España, nos vuelve a recordar Américo Castro, surgió no antes del siglo VIII como un conglomerado de las tres castas de creyentes monoteístas: cristianos, moros y judíos. Pero existe un sedimento propio, vinculador y transformador que, sin definir diacrónicamente su identidad concreta, como Sánchez Albornoz pretendía, la orienta, sin embargo, en ordena instintos subyacentes, que tienen mucho que ver con la subsistencia en un territorio duro, seco, estéril. Es la sobriedad como canon moral que trasciende a lo estético, es la impasibilidad, es el irreductismo hacia lo externo; de todo ellos es la fijación en la muerte, nombrada en nuestra literatura bien La blanca, bien La negra, como constituyendo un tablero de ajedrez donde los demás asuntos tejen sus celadas o cazas a las que dar alcance. Sobriedad, impasibilidad e irreductismo que ya están presentes en una de las primeras noticias históricas que se nos transmite de sus pobladores: Es tácito, en efecto, quien, en sus Anales refiere el caso de un nativo de Tiernes que, apresado bajo acusación de homicidio a un pretor, se negó bajo tortura a implicar a otros ciudadanos en el supuesto de conjura que se le achacaba; se le condenó a muerte y, entonces, yendo hacia la ejecución, aprovechó un momento de descuido para, con una piedra que tomó del suelo, romperse Ningún movimiento estético del siglo XX ha tenido su vigencia. En nuestra literatura, al menos dos de sus tres grandes estilistas –Valle y Gabriel Miró- nunca renunciaron a sus supuestos germinales de esplendor formal. Volvieron, en el caso del último mencionado, al “hombre interior”, una especie de autismo antes el acoso externo, una reacción en suma de inconformidad que ya vimos implícita en la obra de Teresa de Avila como exponente más alto de un linaje de literatura en quiebra permanente con la vida, y de que son indicio los tres mil títulos de este género publicados en el Siglo de Oro. El equívoco, pues, de la literatura española reposa en un dilema falso entre lo que se considera español y lo que es español -el escritor español por excelencia- a Cervantes, como prueba de lo que estamos diciendo (en 1939 por ejemplo, en momento de exaltación imperial pleno de resonancias casticistas, llegó a declararse que no merecía el rango de máximo representante de nuestra literatura, propugnándose por el contrario a Lope por ser su obra más acorde a un “pueblo de caballeros”) y, sin embargo, es aserto asumido por propios y extraños que el Quijote (que “no nos ofrece la ejemplaridad oportuna en estos momentos trascendentales de la historia de España”, en opinión de ese mismo señor sin duda coherente con su visión casticista) no pudo escribirse sino donde se escribió y por las circunstancias en las que no es preciso abundar. Sin embargo, el dilema está ahí, presto a evidenciarse por razones habitualmente políticas. En los años 50 y 60, paralelamente a un realismo social de tipo más bien garbancero, surge una novela escorada hacia el “hombre interior” y que de su teórico llamó “metafísica” que no traspasó los niveles del conocimiento público debido en gran manera a la presión en su contre; el caso no es aislado y el hecho de existir por aquellos años otro tipo de novela “fantástica”, cuyo exponente más alto quizás fuera Alvaro Cunqueiro, igualmente postergada, nos indica que la diferencia de norma y dado que ésta no suele imponerse sin aquiescencia del poder constituye en la realidad una heterodoxia, eufemísticamente llamada como se quiera. Ello ha sido tratado con más propiedad por Manuel García Viñó. Naturalmente, y como es preceptivo, si a estos heterodoxos se les ocurriese denunciar las causas sociales y políticas, ajenas a la literatura y en buena parte también al mercado, el sistema ya tiene previsto lo que sus nuevos inquisidores han de argüir, y es el dicterio de “resentidos”, estigma que parece marcado a tizón de hoguera. Ello implica, primero, que ellos han triunfado, segundo que el fracaso –por otra mucho más “lírico” que el éxito- deja de ser un derecho, y tercero que, al omitirse la natural benignidad a que están obligados los “triunfadores”, tal triunfo, caso de ser cierto, no llegaría lejos, sobreviniéndole, tarde o pronto, esa revisión del futuro que en el fondo es una broma pesada de las posteridad. Si, sea por cansancio o por súbita luminosa idea, se prefiere suplir el estigma, puede escogerse también, como recientemente ha ocurrido, el más fiero, contundente y hasta pervertido de “tontilocos”, sin caer en la cuenta que fue dicterio de larga tradición inquisitorial contra los “pobrecitos” judaizantes. |