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Poema VI Crisálida sagrada (2009)

Poema VII Crisálida sagrada (2009)

Poema X Crisálida sagrada (2009)

LA HIERBA no se la ve... Crisálida sagrada (2009)

El ruiseñor Viendo caer la tarde (2006)

¿A DÓNDE iba esa mujer de negro... Viendo caer la tarde (2006)

EN LA ALBORADA del mundo... Viendo caer la tarde (2006)

ESTOY AQUÍ agonizando... Viendo caer la tarde (2006)

En la batalla Silver shadow (2004)

In the battle Silver shadow (2004)

Oscuridad es el nombre Huerta del cielo (2000)

Áspid, tigre, mariposa El reloj del infierno (1999)

El diablo De Santo Sepulcro (1998)

Un cementerio de coral De Beth Haim (1995)

Estanque con cisnes El sol de las ánimas (1995)

Enamórate De La Quibla (1991)

El acuario De Reino Maya (1990)

Un rayo atraviesa la tormenta De El galeón atormentado (1990)

Por denoche... De Órphica, Segunda Parte: Las columnas del cielo (1984)

Poema al que la emoción no deja concluir De Las lóbregas alturas (1984)

Los caseríos abandonados De La ciudad de las cúpulas (1981)

El ángel detenido ante las fuentes De La blanca emoción (1980)

Madrigal de la blanca y la sagrada De Retablo de luna (1980)

El paradigma de los espejos indescifrables De Poema de la Alhambra (1974)

 

Poema VI

 

¡Alabemos al Dolor!
Él es la salud del alma.
Sin dolor
es muy difícil odiar.
Tomad y comed
porque gracias al dolor
no sois espesos del todo.
Ahí está la mujer más bella del mundo,
la necia lo cree.
Y no tiene ojos sino para quien
lo mismo no piensa.
Y aquí el pavo del corral.
Juntos los dos integran el caos.
Hay mujeres que además de parir
sirven para hacer de la vida
una amable morada para todos.
Y hombres para quienes las mujeres
son algo más que madres.
A éstos y aquéllas
les aguarda un mismo dolor,
una misma culpa.
Y así quienes van
vuelven. Es todo.
Qué se va a hacer, si el tiempo pasa.

 

De Crisálida sagrada (2009)

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Poema VII

 

El dolor, criatura preciosa.
Límpida en su manera de tajar,
certera en cómo parte por dentro.
Enamorémonos del dolor.
Convoquémoslo, asistámosle,
hagámoslo el rey de nuestra vida.
Él es nuestra pasión, él vive dentro
y permanece. ¡Nos es fiel
hasta la muerte, él sí, por fin!
Qué amargura sentir el dolor
y no disfrutar de esa limpieza
de sus filos, de ese tino implacable
que nos hace desvariar y enloquecer.
Sólo el dolor se alza
con júbilo en este mundo.
Sólo él resiste.
Y es bello, como pueda serlo
expirar
tras una vida de errores.
Mira como el dolor galopa
y le falta tierra. Un caballo, una yegua,
el potro que les sigue, no bailan
como el dolor cuando se desboca
hasta los confines.
Y no tiene quien admire ese pasmo
de hacer, con su cuerpo, lo que quiere.
¡Ave, Dolor, iris, lirio,
colibrí!
¡Tú sí vales!

 

De Crisálida sagrada (2009)      

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Poema X

 

La Naturaleza nada tiene que ver
con el dolor.
Por las rocas salió la luna llena.
Su luz de plata estaba en un sitio,
mientras en el otro persistía
el cobre del sol poniente.
Y recordé en Arcila una tarde,
sobre un promontorio.
Mis amigos y yo veíamos
la pleamar coincidiendo con la bajamar.
Marea alta y marea baja
se arrollaban, se acometían
fundiendo espumas, alzando airones.
Miles de ríos se rendían en la orilla,
bajando unos, subiendo otros;
flujo de víboras encendidas,
reflujo de palomas apagadas.
Y aunque al plegar
y desplegarse
impactaban,
colisionando en un mismo torbellino,
allí había orden. Un orden
sideral, no sólo telúrico.
Por principio, en la Naturaleza
no hay dolor,
y hasta la destrucción misma
sirve para construir de nuevo
la imagen de la gloria.
Sólo la ausencia del hombre eleva
lo bello a lo sagrado.

 

De Crisálida sagrada (2009)      

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LA HIERBA no se la ve
crecer en la noche.
Se la oye crujir desde el grano
y expandirse con dolor de la simiente.
Son miles, millones de tallos
emergiendo todos juntos
sobre la grama.
Una acequia está parada
bajo el firmamento.
Se levanta una brisa
y el ruiseñor canta.
A la hora del mundo
en la que todo calla,
él solo está despierto
y canta. Canta de soledad
en el fuego que le arde adentro.
Llegó tan en silencio
que ni pareció percibirlo
el aire. Y ahora
sigue cantando y seguirá
hasta que despunte el día.
Entonces desplegará el vuelo,
Se estará quieto en el aire un punto
y partirá hacia la estrella
que inspiró su trino.

