pues me las hacía cortar adrede. Prefería
pasear de arriba abajo por el pasillo del centro, así sin parar, veinte,
treinta, las veces que fuera, como un péndulo. Y tengo metido en el oído,
aún todavía, el ruido metálico de mis pasos contra el rastrillo
que da con la cripta. Casi siempre me acompañaba Juan Alfonso García
que ensayaba en la consola del órgano, y sólo en ocasiones el
pintor Iván Pinerúa, que estaba a lo suyo frente a los lienzos,
de modo que de lejos se le veía el cráneo reluciente afanándose
con los vaivenes de los brochazos. Alguna que otra vez vino por sorpresa el
compositor Francisco Guerrero, que vivía en Madrid, y seguimos la tertulia
en algún café de la calle Salamanca. Recuerdo con intensidad la
emoción de aquellos días. El placer de escribir cuando un pintor
está cerca y un músico se adiestra en su instrumento. Hay una
maravillosa energía que se desprende de una misma voluntad creativa y
un estado de ánimo afín.
¿Qué había pasado allí? En realidad, yo estaba dentro
de un cerebro gigante. Esto me parecía aquella inmensa bóveda,
con las circunvalaciones de sus nervaduras y la fisura central del córtex
en el eje que longitudinalmente la recorre. Pero, a la vez, una bóveda
craneana viene a ser -así yo lo sentía- la reproducción
en miniatura del orbe terráqueo, esféricos ambos. Yo estaba adentro
de aquel cerebro cósmico y no podía obrar, actuar, sino como un
pensamiento, un pensamiento con forma de hombre, surgido de esa masa raquídea
de piedra y cal divinamente acompasada a las armónicas medidas del templo.
Un pensamiento yo era y la obra que escribiese esto mismo debía de ser,
una fracción - cada episodio- del espaciotiempo, lo que entendemos por
pulsiones de la memoria profunda, remota, genética. Así pues debía
erigirme en voluntad, voluntad rectora que extrayese esos episodios de la memoria
colectiva almacenados en el gran cerebro que era aquella catedral por dentro.
Una catedral que sólo pudiera convertirse en "montaña armónica"
si acertaba a elevar, o transformar, los números de aquella proporción
en ideas, y éstas en mitos o arquetipos, y éstos en fabulaciones.
Aparecieron de este modo los oceánidas y los hombres-isla, los centauros,
los enanos y gigantes, y tantas otras visiones de razas en clave de "mar
de historias", así como numerosos personajes de la historia y la
leyenda, aquejados de insólitas enfermedades y patologías imaginarias,
embarcados en sucesos extrañísimos, episodios a semejanza de ríos
que fuesen a dar a ese mar de las historias infinitas. De hecho todo cabía
en aquella navegación telúrica, pero sólo si encajaba en
la "proyección total" del discurso. Porque lo que me pareció
evidente es que, si hasta el azar sigue una lógica, por más que
ésta nos sea desconocida, todo cuanto ocurre obedece a un plan de progresión
cósmica, de irradiación de la energía, exacto hasta en
sus errores y retrocesos aparentes. Sólo así el caos era comprensible
(y con ello la sombra del Demiurgo, esto es el problema del mal), por lo que
dejaba de serlo si a cada episodio se lo colocaba donde "debía estar",
se le insertaba en la "serialidad sígnica" que le correspondiese,
dentro de un contexto impuesto por su propia tensión expansiva, algo
así como el eco: entre el enunciado de un episodio y su culminación,
se imponía introducir otros episodios por medio, que a su vez fueran
propulsando el relato general, más bien una dirección en el espacio,
pero la distancia entre el planteamiento y desenlace del suceso debía
ser proporcional a su volumen, a su fuerza narrativa. Porque de lo que se trataba
era de ligar sensaciones análogas en episodios diferentes pero semióticamente
afines, sensaciones cristalizadas en paquetes, paquetes de materia humana, materias
que podían componerse de vértigo y miedos colectivos, de noches
interminables, de catástrofes olvidadas. La impresión general
era de borrachera báquica, en una modulación barroca que sirviese
de contrapeso estético, o de conjuro, a un mundo tocado, llamado a su
fin. A su fin cultural y político, económico y social, como luego
se viera. Muy pocos lo admitieron así, entre ellos Tomás Ramos
Orea, experto en literatura inglesa, que se hizo cargo de los costos de su fijación
definitiva, contratando los servicios de un mecanógrafo al que dicté
el original -mi buen José Manuel Ardid, que trabajaba en Publicaciones
de la Universidad, y allí en el Hospital Real hacía horas extra
por las tardes, un poco a escondidas-, y mis amigos de siempre, los más
permisivos con mis elucubraciones, los poetas José Lupiánez y
Fernando de Villena.
Debía ser todo como un reloj, que aún parado acierta la hora al
menos en dos ocasiones cada día. La acción, constituida en friso
de imágenes y escenas, debía girar ante el lector como una nebulosa
suspendida, que avanza sin parecerlo, tanto en rotación como en traslación
(a semejanza del polvo estelar, que se traslada en el tiempo porque cada átomo
rota sobre sí mismo), y de ahí sus trayectos, o modos en que la
novela puede leerse, tomando como referencia los capítulos o bóvedas,
de que la novela se compone: o bien siguiendo las naves donde se insertan, una
después de otra, linealmente, o bien bordando figuras geométricas
sobre su superficie, hasta completarlas, las bóvedas, todas. Escogí
este último procedimiento, ya que de alguna forma el libro había
de imprimirse, sujetando sus páginas y numerándolas. Pero incluso
la letra había de cambiar según la índole de los fragmentos
o secuencias, a lo que hubo de renunciarse por la excesiva complejidad que entranaba.
