Durante
dos mil años un brevísimo documento biográfico
ha sido objeto de miradas ingenuas, desconfiadas, astutas, teológicas,
esotéricas, políticas y sentimentales. Pero los Evangelios
nutren todavía, mediante la concisa elocuencia de sus imágenes,
lecturas extrañas y revelaciones inesperadas.
En la isla de Patmos, el viejo Juan Marcos, desterrado, consume los
últimos días de su vida. Para él ha llegado el
momento de comprender hasta qué punto fue atravesado por la palabra
desnuda de un solo hombre. Pero más allá del desconcertante
sacrificio en la cruz, Juan Marcos medita su doble condición
de escogido. Es el testigo fiel, el que lo ha visto todo, el que rememora
con nostalgia los tiempos que cambiarían la faz del mundo, pero
también es el depositario de un secreto que conmueve la más
secreta de sus visiones y el más radical de sus interrogantes.
Prestando a la voz de la memoria los recursos estilísticos de
una escritura adornada y elocuente, Antonio Enrique adopta los modos
de aquel discípulo amado para compartir sus temblores sagrados
y el peso de un destino que dos mil años después resulta
tan enigmático como el primer día.