 

Viendo caer la tarde (2006)

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El ruiseñor

 

EL RUISEÑOR qué pequeño
bajo la bóveda estelar completa.
¿Qué es un ruiseñor
a la curvatura de Júpiter, a los aros
de Urano, al peso de Saturno?
¿Cómo sería de diminuto
en la corteza de los astros más remotos?
Y sin embargo él es el eje
del mundo. Él es
el solo despierto
cuando todo lo inerte arriba
y abajo dormita en silencio.
Y sólo existe su amor.
Su amor tan pequeño,
en su cuerpo pequeño,
que resuena lejos y lejos,
más allá que nunca de las estrellas.
Su canto color
de los albaricoques.
En las ramas del árbol estelar,
el ruiseñor canta.
Va cayendo el rocío.

 

Viendo caer la tarde (2006)

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¿A DÓNDE iba esa mujer de negro
tan sola bajo los soportales de la plaza?
A la hora de nadie, y tan de luto,
ella se encamina, vorazmente
sola. Arrastra un capacho
con la cena. La espera nadie
en su casa. Cuando llega
cierra los pestillos, atranca la puerta.
Jadea, se asfixia de tanto ver
las cosas como las dejara.
La luz es débil, sobre la mesa
derrama su enteco fulgor
en la loza. Un vaso con agua
aguarda sus labios marchitos.
Tañe una campana vieja
la hora de los sueños.
La anciana no quiere acostarse.
Está tan desesperada
que no tiene sueño.
Y reclina la cabeza
contra el vacío de sí misma.
Así el suspiro, hondo,
es más sordo aún. De animal
herido, de pantera expulsada,
confinada hasta la dentellada final,
letal, de la soledad, el despecho, la fatiga.

 

Viendo caer la tarde (2006)

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EN LA ALBORADA del mundo
se vio a las mujeres de negro
recorriendo las tumbas que refulgían
al sol del nuevo siglo.
El calor maduraba los pétalos en el aire
de manera que, aunque quieto,
soplaba un ventarrón de nardos;
el viento era una cosa y el aire otra
en el mismo instante.
Y la arena otros tantos miles de ojos
esparcidos por el aire, y mil bocas más
el viento porque estaba bramando.
Hemos llegado al fondo de un mar
sin agua: los barcos hundidos
están a la vista de todos.
Y el hierro sabe más a odio
y la sangre a hierro.
Los cementerios no se distinguen
de las ciudades a vista de los pájaros.
Ya no queda tiempo
para el ultraje de la tierra devastada.
Unos hombres se levantan de las sepulturas,
y no se les ve porque la luz lo impide.
Unos hombres se levantan
y buscan errantes la sombra del homicida.
Hubo perros ahorcados
de los árboles más frondosos;
y hubo otros con apariencia humana
apaleados hasta el desollamiento.
En la alborada del nuevo siglo
nadie canta, nadie esparce
el corazón en un delirio.
Tan sólo mujeres de negro
de un sitio a otro con flores blancas
en las tumbas que refulgen, y son de tierra.

                                   

Viendo caer la tarde (2006)

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ESTOY AQUÍ agonizando
como una ballena.
Sólo que soy su ojo solo
porque no tengo más tamaño.
Una lágrima suya es
al menos tan pesada
como mis dos pulmones.
Yo me voy quedando mudo
y por esto sé que me estoy muriendo.
Las ballenas no paran de gemir
hasta que no están muertas,
pero antes se quedan mudas.
Y me muero porque ya no quedan
océanos que navegar.
Cada aletazo, cada cabezada
es un avance más
hacia el clamor de la devastación.
Y ahora habrá que saber
qué fondo marino me aguarda,
junto a qué pecios de antiguos galeones
o cañoneras de las guerras de occidente.
Ojalá me salgan muchas conchas
por cuya fosforescencia los peces
crean que soy un navío en fiesta.
Qué rutina morir de nuevo.
La ballena, como yo, y como tú,
no tiene ya más
que un poco más de tiempo.
Cuando expire, seguro
que por su sangre en el aire sepan
que en realidad fue
una otra aurora boreal.

 

Viendo caer la tarde (2006)

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En la batalla

 


Quién fuera uno de estos campesinos,
uno de estos vasallos que mueren por vos en la batalla.
Ellos os ven de lejos, brillando en lo alto de la colina
mientras la hierba va amasándose con la sangre
que amamantaron con la leche de sus madres.
Qué dulce, me digo entonces, morir
por quien no se conoce, y es
una luz sobre un caballo, allá en lo alto de la colina.
Mueren sin saber, como vivieron,
y porque la vida, amiga mía,
es tan breve que no da ni para soñar.
Estos mis vasallos mueren en la batalla
y cuando expiran uno tras otro
yo luego querría besaros
con la fuerza última del hálito de todos ellos.
Soy, por ti, así de impío.

 

De Silver shadow (2004)

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In the battle

 


Oh to be one of those peasants,
One of those vassals who die for you in the battle.
They see you in the distance, shining on the hilltop
While the grass mixes with the blood
That they drank with the milk of their mothers.
How sweet, I tell myself, to die
For someone you do not know, and who is
A light on a horse, over there on the hilltop.
They die without knowing, just as they lived,
Because life, my friend,
Is so brief that there is not even time to dream.
Those vassals of mine die in the battle,
And when they expire one after the other
I wanted to kiss you then
With the final strength of their last breath.
For you, I am that ruthless.

