Es así que, entre un y otro colectivo humanos, castellanos y judíos, en gran medida colaboradores estos últimos de la Corona de Castilla, que tal vez en ello les fuera la tolerancia, elevan su cultura, entre culta y popular, los mozárabes, mudéjares en Castilla y fuertemente semitizados en al-Andalus. Ahí están equidistantes entre la cristiandad y el Islam, mantenedores de una enjundia autóctona que se prolongaba, desde los tiempos hispano-romanos, en la unidad administrativa –nunca política ni religiosa- visigótica. Ellos son, a tenor de las jarchas, los fautores de un tipo de literatura esencialmente vitalista que impone el desarrollo de sus discursos líricos en primera persona. España, que es un concepto en buena parte apoyado en la propia palabra que la designa, y que aparece no antes del siglo XII, es cosa que no se entiende sin esta levadura que proporcionó su tejido conjuntivo a las secciones españolas castellana y andalusí. Y así como expandieron una arquitectura mudéjar en ambos territorios desde los siglos IX al XI (las iglesias mudéjares del sur fueron destruidas por almorávides y almohades), mantuvieron unas señas de identidad literarias apoyadas en el biografismo, bien lírico (jarchas), bien apócrifo (juglaría). La adscripción judaica propugnada por Rosa Lida es tan fehaciente para el caso del Libro de Buen Amor como el influjo castellano defendido por Sánchez Albornoz. Quienquiera fuese su autor, y naciese en una u otra Alcalá –de Henares o la Real-, y se apellidase o no Ruiz de Cisneros, era un mozárabe, fuertemente esto sí semitizado, y como tal más o menos equidistante. Equidistantes los mozárabes entre los judíos, que los llamaban genéricamente “gentuza”, como de los castellanos, cuyos clérigos u hombres de letras vieron en la juglaría una sarta propia de villanos. Claro se está que correspondió a los judíos el olfato cultural de reparar en la jugosa cuanto rara belleza de las jarchas mozárabes, y así en su propio alfabeto hebreo nos las trasmitieron. El equilibrio entre las comunidades castellana y judeo-española devino en persecución, observancia y acoso pertinaces de estos últimos cuando los primeros pudieron prescindir de su aporte ganancial y cultural. Consecuente Castilla con el impulso de señoreamiento sobre tierras conquistadas, idea rectora de su compromiso histórico, llegó un momento que todo colectivo humano diferenciado por sus costumbres estorbaba a su propósito en encubrir la unidad política bajo el pretexto de la uniformidad religiosa. Ello alcanzó en el siglo XV, y en las personas de los monarcas Católicos como no hace falta consignar, pero sí que fue precedido de esa guerra civil entre Isabel y la Beltraneja que en realidad oculta una resistencia, camuflada en el bando de esta última, por parte de la minoría judía, igualmente infravalorada, por causa de sus oficios, principalmente el de recaudadores, por castellanos y mozárabes. Es aquí cuando comienza esa “Edad conflictiva” de la que el saber de Américo Castro tantas y tan brillantes páginas ha deparado. Comienza esta edad conflictiva justamente cuando la Edad Media española, fundada en la tolerancia aprendida por los reyes castellanos del medievo crepuscular en la lectura permisiva del Corán hicieron los andalusíes, acaba: La Celestina, escrita por dos conversos, uno que se fue (Rodrigo de Cota) y otro que se quedó (Fernando de Rojas). Y paradójicamente acababa no ya la Edad Media española (cuyo carácter distintivo en el mundo fue resultante, en orden a su cultura, de las tres religiones monoteístas en territorio peninsular), sino su modernidad cultural pública de índole literaria, que así era gravemente lesionada, pues el género literario que La Celestina abría, tan acorde a las demás literaturas de Occidente, esto es la novela contemporánea a los hechos que se narran, sumida en fórmulas dialogadas –no teatrales-, a imagen de León Hebreo y toda una tradición que desde Bandello alcanza al Aretino, fue cortado de raíz. En adelante, este género potencial habría de acogerse a la fórmula dramática, y en verso por requisitoria inquisitorial, y habrá de aguardar medio siglo para que Lázaro de Tormes, escrita por otro converso, adapte al biografismo apócrifo esa contemporaneidad, y un siglo largo para que otro descendiente de conversos, Cervantes, logre el esquema definitivo de un género que hará fortuna en todo el ámbito occidental primero, y universal después.
Pero es esa tensión, a que antes nos referíamos, entre la honra y deshonra, cuestión que pasó inadvertida a Menéndez y Pelayo, lo que propicia el carácter peculiarísimo y diferenciador con otras literaturas del Siglo de Oro; honra y deshonra en relación a la limpieza de sangre explican las obras más relevantes de la edad dorada de nuestra literatura, porque tal tensión subyace a todas ellas. Del lado castizo, esto es apoyándose en la ortodoxia de la casta dominante, quedaba Lope de Vega, lo suficientemente perspicaz para tener en poco las aclamaciones de sus seguidores cristianos viejos, Calderón de la Barca, más comprometido con el aparato escénico que con la rutina argumental del contenido de sus obras, así como Quevedo, y aún éste atrozmente insatisfecho y crítico, si bien nunca apuntase en sus diatribas ni a las causas ni a los causantes verdaderos de su malestar social y existencial. Del lado de la heterodoxia, esto es apremiados por la esquizofrenia siempre latente, siempre oculta, de haber de aparentar lo que no es, es decir descender de cristianos viejos –cristiandos “de siempre”-, y con ello contribuir a “la mentira legalizada, la mentira con fuerza de ley” en expresión de Américo Castro, aquellos otros que piensan, como en el Quijote se dice
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