El
sol de las ánimas hace referencia a los días últimos
de octubre y primeros de noviembre, época del año a la
que la tradición ha conferido el título genérico
de "sol del membrillo". Poetas de todos los pueblos y edades
han atribuido un doble sentido a estas fechas: de conciliación
con la muerte, quizás por coincidir con las noches más
largas, y de exaltación de la vida, tal vez porque a su partir
el sol inicia su ascensión al trópico de Capricornio.
Por esto se asocia al lirismo elegiaco, al bucolismo, al conceptismo
de corte sentencioso.
El otoño, y en especial este recodo del año, es para la
poesía su estación más acorde, aquélla en
que el poeta vindica su voluntad de belleza ante la fugacidad de matices
de toda vegetación. Es el tiempo de los rumores inasibles, de
los crepúsculos inefables, de los ensueños: el tiempo
exacto para meditar y contemplar. Pero, sobre todo, para recordar.
En este libro, tal temporada es nombrada "la quinta estación",
por participar de todas ellas y no ser en propiedad ninguna, y se la
concibe al tenor de las creencias ancestrales que sitúan, en
el tránsito de sus días y sus noches, el descenso de las
almas amadas de los desaparecidos y ausentes.
Esta tesitura sirve para la elaboración de un libro fundamentalmente
elegiaco, con paisajes de la infancia y rememoración de algunos
seres queridos. Pero lo fundamental es esto: la infancia concebida como
ámbito de libertad absoluta, en donde los recuerdos de reencarnaciones
pasadas, latentes en el instinto, pasan a convertirse en reminiscencias
y certidumbres ahora. Por eso, junto a las estampas de una ciudad provinciana
en la década de los Cincuenta, evocadas con nostalgia inevitable
pero también con desenfado y cierta ironía, se traba conversación
con las almas de los ausentes, en un diálogo que se ha pretendido
amable y no exento de humor.
Este libro, que hace el número doce de la producción en
verso de su autor, es el primero que alude a términos directos
de su propia vida.