 

De Silver shadow (2004)


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OSCURIDAD ES EL NOMBRE

 


Estas tus vértebras del torso,
estos huesos curvos y envolventes
tras la piel que huele a tomillo y seda,
esta indefensión del cuerpo sin nada,
únicamente cuerpo habitado por el resplandor.
Aquí está, y tan inerme, callado y eterno
que morir de un abrazo sería
no morir sino seguir en esta agonía
de vivir siempre en tu ausencia.
Todo está quieto ahora
en la Huerta del cielo.
El cabello te desborda desde arriba
como un torreón hecho de noche, espeso
de los insectos más suntuosos.
Brilla todo en ti, silba en tu figura
un viento que proviene del desierto.
No veo yo más que tus vértebras, esa
copa que te contiene, turbadora
como cumbre a la que diera el sol de repente.
Tú estás aquí o no estuviste nunca.
Pero yo te palpo en esta corteza
de la encina que no conoces,
y te beso, con furia beso
en esta tierra que se me va de las manos.
Termina la noche. La luna da
en la tumba a la que acuden los meteoros.
Un pinzón se desvela y canta
en la espesura de las zarzas y los arándanos.
No hay mañana sin ti, tú
que duermes en las ruinas de mis sueños.
El sol dirá tu nombre, la luz
habitará mi sangre y yo sabré entonces
que la oscuridad es el rostro
de los que amamos en el infierno.

 

De Huerta del cielo (2000)


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ÁSPID, TIGRE, MARIPOSA

 


EN AQUELLOS precipicios y aludes
cunde un olor a carne de espanto.
Pero en el infierno no hay
mortandad, sino el rumor
de una bestia que merodea.
Puede ser un áspid, un tigre,
una mariposa gigante.
Tarde o pronto descubres
que quien merodea
se te acerca.
Tú eres el mal olor aquel.
Lo llevabas contigo
ya al nacer y antes
de nacer. El áspid, el tigre,
la mariposa acechan. Acechan
la muerte que en vida te crecía
y ahora te ocupa por completo.
Somos de la condición de las estrellas
que expiran. En el cementerio
de lava de todos los volcanes
siderales, la carne humana se distingue
por sus ascuas, más rojas, crueles,
inasibles. No más fuimos
que flores de fuego.
Áspid, tigre, mariposa,
la bestia no se abalanza.
Se toma su tiempo,
como dicen de Dios.
El infierno es la amenaza perpetua
de una condena que jamás se cumple.

 

De El reloj del infierno (1999)

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EL DIABLO

 


El mal, cuando imita a Dios,
se convierte en el diablo.
El mal no tiene cerebro, no corazón ni ojos,
carece de sangre a no ser que la suya
sea el hielo de la oscuridad entre los astros.
La maldad es un artrópodo que está arriba
del todo del cosmos, y lo atenaza
suspendido, invisible e invidente.
Respira y en su aliento flotan los planetas.
El mal no pregunta, ofende.
El mal no pregunta, destruye.
Por esto cuando imita a Dios
tan sólo se convierte en el diablo.
También el diablo es el olor de las hogueras
que no pueden verse, y el miedo
que queda en el aire tras que suceda un terremoto.
Es la ciudad devastada y los hombres
que se cuelgan de los árboles, y la tizne y la soga.
No se ve al diablo cuando acaba de pasar.
El mal no se mueve, para qué va a moverse,
si de imitar a Dios le ha quedado
la virtud de estar en todas partes, como una sombra.

 


De Santo Sepulcro (1998)

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CEMENTERIO DE CORAL

 


AL OTRO LADO del mar
en el paraje más desolado de este mundo
se alzan tres mil tumbas.
Es Beth Haim, el cementerio que parece
edificado sobre un meteoro aún humeante.
No pudieron los sefardíes
hallar un lugar más árido en el confín del mundo.
Aquí todo está gravemente muerto
hasta el aire insepulto que no se mueve
y la luz, que es descarnada
como cuando un reo acaba de expirar en el patíbulo.
Es un cementerio de coral
que antes que a los hombres
a los pólipos sirvió de sepulcro.
Dentro del cercado, en su centro
se yergue entre las tumbas un cactus arborescente
y en una de sus esquinas la casa de la muerte
con los ataúdes visibles desde sus rústicas ventanas.
Es peligroso internarse en Beth Haim;
las iguanas no pasan de los muros
y adentro ni maleza hay, ni una brizna de hierba:
tan sólo los fósiles de cráneos coralinos entre túmulos,
tan sólo el cactus arborescente que parece
un galeón remoto, alucinado bajo las algas.
Aquí están los tres mil yacentes,
reos de la pena capital de no ver España.
El calor feroz del trópico
ahúma aún más las osamentas adentro
y afuera las lápidas simulan restos
de ceniza encogida bajo el tórrido sol de las Antillas.
Los yacentes descansan al fin en esta extremidad del mundo,
descansan por fin de la única manera que descansan
los réprobos y fugitivos, los fervientes, los humillados:
dejando que en lo oscuro la luna les dé en los huesos.
Pero noches hay que Beth Haim alarga sus suspiros
hasta el mar fosforescente poblado de medusas
luminosas en la inmensidad de los océanos.
Las olas contestan de lejos, y el resplandor
es entonces tan intenso en el recinto
que los isleños piensan que pasa,
está pasando una lluvia de estrellas bajo el firmamento.