Fue una opción, personal en este caso, en la que se dio prioridad a la
cronología en el orden de la escritura, pues en efecto yo la había
ido redactando así, dibujando figuras geométricas sobre la planta
del templo. Sin embargo, como el templo puede recorrerse de cualquier parte
a otra, así el libro puede ser leído en las bóvedas que
lo componen, al margen de la numeración de páginas. Ahora bien,
fuera el procedimiento de lectura el que fuese, la coherencia de la ilación
de fondo obligaba a una narratividad tan elástica y abierta que lo hiciera
posible, un método lo suficientemente gelatinoso que pudiese acoger los
más diferentes tonos y escenas, con lo que la "proyección
total" se hiciese factible.
Qué complicado parece todo esto y no lo es, sólo que acierto a
duras penas a expresarme. Cada bóveda o capítulo debía
contener, de manera más o menos germinal o latente, los episodios contenidos
en las demás, al menos en cada trayecto en donde se insertaban; debía
ser, para entendernos, como una exfoliación holográfica, en la
que todo contiene a todo, sin perder el sentido autónomo de lo que se
ofrece como entidad independiente. Se obedecía así al referido
efecto de eco o resonancia: todo estaba en todo, y lo que figura (o narra) en
una bóveda se ha prefigurado en otra, al tiempo que configura las siguientes.
Éste al menos fue el propósito, en orden a su cohesión.
Pues si no, ¿a son de qué llamar armónica a aquella construcción
narrativa? ¿Cómo si no trasladar a letras la armonía de
aquella montana pétrea, en la que se inspiraba? Me costó diez
años levantarla, contando con sus tres redacciones (última de
ellas la dictada al mecanógrafo), más la corrección final
de galeradas (que no fue un paseo precisamente), y contando también con
los anos en que, entre redacción y redacción, dejé reposar
los sucesivos originales. Salió finalmente en 1986. Yo sabía que
había apostado por un mundo novelístico fuera de las rutas transitadas
de navegación literaria, que para las fechas escoraban hacia un tipo
de realismo cronístico, enteco de cuestionamientos científicos
o metafísicos, un realismo ufano del buen vivir externo que se nos venía
encima y, como tal, desganado de todo ánimo de trascendencia. Parecía
entonces como si la sociedad no tuviera oídos más que para quien
la halagara, narcotizándola en aquella pereza anímica que confiere
la riqueza fácil. Aposté y, pasados veintiocho anos desde que
la comencé (treinta y dos, en el momento que esto transcribo para darlo
a la imprenta), no me he arrepentido, pues también la del esteta debe
ser la máxima senequista de hacer en todo momento lo que ha de hacerse.
Esto sí, con el tiempo me obligaría al ostracismo. Social y literariamente
mi opción había fracasado. Tuve que irme, aprovechando un puesto
de trabajo, como otros muchos companeros de navegación literaria. Y aún
no hemos vuelto y es posible que no volvamos nunca. Qué dolor, amigos,
ese doblarse sobre la tierra según van pasando los anos y ver que esa
tierra no es la tuya. Qué dolor que sea Granada la única ciudad
que describimos, así nombremos una por una todas las del mundo. Sí,
qué estigma, pero qué carisma también, haber nacido en
Granada, habernos nacido Granada. Y el alma no descansa. No me duele el esternón,
ni el pecho se me oprime, así pongo el pie en Granada.
Esa Granada de la que, de pequeño, yo sabía ser un destino el
hecho de nacer en ella. Y no conocía más que lo que podía
ver desde los cristales de un balcón volcado sobre la calle Párraga,
hacia los tejados que dan, sinfónicamente dan, con la cúpula de
La Magdalena. Y aún ni siquiera me habían llevado a Bib-Rambla
donde entendí que la vida difícilmente cabe en un libro, rectangular
como aquella misma plaza. Un libro que huela, y donde se sienta el sol y corra
el agua, para beber lo que no se entiende y mirar lo que no puede decirse: ese
misterio, esa comezón de las gentes que se agitan como las hojas de un
árbol, tristísimo a fuerza de generaciones y años; un árbol
cuyas hojas caen por la única y misma razón de que nacen.
Granada del mar de las historias. Hace exactamente
diez anos (catorce ahora que trascribo el original de este ensayo) que apareció
el cielo de Bagdad, el mismo sobre el que se extendían las alfombras
voladoras de las Mil y una noches, embargado por los misiles que estallaban
como flores letales. Bagdad, cuyos ríos bajaron negros de tinta durante
tres días, después que, en siglos pasados, los mongoles arrojaran
allí los libros de su inmensa biblioteca. Bagdad, cuyo cielo era un libro,
miniado a oro y fantasía, como la misma Alhambra. ¿Y qué
milagro era aquel de la literatura, que no parecía sino que en ese libro
que era el cielo de Bagdad estuvieran cayendo, desgranándose, las lágrimas
de Sherezade? Unas lágrimas con sal de fuego, y metralla y pólvora.
Esto es en Granada un libro, la infinita lágrima de Sherezade. Y ahora
que el mundo vuelve a ser los ojos de aquel anciano afgano, que se los hizo
extirpar para, con el dinero que le daban, salvar la vida de su hijo, comprendemos
que la literatura nunca estuvo lejos de la vida. Es la mirada y los mismos ojos
que la contemplan. La mirada. Y los ojos. |