 


De Beth Haim (1995)

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ESTANQUE CON CISNES

 


Cuando yo era niño
tras el ventanal del aula había un estanque,
y en el estanque una pareja de cisnes.
El maestro, un religioso viejo y encogido,
se quedaba dormido en el estrado
o aplicaba la lección a fuerza
de una vara cimbreante de bambú.
Yo me recuerdo así: las manos
sobre el atril y el sol del membrillo iluminándolas.
Eran los días de oro. Los días
tenían puerta donde subirse y caballos
que te llevaban, con sus crines de horas.
¿En qué no nos parecíamos a príncipes?
Por el ventanal entraba el fulgor
y en el fulgor los cuellos blancos
y los ojos negros y los picos rojos.
Don Crispín, cuando dormía, olía a vino
y a vino también olía la caña de bambú.
Se trataba de aprender a leer.
Pero yo entendí que dos cisnes son todo el abecedario
y el estanque todos los libros que caben en este mundo.
Por esto ahora estoy escribiendo este libro,
porque dos cisnes amándose fuera de un aula
es lo más importante que me ha ocurrido desde entonces.
Octubre, mientras tanto, era tan azul
que hasta olía a brea y yodo, de tan cerca del verano.
Sólo más tarde supe que dos cisnes
son dos almas que en la tierra ensayan
lo que va a ser de nosotros luego en los cielos.

 


De El sol de las ánimas (1995)


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ENAMÓRATE

 

 

ENAMÓRATE
de lo que no tiene forma. Mira a tu alrededor:
el palmeral de las columnas.
En algún lugar del bosque de tu vida
estás perdido.
Sólo te tienes a ti
y a tu corazón palpitando.
Te detienes, estás quieto.
Sólo cuando el cuerpo
permanece en pie
es noble visto desde arriba.
Estás quieto y todo en torno
a ti gira.
Dios es este bosque de columnas
que no cesa.
Que hace rumor de su propio extravío.
Dios, como tú, está quieto.
Tan quieto que, mirado,
causa vértigo.
Igual que estas columnas y estas arcadas,
que no tienen principio ni fin.
Estás perdido, pero navegas
por el sensorio de Dios.
Pisando la quibla
a un lado y otro tuyo
se abre la marea celeste.
Empiezas a estar en el centro
cuando la ebriedad de lo infinito
despierta en ti y suavemente te acomete.
Enamórate de lo que no tiene forma.
Perdiéndote en la geometría de Dios
encuentras que toda recta
confluye en un punto
que se curva y que vuelve.
Dios se siente en el mihrab.
Es un rumor bajo la cúpula.
Es un espejo de mármol
que te mira y está vivo.
Te enamorarás
de lo que no tiene forma.

 


De La Quibla (1991)

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EL ACUARIO

 


¿No lo habéis oído? ¿No habéis oído aún
su gran rumor esparciéndose desde lo alto,
abriéndose paso en el corazón de las gentes?
Es el Acuario que sobre las ciudades vuela,
sobre los mares, sobre las frentes pasa
de todas las criaturas.
Miradlo pasar, y cómo el viejo mundo
se estremece bajo el Águila de la nueva Era.
Como un meteoro llega del espacio infinito,
las playas siderales donde las estrellas
almas fueron antes de encarnarse.
Y como una proa, su pecho quebranta el hielo
en que los humanos dimos en convertimos.
Blanco, ingrávido, incandescente.
Celeste, perfecto, inconmovible.
Paso al Águila, ¡paso al Águila del Espíritu!
Él es el perfume de luz que suena v que se toca.
Él el Vértigo Absoluto, la Locura Solemne,
el Ánfora que se quiebra de tan llena.
Él anuncia el reino de los mansos, y dice:
"se acabó ya vivir hiriendo".
No más insignia la suya que el arcoiris,
ni más moneda que la paz.
Vuela, el Acuario está volando
sobre nuestro viejo mundo ahora.
Sentidlo, asentidlo. Vividlo.
Su música es tan verdadera que al pasar
vibrando deja las cuerdas del cuerpo adentro.
No le miréis, echaos a un lado.
Porque cuanto más silencio en la noche hay
es que Él está pasando, acelerando el vuelo.
No se mueva nadie. Nadie tema
Ni se acongoje nadie.
Acuario Santo:
Tú que has venido a mostramos
que por la sangre del hombre navega el cosmos.
Y que somos un pueblo único
esparcido por toda la galaxia.
¿No lo oís, aún no lo habéis oído?
Y es que este rumor es sólo el de su sombra.
La sombra de sus alas y de sus garras
antes de posarse sobre la Tierra.

 


De Reino Maya (1990)


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UN RAYO ATRAVIESA LA TORMENTA

 


Ahí llega el gran duque
en medio de la jauría resonante
como un ejército. Ahí va el gran duque
blanco bajo el bonete, altivo de capa blanca
que le ondea como un invierno en medio de los paños
rojos de sus cortesanos. Lebreles y podencos fueron primero,
que luego mastines y galgos, los sabuesos saltaron la zanja.
Alzara el gran duque el brazo entonces, y comenzó el temblor
y comenzó el silencio. Ahora era el ojeo, después la captura:
los alces y antílopes, los ciervos, venados y gamos ya pasaron
mirando atrás, mórbidos, tibios de pescuezo y ancas
que encogían tratando de llegar más pronto donde fuese;
los alces y antílopes, los ciervos, venados y gamos dejando
de sus fauces caer puñaditos con yerba que ya jamás rumiarían.
Luego vendrían las liebres guiñando al aire, probándolo
como si agua fuese, no sabiendo a dónde dirigir sus huellas.
El silencio sobrevino entonces, el silencio que a todo conquistador
precede. ¡Ni un suspiro en el bosque antes que el estertor llegase!
Los mastines y galgos, los podencos y lebreles: los pájaros que miran
y callan, un armiño, un castor, una ardilla, solitarios, gemidores.
Ya está el aire henchido, aquí está el príncipe sobresaliendo
de sus olifantes, como cara de moneda entre trompetas.
Y no hay ya más que el vientecillo que quedó de los que huyeron.
Pudiera venir el mar, pudiera ser un terremoto. Y sin embargo
fustiga el gran duque el palafrén que furioso caracolea,
y sobre la cresta de tanto arreo sólo el caracol luce
de su único ojo sanguinolento, que ahí llega,
que aquí está. Os mira. Y de largo sigue
pues no erais vosotros aún la presa.
María Celeste que adelante en el corcel iba
aprieta más tus brazos, caballero, entorno a su cintura.
Y ved que llega ahora la noche enferma de hondos luceros
que en lo hondo no son sino calosfríos. Desdicha
grande que hasta en el amor esté la muerte.

 


De El galeón atormentado (1990)


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POR DE NOCHE

 

 

Por de noche, cuando mayor es la fragancia, vino
un ángel a decirme que había llegado a la región
de los muertos. A esa hora augusta, en que al tiempo
le nacen venas en su frente temblorosa, vine
a saber que ya había despertado, que estaba
en mí viviente y convertido en príncipe de luz,
estatua de olvido, soledad libre esparcida por los países
de lo alto. Como columnas de fuego vi a lo lejos erigirse
los umbrales del reino, las puertas del paraíso,
temblorosa sed de vértigos los abismos que brillaban
en torno al alma suplicante. Flotaban las aves entre la Luna,
y así vine a saberme incorpórea, delicada y amante,
escintilación pura en un bosque de nieve hiperreal y divina.
Desde ahora moro al otro lado del silencio y mis esquinas
son tan grandes como el color azul de un día encendido
y tan angostas y elevadas como las de un ciprés en los jardines
de la Tierra. Aquí, en esta aérea catedral de júbilos y pámpanos,
de enramadas que crecen hacia los fustes de cánticos y aromas
de asombro, entre los mundos como ánforas de maravilla
navegando sobre los vinos y ambrosías del infinito,
sentado, ocurrente y solo, voy a pensar. Voy a sentir el firmamento
en mis venas que te esperan, oh tú engalanada joya,
más altiva que una corona con resplandores siderales.

 


De Órphica (1984)


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POEMA AL QUE LA EMOCIÓN
NO DEJA CONCLUIR

 

 

Este dolor
con forma de esfera, este
dolor con forma de esfera irradiante,
este dolor redondo
que sin embargo me restituye la vida,
este dolor de estar soñando y seguir
en pie, que me horada y ahonda, necesario,
aniquilante y hermosísimo, este dolor
es amor.

Es amor tan humano y tan real
que sigo acariciándote aun no saberlo tú,
ni estar aquí, ni poder estarlo nunca.
Feliz, oh qué felices las horas,
cuando sé que algo al fin nos une,
aunque sólo sea el tiempo
en que nuestras almas siguen destruyéndose.
Difícil reconocer que un momento de amor
contigo justificaría el resto de mis días
sin más amor que el calor de tu recuerdo. Difícil,
humillante reconocer que te amo,
y seguir viviendo. Que te amo tanto
que hasta escribir este poema me fatiga.
Humana condición quererte aunque yo no quiera.
Horroroso sufrimiento no tener más remedio que amarte
porque tú eras la de mejor corazón, la más bella y fecunda,
la más inconsciente de sus dones, la más clara
y amable en un mundo, debo decirlo, sin corazón
ni belleza.

Humana condición, horroroso sufrimiento
sentir mis manos ardiendo de no poder tomarte,
mi cuerpo que tiembla todo temeroso a tu acecho,
arder y no morir, ¡arder y seguir viviendo!,
sentir que mis ojos no se gozan de las flores y los frutos,
las nevadas y los niños, las aguas haciendo iris en las espumas,
porque mis ojos te ven. Te siguen. ¡No son míos!
Tanta hermosura parece la muerte, me digo adivinándote
cuando a la noche siento el alma embrutecida de tristeza
y oigo en mí gañir la fiebre, el hastío, el despecho,
el fracaso. Necesario pues escribirlo. Escribir, despacio:
No puedo más, amiga. No. Puedo. Iré a ti
en silencio y reclinaré mi cabeza humildemente
sobre tu hombro. Y será entonces el momento de decir:
Ay, corazón, no hables más. ¡No sigas queriéndola así!

 

 

De Las lóbregas alturas (1984)

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PASEO BAJO LOS QUITASOLES
POR EL NILO

 

 

Hay un momento que las aguas hierven
al paso de la hija del Faraón. Al
paso de la hija del Faraón,
cunde un estremecimiento
por la pompa vegetal de las riberas.
¿Por qué los pájaros callaban? ¿por qué
los peces cantores su gloria de alabastro
suspendían sobre el aire, por qué hasta los juncos
han sustraído su memoria de fragante elocuencia?
No puede la brisa con tanto ojo de libélula
brilladora, de insecto extraño que habita en las pirámides.
Al paso de la hija del Faraón, al aire
le sale una cadera redonda y a la luz una orgía
de cerezas, un pasmo sonoro de ópalos. Ved
cómo le cantan los ibis en la cintura, cómo el Nilo
de sexo a frente culebrea, ved cómo oh sí
Versalles suelta el palio del asombro
sobre sus miembros que parecen retumbar, si se para;
retumbar como un templo su cuerpo que al dolor mismo
acuchilla: su cuerpo que a las sombras deshace.
Ya sólo se sabe que el sol achicharra,
porque su corazón anda cerca. Y hay bullicio
de cuerpos que se postran en sacra posición
de los escarabajos, cuando la brisa lleva el rumor
de esa rama con albaricoques que su talle es, si se mueve.
Hija del Faraón: pues cuantas veces por los atrios
en palacio se te vio, relucías, será
que en tu pecho tú prendiste el sándalo
de un hijo: más pudieran tus ingles entonces
que un valle nevado de lotos, y los labios tuyos
que un tapiz de cisnes perpetuos. Al paso,
pues, de la hija del Faraón, cómo las aguas
ya no pueden de hervor alcanzadas en su júbilo.
La luz se hace el ámbito de tu regazo
verde de verde comba, la luz entre los flabelos
que el aire pueblan de exóticos trinos de selva.
Los esclavos y las siervas, las gaditanas bailarinas
y ebúrneas etíopes, los efebos de Creta y las lésbicas
hembras de Paros y Corinto, al paso de la Hija
del Faraón con el eros languidecen de la adoración
sin límite. Mediodía, mediodía es y el sol amaneciendo,
pues que un niño las aguas quiebra al esplendor
de la Hija del Faraón pasando por el valle.


Moisés salvado de las aguas,
VERONES (1528-1588)

 

 

De Los cuerpos gloriosos (1982)


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LOS CASERÍOS ABANDONADOS

 


Aquí llegamos a las ermitas perdidas por el bosque.
A los caseríos gigantescos abandonados en la vega.
¿Quién hay aquí? ¿Hay alguien aquí? Oh cuánta
presencia de humanidad ida. Cuánta vejez
de lo que ha sido. Cuánta tristeza en la soledad del aire.
Todo está inquieto, pero inmóvil. Sí, todo está
encantado, ¡y los pájaros cantando a las ruinas!
Estas aldabas, ¿quién por última vez las tañó?
Estas puertas, medio caídas ya, ¿no lo están acaso
por el ansia de la mano que nunca llega? Ahí
en los campos hay ortigas, jaramagos, piedras
adustas que simulan tumbas etruscas esparcidas.
Ahí fuera están los corrales desiertos, como campo
de ahorcados. Y los muros son negros, como los siglos
son negros en Bolonia y Brujas, en Tolosa y Gante,
en Burgos, en Compostela. Oh cuánta meditación. Qué vivo
y habitado todo. Qué plenitud la del recuerdo. Más
adentro el santuario, todo está saqueado:
profanados de olvido los altares, las estatuas,
cándidas y toscas, carcomidas; las velas
a medio consumir, los lienzos a medio caer. Y más
los caseríos: aquí es el reino de la penumbra;
la nostalgia manda, el tiempo está sepultado.
Y miro esos huertos inacabables, derruidos los jarrones
de yeso que en otro tiempo contuvieron las dalias
de la concordia, los husmos perdiéndose en la pagana,
frondosa umbría de las higueras, parras y cerezos.
Hay inscripciones en las paredes (como si un loco
hubiera estado preso aquí: no son obscenas,
sí doloridas). La ingrávida decrepitud de los establos,
las vigas desgajadas, las bodegas, la almazara, el lagar,
las escaleras que no conducen sino al dulce abandono
de alcobas que fueron un canto en su día, (porque
el tiempo no ha podido con el perfume de los cuerpos
que soñaban, ni el olvido con el resto de abrazos y caricias).
Y llego así a una estancia. (Impresiona pensar
que esperaba un poema para acabar de hundirse). Grande
es y parece lujosa, con la imponente suntuosidad
de lo sobrio y contenido, lo patriarcal y sereno.
¿Por qué siento aquí la historia de mi vida?
El hogar está aventado. Dos ventanas, una
frente a otra, están al fondo de los huecos. La tarde
inesperadamente flamea, sus oros alumbrando las páginas
de esta historia. Tomo asiento. Las golondrinas chirrían
hasta el paroxismo, saliendo y entrando: ¿es el terror
a la noche, el sol que se les va como un hijo divino?
El malva grisea; un gris maravilloso, como la estela
que en los estanques queda al pasar los ánades viejos
de Europa... Ya todo acabó. Puedo tirar la tristeza. En mayo
y en San Bartolomé de Jaén, sólo hay ecos. Estas
estancias diapasón fueron de alegrías tumultuosas.
Y tanto polvo no puede ocultar las sedas de Flandes, los encajes
de Venecia de las hijas (¿fueron siete, fueron más?),
que desde la torre-palomar tendían este otro
amaranto lubricán del clavecín abriéndose
en la tarde. Ya todo está perdido. Donna
Fugatta sigue corriendo por las sombrías galerías.
Ya todo está perdido, amigos míos. Y sólo
unos niños juegan a lo lejos (hasta mí
llegan sus gritos), cogiendo moras por las cañadas.

 


De La ciudad de las cúpulas (1980)

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EL ÁNGEL
DETENIDO ANTE LAS FUENTES

 


Blancos los árboles son de noche en primavera.
Blancos son y tienen alma. La brisa árbol es
y la luna su fruto. Oh cuando es de noche
y cantan las estrellas. Todo en caricia
se convierte. Y el ciprés habla al agua.
Y el ciprés a la nube mira. Y hasta el polvo
alma lleva. Umbrío, el jardín del universo
te susurra, ¡dios mío de paz!, hálito que los montes
cubres con la unión definitiva de tus cánticos.

Alfombra sideral, el vértigo es tu pecho
dormido en la distancia. Brillo es pálpito
de Corazón erguido. El Tiempo tu sangre que alza,
si detenida, y ahoga si canta y cubre las montañas.

Tapiz corporal, la flor es tu sexo,
sublime albor de los árboles en calma.
Y escondido el pájaro tus ojos que de amor
resuenan. Soberana calma celeste luz
en ángel detenida. Fulgente ángel virgen de luz
sobre las fuentes. Jardín el universo que le lleva,
el angélico adonis parece una luna detenida ante
escarcha, o cascada que relumbra en la espesura.

El agua es Tu perfume. Y Tu fuerza el silencio
que embriaga. Que clamor desde la tierra impide
el límpido fruto de los astros fluyéndose y sonando.
Todo a la paz vuelve y el Ángel habla. Pues
al fin, oh dios, ¿quién la luz mueve, sino Tú?
¿qué para Ti una galaxia fue sino un sauce?
¿y quién en la penumbra arde, qué en lo frío
se expande sino tu Rostro de nieve incandescente?

Así el corazón se enaltece y el alma
gloriosa lleva la gótica diadema de los cisnes
más nostálgicos: los cisnes míticos que se nutren
de silencios y de brillos planetarios como gemas.
Pues si en tus manos presa está, el alma ave
es, Señor, que frágil canta y gentil e inútilmente aletea.

Y así la brisa sea la túnica del Ángel
que se mueve. Ángel recostado en las tinieblas
que arco lleva y su antorcha va y en las fuentes prende.

Señor, ¿qué pájaro es éste que canta
en el jardín, sino el alma que Te espera
enamorada? Secreta su canción es,
y su silbo la llamada a Tus ansias amorosas.
Silbo la canción, el pájaro un secreto. Perfume
el ángel fugaz que alborotado gime y se reclina.
Por cálices se entregan las fuentes al vino de tus rosas,
Señor, y por pan sus aguas; pan de nardos más vivos
que gritos en la selva augusta de Tu nombre caudaloso.

Cena grande la noche donde tus labios se dan
como cumbres. Tú brillas. Señor, en tus ópalos.
Y eucarístico yace el cosmos que de tu pecho
mana paz, ventura mana, leve amor de luz
enloqueciendo hasta los más altivos lirios que mueren
como cisnes. Los cisnes, oh Señor, que enredados a tu Luz
alas pierden, centro pierden, sombra,
y con ojos quedan rendidos de firmamentos
y en la canción glorioso el salto de ángeles
que el aire prenden, si la cítara de sus flechas tañen.

 


De La blanca emoción (1980)

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MADRIGAL DE LA BLANCA Y LA SAGRADA

 

 

Eres blanca. Blanca y sagrada.
Como un corzo al claro de luna.
Como el blando titilar de las estrellas en el bosque.
Blanca y sagrada, oh sí. Blanca.
No te alcanza la penumbra el latido. Tu sombra
es luz. Sólo luz. Y en ti las aguas clamorean.
Frágil cristal, el viento te traspasa,
y manas, si herida, pétalos por nieve.

Ningún camino del mundo puede conducir
a jardín que no seas tú, a cielo que no sean
tus caricias de rosa transparente: tus ojos
donde todas las primaveras privan. Dorada
escarcha tu pelo, un dulce resplandor la piel,
cascada el cuello, las caderas celeste brillo.
Rocío suspenso tu mirada, alba que se dilata.
Pues a tejer te sirven las Horas
el velo mortal que te recubre, vestal divina,
caracola gigante tú, tú la alta espuma que rompe.

Tú, oh sí, tú. La blanca y la sagrada.
La que, siendo un río, con lejanos destellos ungía.
La que, siendo pétalo y brisa y cima y risa,
cantaba. Y en tu voz el sol en flor cuajaba.

Mientras viva, será que te recuerdo.
Y te sueño, como al Iris que nunca llegué,
como esa canción en que mis venas gimen. Gimen, y no
perecen. Porque eres la espiga que de mi sangre nace.
Porque te alzas como un navío, como un crepúsculo
ojival, y lates. Como antorcha delirante lates.
Veloz relámpago tú que eternamente se engendra.

Dejas un ampo en los labios, cuando besas.
Ardes, cuando amas, como un planeta. Imposible
será pensar que estés aquí, que hayas existido
nunca. Pues tan gentil, tan clara, tan alegre,
eres, que no veo más rostro
que tu rostro. Manos más que las tuyas.
Beso tu aliento, cálido de polen, y cuando te miro
es que miles de mariposas cruzando van por un Valle.

Te bendigo, dulce y tibia mujer. Mujer
sagrada y blanca. Nardo, paloma. Cáliz
donde hierven alhelíes. Cisne que brilla. Alondra
que tiembla en mi corazón, tal si siempre te hubiera soñado.

 


De Retablo de Luna (1980)

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EL PARADIGMA DE LOS ESPEJOS INDESCIFRABLES
(SIESTA ROJA EN EL SAHAN ARRAJAIN)

 


Del Mar a la Alhambra por ríos de sedas exaltadas galopa lírica furia
de narcisos fraudulentos que trepan el gesto audaz y la calumnia de los sueños
en el agua, la arena y los vientos por loco espolón de nubes como faisanes.
Mediatarde solamente el alarido en el cuerpo es montaña recién ida.
Saltan barcas por los ojos en borbotón de calandrias abatiendo nueve selvas.
Por las losas, a la hora de Edipo, los espejos, sudor y sangre en la hoguera
del Eclipse y el Arpa. Tres murciélagos o el azafrán tiran de la Siesta Roja.

Nínive, Riad y Tánger, memorial trío de ausentes nómadas hacia las rodillas
de Gibraltar, y abrazadas por eclipses o claro de Venus naciente.
Oh Lobo, Ciudad del Silencio, tan cerca de mí como de aquí a mis labios.
Torrente de aullidos chorrean tus brazos, corporal harén de plata y lluvia.
Granada, el mediopecho, se quedó hablando con la Brisa que no le escucha.
Y de cada beso en su piel de esquejes alentaba estrella de arrayán y noria.
El ciprés un reloj en el suelo y el hondo Sur con espuma hasta las ingles.
Pirotecnia de gacelas o las horas huyen ante los siete eunucos de la desgracia
por el camino albinegro de los ayes. Inmirable esta Soledad, mi voz
se me está haciendo de otro; corazón en el hígado y las pestañas llameando.

Ah las niñas azules de Nínive que nunca fueron trigal y hoy son deriva.
De tanto jazmín en la penumbra os inicia el clamor fuentes en las caderas.
Árbol de sirenas se vara por helicoidal de arterias vegetales o el desierto
de una vuestra sonrisa, explanada de un suspiro verdegay y sin madre.
Que no os caben las manos en las cinturas rumorosas de olor a despedida.
Ay niñas del infierno en los cabellos y en el pecho el insomnio de dos canarios.
Lagos allá donde leones copulan con Luna de ámbar, fabulación de espada y flabelo,
parodia de amor y risa finge en los proscenios de labios cal, canela y ola.

Porque se oye el mar en vuestros vientres y el corazón quizá se os pudiera ver
desde las atalayas, hasta las piedras os reconocen a cada paso por la ladera.
Oh muchachas rosas de Riad, ciegos ruiseñores que ya no son si se miran.
Vuestra alegría era Abril, y Abril se lo han llevado a la Isla de los Príncipes.
Por un Patio Blanco dejáis caer bandadas de heridas palabras que no recogéis
así germinan. Y es dolor divisar velos por las galaxias de la mediatarde.
Un ajedrez el cielo jugáis a enamorar al alfil, la cítara y la tarasca taciturnos.
Oh las vírgenes de la oca y la amatista, más lucientes que las hijas de los poetas.
Espejos, Luna precoz saliendo por las murallas, teorema cíclico aíslan
de anémonas invidentes a la hora del Clítoris sidéreo o el Ajimez enardecido.

Y ya a la sombra del Tiempo, a la estela, las sienas damas de Tánger.
Delfín apenas la sonrisa. Cuánto os pesan en las manos los mares del mundo.
Madréporas de abandono cercan el eco desmandado de ojos llenos de joyas.
Cómo queda el corazón entre los dedos cuando tampoco nos aman las golondrinas.
Ay hermanas de Licaón con más nieve en las espaldas que acordes el arco iris.
La Muerte, la princesa cuesta arriba, tiene un manto de oro como de armiño.
Qué fácil es decir hoy que hasta los pozos cantan al llovido Sol de Marzo.
Reverberación a hendir las sienes, llamáis a este lado sin fin del Espejo.
Granada, una mejilla de menos, no tiene brazos para ofrendar el lúpulo
a las tres tapadas que tras vida llegaron en los días tortuosos del cometa, roto
el guashmaks de extintos tréboles de Bersim, y alisos muchos bramándoles el pecho.
Ristras de alondras desde Oriente expiran a la luz o el ángel de sus pasos.

Se acabó las que fueron niñas en Nínive, muchachas en Riad y damas en Tánger.
Nínive, Riad y Tánger, qué nostalgia azul, rosa y siena por el Sahan Arrajain.
Aroma de caisimón en el ensueño y mediatarde ya en las arcadas. Siesta
Roja se vara en rictus piramidal de Espacio y Rezo. Así los escorzos
se nieblan en viejos nidos donde planetas remontan sus destellos de oricalco;
apotegma de alas que quiebran el salmo, vientre o sistro de épocas albas.
Desgreñado Sísifo bajo astrolabios gritó y montañas se nos vinieron encima.
Vernal corcel y marmóreo, crines ascuas, heliotropos ojos, los ejes
del sefirot tortura a la busca del espasmo, vida o Sol en las palmeras.

 

 


De Poema de la Alhambra (1974)

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